17 sept 2026

Yakarta

Yakarta es como Méjico: siempre tengo duda de cómo se escriben correctamente. ¿Es Jakarta o Yakarta? Según Wikipedia la capital y ciudad más poblada de Indonesia se escribe con 'Y'. Menudas dudas existenciales tiene uno después de haber dormido unas cinco horas repanchingado en un asiento de un tren... ¡en tren tenía que haber llegado Tintín en su libro Vuelo 714! Seguro que no estaría con su tupé perfecto, su ropita planchada... ni mantendría esa boquita afrancesada mientras una azafata indonesia te reclama la manta para que te espabiles...

Seguimos a la manada para salir de la estación, anestesiados a los sonidos y anuncios por megafonía. Hoy es, en la práctica, nuestro último día de turisteo antes de que mañana viernes emprendamos el regreso a casa... ¡así que hay que pensar que somos unos afortunados y que no todos los días uno está de vacaciones tan lejos!

Pedimos un Gojek para ir al hotel a ver si suena la flauta y que nos dejen entrar en la habitación o, al menos, dejar las mochilas. Igual de anestesiados que con el oído, estamos con la vista: calles decrépitas, muchísimo tráfico y bastante suciedad, salpicados por algún rascacielos y algún restaurante que medianamente se salvan. Al menos, el llegar al hotel nos produce un auténtico alivio. Para nuestra última noche habíamos reservado un hotel de cinco estrellas... ¡¡sí, sí, cinco!! Es que aquí los hoteles son muy baratos y, como nos habían dicho que la ciudad no tenía muchas cosas para ver, decidimos coger hotelazo como broche final... ¡y ha sido todo un acierto! El Vertu Harmony es un edificio moderno y elegante donde nos dicen que la habitación no está lista aún y... ¿qué hacemos? Pues empezar a reorganizar la mochila en una sala de estar para ponernos pantalones cortos y ropa cómoda (para el tren eran imprescindibles los pantalones largos para no morir congelados).

Con las mochilas custodiadas por el hotel, cogemos un Gojek hasta el barrio chino. Desayunamos algo occidentalmente aceptable y, siendo poco más de las ocho, visitamos un mercado. ¿Cómo pudimos pensar que era una buena idea? Pescados que dan grima, carnes sin ningún tipo de refrigeración, estrangulamiento de pollos en directo, raíces extrañas, ... todo muy nauseabundo. Me da por mirar en un cajón y, después de aclararme la vista, compruebo que son tortugas e, instintivamente, le hago la mueca de "comer" con la mano y el hombre me dice que "sí"... ¡¡nooooooo!! ¡¡Pero si podrían ser Josebita y Pablito!!


Si ya es todo un poco asquerosillo, hay que sumarle que aquí no paran de fumar y de pasar motos por los callejones estrechos... así que decidimos abortar el desafío de "a ver quién consigue no vomitar en el mercado" para ir hacia la zona del puerto, siguiendo un río. Evidentemente vamos por la calzada, porque la acera es un campo de minas, respirando gasolina quemada y soportando el rugir de motos y vehículos. Media ciudad está en obras porque están con la fase 2 del metro, así que, llega un momento que por hastío nos preguntamos que qué hacemos aquí y nos cogemos un Gojek a la zona de los museos.

"Mira, si está limpio y el aire se puede respirar, yo me veo el museo que me echen" le digo a Pablo. Acabamos en el Museo del Banco de Indonesia, que resulta estar bastante bien porque cuenta la historia del país y su reflejo en billetes, monedas y la riqueza del país. Uno de los lugares que más nos llama la atención, es la cámara del tesoro, donde hay un montón de lingotes e, incluso se puede tocar uno que cuesta levantar, debido a sus 13,5 kilogramos.





Uno de los museos que nos habían recomendado es el "Nasional" (sí, escrito con 's'). Entramos al hall y nos sentamos en un banco corrido, donde se está muy agusto y donde resulta muy divertido saludar a los alumnos de muchos colegios que han venido a visitarlo. La mayoría nos miran con curiosidad e inocencia pero, al ver que nosotros reaccionamos positivamente saludándolos y diciéndoles "hello", se entusiasman saludándonos y nos sonríen sin parar. Se ve que a esta ciudad no vienen muchos turistas, así que somos la atracción del día.



Al final no visitamos el museo porque... ¡nos da pereza y ya hemos tenido una buena ración de frescor! Así que salimos y nos acercamos al "Monumen Nasional" (me encanta el inglés escrito a oído). Se encuentra en la plaza Merdeka, la plaza de la independencia, y es un obelisco de 132 metros de altura que, justo hoy está cerrado y no se puede visitar.


Del obelisco, vamos a la Masjid Istiqlal, la mezquita más grande del sudeste asiático y una de las más grandes del mundo.. ¡y con los peores accesos! No conseguimos saber por donde se entra... así que otra operación que también abortamos y nos vamos a la cercana Catedral de Yakarta, que sí conseguimos visitar.

Si ayer era yo el que estaba saturado, hoy es Pablo el que empieza a estar agotado: esta ciudad te pone a prueba constantemente. Es difícil moverse, saber los horarios o cómo visitar los monumentos, es caótica... así que, decidimos que ya hemos visto todo lo que teníamos que ver. Nos vamos al centro comercial Indonesia Mall a comer y luego a disfrutar del hotel... ¿comenté que es de cinco estrellas?



Nuestra última tarde la pasamos en la piscina, comprando comida en una especie de centro comercial que hay en las primeras plantas y viendo las vistas desde nuestra habitación en la planta 28. Desde lo alto, y habiendo puesto un sillón de cara al gran ventanal, divisamos buena parte de la ciudad, con sus ríos de luces formados por los cientos de motos y coches, viendo un mundo caótico desde el mundo refinado que tan sólo un cristal separa. Aunque no lo parezca, quizá esta ciudad desalmada sea la mejor forma de terminar el viaje... poniendo en valor todo lo que hemos visto hasta llegar aquí y, sobre todo, valorando también el propio regreso a casa, que mañana comenzaremos.

16 sept 2026

Yogyakarta II

El término "Luxury" en el nombre "Luxury Malioboro Hotel" es como el "Prime" de "Amazon"... una falsa sensación de exclusividad. Las zonas comunes tienen una elegancia recargada y cuestionable para los occidentales... ¿Era necesario tener un tobogán a la piscina que está en una entreplanta? ¿Y una pecera detrás del mostrador de recepción? ¿Y un estanque con los típicos peces naranjas chinos en el hall? La habitación ha conocido momentos mejores pero ha estado bien para unas cuantas horas de stand-by cerebral. El desayuno ha sido raruno: al pasar al restaurante pintaba como un paraíso para la glotonería mañanera pero luego, una vez observado más en detalle, parecía más la despensa de una bruja... raíces, frutas y todo tipo de trozos de alimentos, al cual más raro, presentados como un manjar. También hay varios puestos de comidas regionales, donde hechiceras "dos punto cero" preparan potingues no aptos para hipocondriacos. En esta abundancia de engrudos, decidimos apostar por caballo ganador: tortilla francesa, sushi y sandía, que se combinan peor que un vestido de Ágata Ruiz de la Prada.

Con las mochilas dejadas en recepción, salimos a esas calles de Yogyakarta atestadas ya de motoristas. Caminamos por la calzada para ir con seguridad, ya que al ir por las aceras, cuando las hay, es más probable tropezar con tubos salientes, agujeros o tapas rotas que el hecho de ser atropellados. Además muchas veces están ocupadas por puestos de comida callejera en las que venden pinchos morunos de pollo, comidas empaquetadas en hojas y cosas raras fritas, todas con pinta de ser muy "detox" tras una buena gastroenteritis.

Llegamos a la estación central donde compramos una tarjeta monedero para coger lo que sería el equivalente al Cercanías. Las estaciones son muy raras, porque una vez validado el billete te quedas esperando en una especie de área cerrada con bancos, para luego, cuando abren los tornos, empezar a cruzar algunos andenes que tienen una rampas paralelas a la vía por las que llegar a la zona que está a la misma cota que las puertas del tren... aunque justo donde empieza la rampa la puerta que está encima tienes una diferencia de metro y medio ideal para caerte. Todo muy pensado para las sillas de ruedas, sí... pero para fabricar accidentados que las necesiten.

Mientras esperamos pillo a una chica haciéndose una autofoto con un ángulo excesivamente abierto en la que me veo yo reflejado... así que sonrío y hago el signo de la victoria con las dos manos... ¡¡te he pillado indonesita!! Al ver mi reacción sonríe y sin miramientos, vuelve a hacer otra, con un encuadre mejor que en la que iba para "robado". La sesión de fotos termina cuando en la estación empiezan a oírse "tirurís" que no paran para avisar que ya se puede abordar el tren, mientras una voz canta lo que parece ser la retahíla de paradas, para terminar con un bocinazo de tren con el que media Java ya tiene que haberse despertado.

Somos los únicos occidentales del tren y pillamos a varias personas haciéndose fotos que luego reenvían por WhatsApp [Nota para mi "yo" del futuro: la próxima vez venir con traje y pajarita a modo de experimento social]... hasta que llegamos a nuestra estación, donde sólo algunos locales y nosotros nos bajamos... para luego esquivar a unos conductores de tuk-tuks e ir caminando cruzando carreteras de tres carriles por sentido con el objetivo de llegar a los templos de Prambanan.

Con la entrada nos regalan una botella de agua y un plano, para poder orientarnos en este conjunto monumental Patrimonio de la Humanidad. Suena una música de percusión, repetitiva y machacona, carente de armonía y que va directa a tu cerebro... tenemos que conseguir que no se nos "pegue" o estaremos perdidos, porque somos muy de engancharnos y explotar lo que nos llama la atención.

Los templos de Prambanan son la obra maestra de la arquitectura hindú y es el complejo hinduísta más grande del país (a cada cosa su debido récord). Al igual que el templo budista de Borobudur que visitamos ayer, son del siglo IX y todo apunta a que budismo e hinduismo convivieron pacíficamente en esa época. El conjunto arqueológico está dividido en varios subconjuntos de templos, que vamos visitando en sentido norte. Los de Jonggrang son los primeros, los que suelen salir en las fotos y en los que más se centran los turistas. Sin embargo, también están los budistas de Lumbung, Budrah y Sewu dentro del mismo recinto donde, no sabemos por qué, apenas hay nadie visitándolos. Algunos de los templos menores están destruidos y por los alrededores hay muchísimos bloques de piedra volcánica pendientes de, algún día, ser recolocados. Es todo un desafío que seguro la Inteligencia Artificial acabará resolviendo... así que igual dentro de unos años resulta que esté todo más lustroso e impresionante si cabe.  







Fuera del recinto hay otros conjuntos de templos a los que se puede llegar andando tranquilamente. Visitamos los de Plaosan Kidul y Palosan Kidul, donde sólo hay algún grupo de chinos turistas y alguna pareja con las fotos de preboda (el chico con daga y la chica con sombrilla incluida).




Borobudur y Prambanan son las dos joyas que tiene Yogyakarta. Muchos turistas que vienen en viaje organizado sólo visitan los dos templos y ni se quedan en la ciudad... pero nosotros, con el cambio de planes que tuvimos, le dedicamos dos días enteros a la ciudad. Así que, después de terminar de ver Prambanan, iniciamos el camino hasta la estación de tren, rodeados por arrozales, algunas vacas y casas viejas, todo muy genuino.

Al llegar la estación vemos que el tren ha pasado justo cinco minutos antes de llegar y que el siguiente no pasará hasta dentro de dos horas... así que nos cogemos un Gojek hasta el centro de la ciudad... donde aprovechamos a echar una cabezadita.

Ya en el centro, visitamos primero el Palacio Real, donde tenemos que alquilar un sarong para cubrir nuestras piernas. El Palacio, o lo que se ve de él, es un tanto atípico: en lugar de ver las estancias donde viven, la visita consiste en visitar los patios y algunos edificios convertidos en pequeños museos... pero nada de ver la estancias reales de ellos.



También visitamos el Castillo de Agua de Taman Sari, que venía a ser un jardín de descanso para la familia del sultán. Lo que no podemos ver es la conocida como "Mezquita Subterránea", ya que está cerrada y todo apunta a que es debido a su mal estado de conservación.



El resto de la tarde lo pasamos Malioboro arriba, Malioboro abajo. Sin duda, esta calle es el centro neurálgico de la ciudad. Para ser un día de entresemana, está muy animado... y más según va cayendo la noche. Hay músicos callejeros, ancianas ahumando al personal con un hornillo chamuscando brochetas, algunos hombres que te enganchan chapurreando palabras en castellano para llevarte a una supuesta galería de arte, tiendas de ropa donde venden estampados de batik (técnica tradicional de Java), fotógrafos profesionales a sueldo, mercados recargados de textil que no cumplen normativas anti-incendios, hasta una rata que se nos cruza como una exhalación, ... 

Y acabo intoxicado, tengo una sobredosis sensorial: por la vista porque todo intenta llamarte la atención; por el oído con el runrún de las motos y hombres, micro en mano, cantan sus ofertas; por el olfato con el olor a gasolina quemada del tráfico; por el gusto porque ya nada de lo que veo me resulta apetitoso y tengo quemaduras internas por el picante; y por el tacto porque me noto una capa de mugre en brazos y piernas con la que bien podría unir los bloques pendientes de reconstruir de Prambanan.

La "bajona" se apodera de mí y sueño con esa cama vacía que está a 13.000 kilómetros, ese baño limpio, ese armario donde está mi ropa planchada y esos grifos de los que se puede beber a morro sin parar... mi cerebro se está rebelando porque está borracho de estímulos. Lo peor de todo es que no hay ningún refugio al que acudir, sino todo lo contrario... llevamos desde las siete de la mañana en la calle y esta noche cogemos un tren a las once para ir hasta Yakarta. Después de dieciséis horas de un sitio a otro, ¡¡esta noche toca dormir en un tren!! ¿Tendremos manta asegurada?

De nuevo en la estación, con sus extraños procedimientos, sus sonidos machacantes y sus megafonías innecesarias, vamos abandonando Yogyakarta, cuyo nombre se suele abreviar como "Yogya"... y "yog ya" he tenido suficiente.