2 sept 2023

Río, arquitectura colonial y moderna

Comenzamos el día con la tecnología revelándose contra nosotros. Al ir a facturar el vuelo a Brasilia de mañana, es imposible hacer el check-in online ni usando los móviles ni usando la tableta. Debe de haber algún error por el cuál al detectar que somos extranjeros no nos permite avanzar. ¿Nos cobrarán un buen fajo de reales si mañana vamos al mostrador? Como no queremos que Air Gol nos “meta un gol”, se nos ocurre instalarnos la app en el móvil y… ¡¡lo conseguimos!! Ya tenemos las tarjetas de embarque aunque hayamos perdido casi una hora en todo el proceso.

Aliviados y con todo resuelto, salimos a la calle a disfrutar del buen clima de esta ciudad. Técnicamente estamos en invierno, pero a las ocho de la mañana ya hace unos veinticinco grados… para envidia del Cantábrico más oriental. Mientras la ciudad va despertando, caminamos hasta nuestro primer destino de hoy, las Escaleras de Selarón. Un artista chileno se dedicó durante años a decorar con azulejos una escalinata que ahora es lugar de visita obligada para los instagramers por su explosion de colorido. Aunque los azulejos del artista representan mujeres negras embarazadas, también colocó decenas de azulejos que la gente le llevaba de todas las partes del mundo. Pablo enseguida encuentra uno de Toledo… así que busco sin descanso alguno de Bilbao… hay de Sevilla, Madrid, Barcelona, Cuenca, Girona… y de repente encuentro uno de ¡¡Euskal Herria!! Nos vamos a 9.000 kilómetros y por encontrar un trozo de cerámica de nuestra tierra parece que hemos encontrado un trébol de cuatro hojas. ¡¡Recuperemos la cordura!!

Una vez más, vuelve a ocurrir lo de siempre… llegamos a un sitio y no hay nadie… nos ponemos a hacer fotos y enseguida aparece la marabunta. Así que, subimos y bajamos las escaleras observando el origen de los azulejos y ponemos rumbo al siguiente destino, dejando a la gente haciendo cola para capturar poses artificiales. Estamos en el barrio de Lapa, la zona bohemia de la ciudad. Lo de bohemia es gracioso, porque es la sal y pimienta para dotar de dudoso encanto a un barrio algo descuidado: bonitos edificios portugueses abandonados, calles decrépitas con bastante suciedad, y por aquí y por allá algún vagabundo. Aún así, esta parte de Río de Janeiro tiene su punto nostálgico y caminando por sus calles llegamos hasta el Acueducto de Lapa, construido por los portugueses para traer agua desde el río Cariocia.

A pocos metros se encuentra la Catedral Metropolitana, un icono arquitectónico del centro de la ciudad. Tiene forma de volcán y menos mal que hay un campanario y una cruz, porque si no, uno pensaría que es el Space Mountain. Por dentro, llama la atención los cuatros conjuntos de vidrieras y la altura que tiene la estructura. Cuando entramos, están celebrando algo relacionado con la Virgen María, ya que muchos fieles portan imágenes y el obispo cierra la comitiva.

Ya en el corazón de la ciudad, recorremos los edificios más emblemáticos: el majestuoso Teatro Municipal, el Palacio Triadentes (fue el Congreso y hoy es la Asamblea), el Palacio Imperial (antigua residencia de reyes y emperadores), ... pero lo que más disfrutamos resulta ser un pequeño mercadillo en la Plaza XV de Noviembre donde nos tomamos un pastel de queso y una botella de zumo de caña de azúcar con refilling incluido… amenizado con un grupo que toca bossa nova.

Visitamos en el Banco de Brasil una exposición, nos hacemos fotos con la Iglesia de Nuestra Señora de Candelaria, vemos un barco en el Espacio Cultural de la Marina, … y bordeando el mar llegamos hasta la nueva joya arquitectónica de la ciudad: el Museo del Mañana proyectado por el arquitecto español Santiago Calatrava. Tal y como nos tiene acostumbrados el edificio es blanco, con mezcla de líneas rectas y curvas, un gótico futurista con estructuras imposibles. Aunque no estaba entre nuestros planes visitarlo, Pablo me anima y termino entrando yo a visitarlo; el museo tiene multitud de instalaciones que exponen cómo hemos evolucionado como pobladores del planeta Tierra y los límites hasta donde lo estamos llevando… y la extinción del ser humano a la que parece que nos dirigmos. Aúnque a veces parece un poco apocalíptico, deja una puerta abierta a la esperanza… recordando que, con cada pequeño paso que damos, podemos hacer grandes cambios. En una de la instalaciones hago un test para saber el tipo de persona que soy… y, tras responder a preguntas sobre diferentes temas, el veredicto es que soy un “marciano melancólico”... porque miro al pasado sin tener en cuenta que la tecnología puede mejorar el futuro. Bueno, visto así…

Seguimos nuestro recorrido y descubrimos por casualidad el barrio de Saara, con un buen par de calles comerciales. A diferencia del distrito financiero donde no había casi nadie, aquí hay mucha gente paseando y comprando. Hay de todo, pero lo que más nos llama la atención son las tiendas de textil para el hogar que parece que en España han desparecido… ¡¡Mira qué toallas!! ¡¡Qué manteles!! ¡¡Qué alfombras de baño!! Ay, que parecemos una madre de los 80… pero es que esto es un paraíso de “decoraçao”. Como no tenemos mucho espacio en la maleta y queda mucho país por recorrer, nos ceñimos a comprar ropa interior… los calzoncillos que entran por los que salen.

Seguimos nuestra ruta y llegamos hasta el Real Gabinete Portugués de Lectura, otro magnífico edificio de arquitectura colonial portuguesa. La idea era visitar la preciosa biblioteca que alberga en su interior, pero para cuando llegamos, ya está cerrado. Otro edificio también muy interesante es la Cafetería Colombo, uno de los establecimientos más elegantes del país. Como aun no hemos comido, sólo entramos a verlo… ¿quizá un café más tarde?

Pasan de las dos y aún no hemos comido… así que volvemos a una zona muy animada con mesas en la calle y musica en directo. El ambiente es muy distendido y los platos parecen generosos, así que nos quedamos en un restaurante en Rua do Ouvidor, donde elegimos “Churrasco misto para dois” y una botella de cerveza. De nuevo, no conseguimos terminarnos los seis platos que lo componen: alubias, arroz, patatas fritas, huevo con polenta, vinagreta y mezcla de carnaza. Alguien que yo me sé hubiese pedido un tupper para llevar y salvar un par de cenas.

Estamos muy cerca del puerto de donde salen los ferries a la vecina ciudad de Niterói, así que, pagamos el euro y medio que cuesta cruzar la bahía de Guanabara y en poco más de 20 minutos desembarcamos. Desde aquí, podemos ver la ciudad de Río de Janeiro con una amplia perspectiva y con el aeropuerto Santos Dumont en plena bahía. Pero realmente, lo que queremos visitar aquí son dos edificios del arquitecto modernista Oscar Niemeyer.

El primero de ellos es el Museo de Arte Contemporáneo, que tiene forma de platillo que el arquitecto diseñó cuando ya celebraba cién primaveras. Está en plena costa, al lado de una especie de Benidorm brasileño. Hoy la visita es gratuita y entramos a verlo y, sobre todo, ver las vistas desde sus cristales inclinados. Casualmente, hay una performance de danza moderna donde, además, reparten canapés y bebidas. Así la cultura sí que llega al pueblo, ¿eh?

El otro conjunto de edificios que visitamos es también de Oscar Niemeyer, compuesto por el Teatro Popular, el Auditorio y la Fundación Niemeyer. Mañana visitaremos Brasilia, así que esto se podría considerar como un pequeño aperitivo del buffé libre que nos espera.

Ya ha anochecido y toca volver al ferry y caminar hasta el hotel. Hoy es nuestro último día en Río de Janeiro y el balance es muy positivo. Esta ciudad es un conjunto de muchas ciudades diferentes que no tienen nada que ver entre sí: el ambiente veraniego de Copacabana e Ipanema, la sobriedad de la zona financiera, el ambiente distendido del puerto, el bullicio de las calles de tiendas, el turisteo en el Cristo y en el Pan de Azúcar, … aquí cada uno puede encontrar un trocito de ciudad que se le acomode. A veces puede resultar una ciudad fría como las rejas que ponen para proteger las propiedades; a veces puede resultar cálida como cuando injertan delicadas orquídeas en los troncos de las palmeras… tan pronto puedes ver una bonita cafetería donde tomar un café “médio”, como ves a gente cenando en un garaje lleno de cachivaches. Hay que vivir esta ciudad… pero sobre, todo, hay que reir en Río.

1 sept 2023

Río por todo lo alto

Después de unas buenas horas de descanso, toca ponerse en marcha para descubrir la magnífica Bahía de Enero, que realmente es lo que significa Río de Janeiro; resulta que se descubrió un uno de enero y que en su momento no había diferencia entre río y bahía… así que se le quedó ese nombre a la que posteriormente fuera capital del imperio portugués; y he ahí otra curiosidad: Río de Janeiro ha sido la única capital de un territorio europeo estando situada fuera de Europa. De hecho, lo raro es que situaran la capital fuera del país colono.

Desde el hotel cogemos un autobús que nos lleva hasta la estación del tren cremallera que nos subirá hasta el Corcovado. Por el camino, observamos que hay bonitos edificios coloniales, muchos de ellos algo abandonados, alternados por torres de apartamentos. También hay mucha vegetación, palmeras altísimas (la palmera imperial), gente vendiendo cosas y un tráfico intenso aunque no caótico. La ciudad rebosa de energía a las siete y media de la mañana.

A la hora para la cual compramos las entradas hace más de un mes, cogemos el tren y comenzamos el ascenso. El tren serpentea por el Parque Nacional de Tijuca mientras asciende los 700 metros de altitud hasta la cima. El paisaje es muy verde, con plantas de hoja ancha y grande fruto de la humedad del lugar; de hecho, Pablo observa que muchas plantas que en España son de interior aquí crecen al aire libre sin problema.

Una vez arriba, tras subir algunas escaleras mecánicas y otras a pié, llegamos hasta la estatua del Cristo Redentor. Es alucinante por fin estar a los piés de este monumento Patrimonio de la Humanidad y, de alguna forma, símbolo del país. Tiene 38 metros de altura incluyendo el pedestal y, a decir verdad, parece más pequeña que cuando la ves en la tele; de hecho, aunque uno puede pensar que será el Cristo más grande que existe, resulta que no, que hay otras tres esculturas parecidas más grandes por el mundo. Una cosa que nos resulta curiosa es que tiene un corazoncito labrado, porque, realmente es un Corazón de Jesús…


Aunque tiene un aspecto solemne, yo digo que parece más bien un Cristo haciendo el avión apunto de despegar, como si fuera el patrón de los viajeros y bendiciendo a todos aquellos que han llegado hasta aquí… y mira que somos muchos, porque en la base no cabe un alfiler y se forman colas para hacerse fotos con la estatua y con las vistas desde las barandillas. A pesar del gentío, estamos de auténtica suerte, porque muchas veces el Cristo está oculto por la niebla y hoy está radiante bajo un espléndido sol y una temperatura agradable.


Después de disfrutar de unas preciosas vistas de la ciudad, de sus playas, del estadio Maracaná y del Pan de Azúcar, nos despedimos de esta maravilla del mundo moderno para descender con el tren cremallera hasta la calle. Hemos hecho ya algo de hambre y en un supermercado compramos una especie de alheira, pan, bebida de guaraná y unas bolas de pan de queso, que parecen como si fueran de gusanitos y que son un auténtico vicio.

Ahora, toca ver si conseguimos un reto: hacernos con una tarjeta SIM para poder tener internet en los móviles. En internet habíamos leído que para conseguir una tarjeta prepago se necesitaba tener el CPF, equivalente a nuestro NIF… y que sin él era imposible. En un centro comercial preguntamos en una operadora de telefonía y nos dicen que con el pasaporte se puede. ¡¡Tomaaaaaa!! ¡¡Pues no era tan difícil!! Sin embargo, después de 15 minutos con el ordenador, la chica que nos atiende nos dice que el sistema está caído y que no puede gestionarlo. Intentamos preguntar en otras tiendas y nos dicen que sin el CPF no se puede… y en otras nos dicen, de una forma algo sospechosa, que tienen alguna tarjeta ya activada por un precio desorbitado. Hemos visitado dos centros comerciales y estamos dedicándole demasiado tiempo… así que decidimos dejarlo por ahora y seguir mendigando wifis.

A lo que no renunciamos es a ir probando cosas por aquí y por allá… y para animarnos tomamos unos zumos naturales de frutas exóticas que seguro tendrán un montón de vitaminas. Pablo elige uno de guayaba y yo un “3 en 1”, que resulta llevar naranja, zanahoria y remolacha. Con el esófago rosa fucsia, continuamos el camino hasta nuestra siguiente visita, el Pan de Azucar. Se trata de un peñasco en la entrada de la bahía que se visita en teleférico y desde donde se obtienen también preciosas vistas de la ciudad. El mar, la ciudad, las playas, las montañas… todo en perfecta sintonía para componer la mejor de las postales.




Después de jugar con unos monos a darles algunas bolas de pan de queso que nos quedaban, abandonamos este sublime paraje Patrimonio de la Humanidad, para volver a descender a pié de calle. Ahora, lo que toca hacer es dar un paseo por una de las playas más famosas del mundo: Copacabana. Con su suelo empedrado al estilo portugués, sus altos edificios de apartamentos y los chiringuitos en la playa, el paseo resulta muy agradable, especialmente si se ameniza con un agua de coco verde; en muchos sitios hemos visto puestos que venden un coco enorme de color verde, que abren con un machete y le hacen un pequeño orificio, para luego beber con una pajita su refrescante corazón líquido.


Y de Copacabana nos vamos a Ipanema, otra de sus famosísimas playas e igualmente agradable. Está atardeciendo y el sol se ha escondido ya detrás de los montes del Tijuca, creando un cielo dorado y refrescando el aire. El agua del atlántico se ve algo brava y en ambas playas no hemos visto a la gente bañarse; parecen, más bien, playas para tomar el sol, hacer deporte o disfrutar de sus muchos chiringuitos con música en directo y happy hour de caipirinhas.


Después de todo el día caminando, y siendo poco más de las cinco y media, decidimos irnos a cenar. ¡¡Sí, a cenar!! Hemos oído que andar de noche puede ser algo peligroso y, como estamos prácticamente recién llegados, no queremos arriesgar e ir viendo poco a poco cómo funcionan las cosas. De camino al metro, vemos un bar que tiene muy buena pinta y nos lanzamos a pedir dos platos típicos: feijoada completa y lo que entedemos com “carne a la brasa”. Cuando nos lo traen a la mesa vemos que es muchisima comida; por un lado, la feijoada es un puchero de una especide de cocido de alubias negras acompañado por un gran plato de arroz, torreznos, polenta, brotes y naranja; por otro, la carne realmente era en salsa, y acompañada por arroz, patatas, batata frita, berenjena y aros de cebolla. Así, sin quererlo, estamos dentro del programa Crónicas Carnívoras… ¿vencerá el humano o el plato? Definitivamente, ha vencido el plato… ¡¡no podemos más!!


Y si nuestro estómago ha dicho basta, nuestros pies han dicho “sólo hasta el hotel”. Cogemos el metro desde Ipanema hasta la estación de Gloria y en el hotel, tumbados ya descansando decimos “pues sí, ahora sí que estamos en la gloria”.