El término "Luxury" en el nombre "Luxury Malioboro Hotel" es como el "Prime" de "Amazon"... una falsa sensación de exclusividad. Las zonas comunes tienen una elegancia recargada y cuestionable para los occidentales... ¿Era necesario tener un tobogán a la piscina que está en una entreplanta? ¿Y una pecera detrás del mostrador de recepción? ¿Y un estanque con los típicos peces naranjas chinos en el hall? La habitación ha conocido momentos mejores pero ha estado bien para unas cuantas horas de stand-by cerebral. El desayuno ha sido raruno: al pasar al restaurante pintaba como un paraíso para la glotonería mañanera pero luego, una vez observado más en detalle, parecía más la despensa de una bruja... raíces, frutas y todo tipo de trozos de alimentos, al cual más raro, presentados como un manjar. También hay varios puestos de comidas regionales, donde hechiceras "dos punto cero" preparan potingues no aptos para hipocondriacos. En esta abundancia de engrudos, decidimos apostar por caballo ganador: tortilla francesa, sushi y sandía, que se combinan peor que un vestido de Ágata Ruiz de la Prada.
Con las mochilas dejadas en recepción, salimos a esas calles de Yogyakarta atestadas ya de motoristas. Caminamos por la calzada para ir con seguridad, ya que al ir por las aceras, cuando las hay, es más probable tropezar con tubos salientes, agujeros o tapas rotas que el hecho de ser atropellados. Además muchas veces están ocupadas por puestos de comida callejera en las que venden pinchos morunos de pollo, comidas empaquetadas en hojas y cosas raras fritas, todas con pinta de ser muy "detox" tras una buena gastroenteritis.
Llegamos a la estación central donde compramos una tarjeta monedero para coger lo que sería el equivalente al Cercanías. Las estaciones son muy raras, porque una vez validado el billete te quedas esperando en una especie de área cerrada con bancos, para luego, cuando abren los tornos, empezar a cruzar algunos andenes que tienen una rampas paralelas a la vía por las que llegar a la zona que está a la misma cota que las puertas del tren... aunque justo donde empieza la rampa la puerta que está encima tienes una diferencia de metro y medio ideal para caerte. Todo muy pensado para las sillas de ruedas, sí... pero para fabricar accidentados que las necesiten.
Mientras esperamos pillo a una chica haciéndose una autofoto con un ángulo excesivamente abierto en la que me veo yo reflejado... así que sonrío y hago el signo de la victoria con las dos manos... ¡¡te he pillado indonesita!! Al ver mi reacción sonríe y sin miramientos, vuelve a hacer otra, con un encuadre mejor que en la que iba para "robado". La sesión de fotos termina cuando en la estación empiezan a oírse "tirurís" que no paran para avisar que ya se puede abordar el tren, mientras una voz canta lo que parece ser la retahíla de paradas, para terminar con un bocinazo de tren con el que media Java ya tiene que haberse despertado.
Somos los únicos occidentales del tren y pillamos a varias personas haciéndose fotos que luego reenvían por WhatsApp [Nota para mi "yo" del futuro: la próxima vez venir con traje y pajarita a modo de experimento social]... hasta que llegamos a nuestra estación, donde sólo algunos locales y nosotros nos bajamos... para luego esquivar a unos conductores de tuk-tuks e ir caminando cruzando carreteras de tres carriles por sentido con el objetivo de llegar a los templos de Prambanan.
Con la entrada nos regalan una botella de agua y un plano, para poder orientarnos en este conjunto monumental Patrimonio de la Humanidad. Suena una música de percusión, repetitiva y machacona, carente de armonía y que va directa a tu cerebro... tenemos que conseguir que no se nos "pegue" o estaremos perdidos, porque somos muy de engancharnos y explotar lo que nos llama la atención.
Los templos de Prambanan son la obra maestra de la arquitectura hindú y es el complejo hinduísta más grande del país (a cada cosa su debido récord). Al igual que el templo budista de Borobudur que visitamos ayer, son del siglo IX y todo apunta a que budismo e hinduismo convivieron pacíficamente en esa época. El conjunto arqueológico está dividido en varios subconjuntos de templos, que vamos visitando en sentido norte. Los de Jonggrang son los primeros, los que suelen salir en las fotos y en los que más se centran los turistas. Sin embargo, también están los budistas de Lumbung, Budrah y Sewu dentro del mismo recinto donde, no sabemos por qué, apenas hay nadie visitándolos. Algunos de los templos menores están destruidos y por los alrededores hay muchísimos bloques de piedra volcánica pendientes de, algún día, ser recolocados. Es todo un desafío que seguro la Inteligencia Artificial acabará resolviendo... así que igual dentro de unos años resulta que esté todo más lustroso e impresionante si cabe.
Fuera del recinto hay otros conjuntos de templos a los que se puede llegar andando tranquilamente. Visitamos los de Plaosan Kidul y Palosan Kidul, donde sólo hay algún grupo de chinos turistas y alguna pareja con las fotos de preboda (el chico con daga y la chica con sombrilla incluida).
Borobudur y Prambanan son las dos joyas que tiene Yogyakarta. Muchos turistas que vienen en viaje organizado sólo visitan los dos templos y ni se quedan en la ciudad... pero nosotros, con el cambio de planes que tuvimos, le dedicamos dos días enteros a la ciudad. Así que, después de terminar de ver Prambanan, iniciamos el camino hasta la estación de tren, rodeados por arrozales, algunas vacas y casas viejas, todo muy genuino.
Al llegar la estación vemos que el tren ha pasado justo cinco minutos antes de llegar y que el siguiente no pasará hasta dentro de dos horas... así que nos cogemos un Gojek hasta el centro de la ciudad... donde aprovechamos a echar una cabezadita.
Ya en el centro, visitamos primero el Palacio Real, donde tenemos que alquilar un sarong para cubrir nuestras piernas. El Palacio, o lo que se ve de él, es un tanto atípico: en lugar de ver las estancias donde viven, la visita consiste en visitar los patios y algunos edificios convertidos en pequeños museos... pero nada de ver la estancias reales de ellos.
También visitamos el Castillo de Agua de Taman Sari, que venía a ser un jardín de descanso para la familia del sultán. Lo que no podemos ver es la conocida como "Mezquita Subterránea", ya que está cerrada y todo apunta a que es debido a su mal estado de conservación.
El resto de la tarde lo pasamos Malioboro arriba, Malioboro abajo. Sin duda, esta calle es el centro neurálgico de la ciudad. Para ser un día de entresemana, está muy animado... y más según va cayendo la noche. Hay músicos callejeros, ancianas ahumando al personal con un hornillo chamuscando brochetas, algunos hombres que te enganchan chapurreando palabras en castellano para llevarte a una supuesta galería de arte, tiendas de ropa donde venden estampados de batik (técnica tradicional de Java), fotógrafos profesionales a sueldo, mercados recargados de textil que no cumplen normativas anti-incendios, hasta una rata que se nos cruza como una exhalación, ...
Y acabo intoxicado, tengo una sobredosis sensorial: por la vista porque todo intenta llamarte la atención; por el oído con el runrún de las motos y hombres, micro en mano, cantan sus ofertas; por el olfato con el olor a gasolina quemada del tráfico; por el gusto porque ya nada de lo que veo me resulta apetitoso y tengo quemaduras internas por el picante; y por el tacto porque me noto una capa de mugre en brazos y piernas con la que bien podría unir los bloques pendientes de reconstruir de Prambanan.
La "bajona" se apodera de mí y sueño con esa cama vacía que está a 13.000 kilómetros, ese baño limpio, ese armario donde está mi ropa planchada y esos grifos de los que se puede beber a morro sin parar... mi cerebro se está rebelando porque está borracho de estímulos. Lo peor de todo es que no hay ningún refugio al que acudir, sino todo lo contrario... llevamos desde las siete de la mañana en la calle y esta noche cogemos un tren a las once para ir hasta Yakarta. Después de dieciséis horas de un sitio a otro, ¡¡esta noche toca dormir en un tren!! ¿Tendremos manta asegurada?
De nuevo en la estación, con sus extraños procedimientos, sus sonidos machacantes y sus megafonías innecesarias, vamos abandonando Yogyakarta, cuyo nombre se suele abreviar como "Yogya"... y "yog ya" he tenido suficiente.



















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