12 sept 2026

Bali, sur

Suena el despertador, pronto como siempre, y veo a mi alrededor las mosquiteras del dosel que han servido como doble protección para evitar bichos. Estamos entre plantaciones encharcadas de arroz, en plena naturaleza, y ningún mosquito ha perturbado nuestro sueño; ayer vimos una salamanquesa en el exterior, un bicho volador enorme en el baño, algún murciélago a última hora, alguna pequeña hormiga... pero la habitación está impoluta y hemos dormido como unos sultanes. De hecho, tengo la sensación de haber dormido tan profundamente que hasta me duele la cabeza... algo que un café preparado con el hervidor no pueda solucionar.

A las siete de la mañana ya estamos en la carretera. No debería haber mucho tráfico y, además, hoy es sábado... por lo que esperamos que sea más fluido. Pero las cuestas, calzadas con el bordillo comido y rotondas que no funcionan como tal, se llenan nada más salir los primeros rayos de sol. Como si de un videojuego se tratara, salen motos y coches por todos los lados y Pablo ya está demostrando unas habilidades de conducción extraordinarias. De vez en cuando les gritamos, aunque sólo sea por desahogo... pero no podemos ver su reacción porque aquí llevan tintadas las ventanillas y el parabrisas. Nos resulta muy curioso que ellos no parecen exaltarse, van como autómatas concentrados en su tarea y nadie nos devuelve el mal gesto... y eso que somos nosotros los que hemos venido a su país y no tenemos la deferencia ni de decírselo en inglés.

Este caos urbano tiene su precio: los accidentes. En uno de tantos momentos de estar parados, vemos que más adelante hay una ambulancia y una moto volcada. Están subiendo al accidentado a la ambulancia en una camilla, mientras mucha gente observa la escena y obstaculiza el tráfico. No parece algo grave y posiblemente haya sido sólo una caída, porque no vemos ningún otro coche o moto implicados.

¿Os acordáis de aquella escena de The Waling Dead en la que Negan martirizaba a una de las protagonistas poniéndole la misma canción una y otra vez? Pues esto es algo parecido: durante dos horas de conducción no se para de girar a un lado y a otro, esquivar vehículos, ver calles similares (todo parece una calle continua), esquivar perros, zanjas, ... requiere de una atención que mentalmente es agotadora. Y, por supuesto, confirmamos que aquí los cambios de dirección en los cruces no los hacen como dice nuestro código de circulación, sino que hacen lo que se conoce como "giro a la indonesia" (sin superar al vehículo que viene de frente). Nos ha resultado curioso también una señal de tráfico de prohibición que no habíamos visto antes: con 'I', 'II' o 'III' indican la categoría de la vía en función de su ancho y, por tanto, que coches pueden circular y cuáles no.

Antes de llegar a nuestro primer destino, hacemos una parada en un 'ACK', una cadena de comida rápida que está por todas partes y bien señalizada para que te dé tiempo a parar en su normalmente minúsculo aparcamiento. La comida no será de la mejor calidad, pero está muy limpio, el sabor es el esperable y de precio está casi regalado. Casi todos los platos son pollo, que es la carne que aquí triunfa; al haber musulmanes el cerdo es difícil de encontrar y al haber hinduistas la ternera existe pero no es muy frecuente. Nos cogemos dos menúes y dos platos adicionales... y por menos de dos euros cada uno, ya hemos comido un buen almuerzo.

Llegamos al tempo de Tanah Lot, uno de los más visitados en la isla por encontrarse al lado del mar. A su alrededor hay muchas tiendas y restaurantes, posiblemente porque su concepto de religión es que esté integrada en el día a día... a diferencia de otras religiones en las que se va a un templo expresamente a rezar, aquí parece que cada cual hace su vida cotidiana y que al pasar por el templo aprovechan a rezar y a hacer ofrendas poniendo pequeños centros de flores. Algo que nos ha llamado la atención durante estos días en Bali es que en la zona más sagrada de los templos no suele haber una deidad a la que venerar; al contrario, suele haber un sillón de piedra vacío que sirve para que la deidad suprema Acintya (abstracto, invisible e inimaginable) tenga a bien venir, una seña muy diferente del hinduismo balinés con respecto al hinduismo de la India.






Hoy tenemos programada otra visita: el parque cultural de Garuda Wisnu Kencana. En algún momento cuando preparábamos el viaje vimos este parque en internet y nos llamó la atención sus estatuas gigantes. Sin informarnos mucho sobre el mismo, lo acomodamos en un nuestro excel en el que distribuimos, de forma tentativa, desde la hora de la ducha hasta la hora de la cena.

Al aproximarnos hacia el parque las estatuas se ven enormes, colosales. Aparcamos, pagamos la entrada y cogemos un mapa. ¡Ah, que básicamente es ver tres estatuas gigantes y dar un paseo! Se llama "parque cultural" y hay algunas actividades no muy lustrosas de la cultura balinesa; pero lo que la mayoría de los turistas vienen a ver son las estatuas de Wisnu (el dios supremo), Garuda (su ave protectora y fiel compañera) y una en la que Wisnu está montado sobre Garuda. Esta última tiene 121 metros, es la más alta de todo Indonesia y es la cuarta estatua más grande del mundo (contando el pedestal) superando, por ejemplo, a la Estatua de la Libertad. Para nosotros, pasa a ser la estatua más grande que hayamos visitado... pero sólo por fuera, porque para poder visitarla por dentro hay que pagar un precio del todo desorbitado, que por coherencia declinamos pagar.







Hoy nos habíamos puesto como objetivo volver al alojamiento a las tres de la tarde, para disfrutar de la piscina, de la cama balinesa y de la tranquilidad. Así que, conducimos otras dos horas por ese tráfico caótico e infernal. El tiempo de conducción de todo el día ha sido el equivalente a hacer un Madrid-Bilbao, pero la distancia recorrida ha sido poco más que un Madrid-Toledo. ¡Es frustrante! Y pensar que ellos lo viven todos los días...


Aparcamos en el alojamiento y decidimos ir andando a un supermercado para comprar unas cervezas y algo de comer. No hay acera ni arcén, así que vamos sorteando los coches y motos que siguen chorreando. Pero, al menos, podemos disfrutar de la vista de los campos de arroz que hay en la zona, donde vemos cómo están sembrando el grano ya germinado.


En ese paseo, también vemos una lavandería y nos acercamos a preguntar. La chica que atiende no sabe inglés, así que nos comunicamos utilizando el traductor de Google. Un kilo de ropa cuesta sólo un euro, algo que vemos como una oportunidad inmejorable para lavar la ropa sucia y oler a suavizante durante la semana que aún nos queda de viaje.

También aprovechamos a reconducir una situación que ayer se torció: nos escribieron del hotel de Ijen para decirnos que no íbamos a poder hacer la excursión para ver el fuego azul, porque ha habido un incendio (¿será azul?) en la zona y no se puede acceder. Esa excursión era por la noche y habíamos reservado un hotel muy básico para echarnos una siesta por la tarde antes de salir hacia la montaña. Pero ahora, si no vamos a poder realizar la excursión, no tiene sentido quedarse en ese albergue, así que buscamos otro alojamiento más confortable donde holgazanear un poco. En su momento, habíamos valorado rehacer los siguientes días, pero eso implicaba cambiar hoteles y trenes, y preferimos ser prácticos y cambiar lo mínimo imprescindible. Así que, con lo que nos ahorramos de la excursión y el coste del albergue, nos cogemos un hotelazo con desayuno incluido y, aún así, nos sobra dinero.

Con la ropa recogida de la lavandería (planchada y todo), los hoteles modificados y recolocadas nuestras cosas, pasamos una tarde contemplativa. Que si un poco de piscina, que si una siesta en la cama balinesa, cervecita fresca, contemplar los arrozales al otro lado del muro, la puesta del sol, ... esto es el lujo balinés, poder disfrutar de una villa privada y una temperatura agradable por un precio asequible. Esto sí que... ¡Bali la pena!






11 sept 2026

Bali, norte

Anoche la tecnología se volvió contra mí y no me pilló en mi mejor momento. Lo que prometía ser una agradable velada de escritura viendo la piscina iluminada desde el bungalow a dos aguas, se convirtió en una pesadilla. Me quedé sin espacio en Google y todo mi reino digital amenazaba con dejar de funcionar si no hacía algo; con el cansancio, no era capaz de recordar la contraseña para comprar espacio adicional y cualquier reintento o reseteo en ese momento de nerviosismo podría suponer un problema mayor al no poder utilizar mi cuenta en el resto de dispositivos. Algo que con un PC con Windows habría tardado cinco minutos con cuatro para tomar un café, se convirtió en dos horas luchando contra las innumerables configuraciones que pueden tener las tablets Android. Hasta la IA debía de estar cansada, porque no conseguía dar con una solución que resolviera mi problema. Una inspiración de última hora dejó a resguardo todas las fotos del viaje y me dejó espacio suficiente para guardar todos aquellos recuerdos que aún están por capturarse.

A eso de las once de la noche me acosté, con el subidón de haber dejado todo solucionado y con los ojos como platos por haberme tomado Nescafé y medio antes de ponerme al teclado. "Pero espera... ¿qué es esa luz?" pienso mientras abro los ojos. Lo del techo en forma de pico es muy original, pero la cristalera deja pasar la luz exterior y un cortinón inmenso justo está dejando pasar la luz de un foco situado en el exterior que ilumina exclusivamente mi almohada. "Bueno, no lo pienses", como diría el pariente. Pero otra idea me ataca la cabeza... "Hemos puesto el despertador a las dos y cuarenta de la mañana, tengo que dormir". Y cuanto más quiero caer dormido, más contratiempos ocurren: tengo pis... entre una cervecita, los noodles hechos con agua y el café hecho con agua, el cerebelo me pide bajar esta sobredosis de H2O... y de bajar a la planta de abajo que es donde está el baño. En algún momento caigo dormido y sueño con el Coche Fantástico... ah, no... es el teléfono de Pablo que suena... sobresaltado, me informa "nada, es una llamada de spam".

Y el despertador suena a las dos y cuarenta. Sí, está bien escrito. Tenemos una excursión en el norte de la isla a las cinco de la mañana y tenemos dos horas de trayecto, ... nuestros cerebros podrán ser estudiados para ver las consecuencias de la alteración del sueño durante el periodo de "descanso" estival. Como habíamos dejado ya todo recogido, nos cambiamos y salimos de este encantador alojamiento, para montar en el coche y salir. Quizá por el nerviosismo de tener que ser puntuales o por estar aún un poco dormidos, Pablo roza el coche contra un bordillo escondido tras una curva... no es gran cosa, pero yo lo he vivido como si fuera el iceberg que crujió el Titanic, ha sonado a chapa quebrada. Como hemos alquilado el coche con el seguro a todo riesgo, nos autoconvencemos de que no pasa nada; pero sí que pasa... seguro que hasta que devolvamos el coche dentro de dos días nos imaginaremos todos los escenarios posibles para afrontar la devolución del coche. Y, sobre todo... ¿hemos rayado un coche de alquiler con el cuidado que tenemos siempre? ¡Pero si somos top en el estado de nuestro Mazda en BlaBlaCar!

Las carreteras de Bali están semivacías a estas horas. Aún así, es todo un rallie de curvas, subidas, bajadas, carriles mal delimitados... Pablo va bastante fresco y mi única aportación es que, según Internet, las marchas 3 y 2 de un coche automático son mejores para subir esas cuestas tan empinadas.

Llegamos a las cinco menos cuarto al aparcamiento donde hemos quedado con Ponidi, el patrón de barco con el que vamos a hacer una excursión de unas cuatro horas. Su embarcación es estrecha y alargada y tiene unos troncos paralelos sujetados por una traviesa. Nos montamos y empezamos a navegar mar adentro y luego paralelos a la línea de costa. La embarcación corta el agua y va salpicando miles de gotas, que parecen clarearse por la luz de la luna. "Mirad, ése es el pláncton brillante" nos dice. Nos quedamos totalmente asombrados al ver que esos puntitos son como lucecitas blancas que aparecen y desaparecen. Con una velocidad más suave, empezamos a meter las manos en el agua templada y, al agitarla, miles de destellos se van creando como si fueran unas "ascuas led color blanco frío". Es una auténtica pasada ver cómo esos puntitos se crean y desaparecen.

Después de un muy largo rato jugando con este juguete nuevo, retomamos la marcha durante un rato que se me hace eterno. La temperatura es agradable aunque con la velocidad termina siendo algo fresca. En algunos momentos creo que me duermo, o eso, o ahora resulta que amanece a escalones. Y cuando menos lo esperamos, Ponidi nos dice "mirad, el pláncton azul". ¿¿¿Pero cóooooomooooo??? Si antes las lucecitas eran blancas y se formaban con la agitación del agua, ahora son azules y están estables bajo el agua. ¡¡¡¿Pero qué tenía ese Nescafé de anoche?!!! Estamos, literalmente, flipando. Es hipnótico ver esos granitos de luz azul brillar debajo del agua.

Un nuevo giro de guión, nos pilla desprevenidos. Aunque era lo que realmente veníamos a ver, no pensábamos que iba a surgir tran pronto: hay delfines jugando cerca del barco. Ponidi va en busca de diferentes grupos, intentando que se acerquen a la embarcación. "¿Listos para bajar al agua?" nos pregunta. La actividad se llamaba "Nadar con delfines" y hemos llegado al momento álgido. Nos ponemos unos chalecos salvavidas y unas gafas de esnórquel, y nos metemos en el agua, agarrándonos a un asa que va enganchada a la traviesa; Pablo va a estribor y yo a babor. La embarcación empieza a coger velocidad y nosotros empezamos a volar como Supermán pero debajo del agua. Vemos formaciones de pláncton azul y, en algunos momentos, delfines en el fondo. Alternando momentos en los que salimos a respirar (no llevamos tubo) metemos en seguida la cabeza debajo del agua, porque no queremos perdernos nada de lo que ahí abajo está ocurriendo.



Al final los delfines no terminan por acercarse a nosotros, tan sólo los vemos en la distancia. Pero nos da un poco igual, porque hoy la estrella ha sido ese pequeño organismo bioluminiscente, esas luciérnagas acuáticas o estrellas fugaces, como lo queramos ver. Pero no se vayan todavía que aún hay más. Reposamos la excitación de lo vivido y un desayuno basado en café y plátano frito durante otro largo trayecto de vuelta. De repente, Ponidi nos indica que miremos al mar. ¡¡Qué belleza!! Bajo el agua cristalina está la barrera de coral, con sus formas caprichosas y muchos peces nadando entre ellas. De nuevo, nos ponemos las gafas y vemos el espectáculo: Ponidi echa pan y restos de plátano frito y cientos de peces se acercan a comer. Los hay de diferentes colores y estampados y la armonía con la que se mueven hacen que sea mágico. Nosotros también les damos de comer, sintiendo de vez en cuando sus pequeños mordiscos cuando no atinan en la comida y la confunden con nuestra piel.



Un generoso momento de asueto nos invita a movernos por la zona, observando el fondo marino que nos tiene cautivados. Viendo este precioso espectáculo oigo a Pablo que me llama. ¡Una tortuga! Me acerco y no puedo creerme lo que veo... ¡¡una tortuga de medio metro nadando a sus anchas!! Va cerca del fondo y nosotros seguimos su recorrido desde la superficie, ya que necesitamos respirar de vez en cuando.

Sin darnos cuenta son ya las diez de la mañana. Hemos estado cinco horas con Ponidi, disfrutando de los dos tipos de pláncton, de los delfines esquivos y de un lecho marino que nos ha enamorado. Esta experiencia no la olvidaremos jamás... y eso que no tenemos fotos porque no teníamos una cámara acuática... ha quedado grabada en nuestros recuerdos.


El día de hoy continúa en Ulun Danu Beratai, un templo de esos que te dicen que es "obligada visita" y que resulta ser un pequeño parque temático. Es cierto que esta muy bien cuidado, con jardines exquisitamente desarrollados. Pero lo malo del lugar es que han puesto un montón de "cosos" para que la gente se haga fotos... y claro, la gente está haciéndose fotos en lugar de visitar justo la parte central que es donde está lo que es el templo en sí. Es otro de esos templos que han edulcorado para que vayan los turistas pero que, en esencia, no es más importante que cualquier otro templo de barrio.






La tercera y última visita nos lleva hasta las Terrazas de Arroz de Jatilluwih. Estos arrozales son Patrimonio de la Humanidad porque han conservado un sistema de riego que data del siglo IX. En los arrozales, según la tradición balinesa, se exige mantener la armonía entre los divino (por eso hay pequeños altares), lo humano y la naturaleza. Para visitar el lugar se pueden hacer diferentes rutas y nostros elegimos la blanca, que tiene una longitud de 5,5 km y que pone que se tarda unas tres horas. ¿Tres horas para esa distancia? El recorrido es muy agradable, las terrazas tienen un color verde muy vivo y todo el entorno es sublime. Y no, no se tardan tres horas... en apenas hora y media con paradas para fotos se puede hacer sin problema.





Para evitar conducir por la noche, empezamos ya el regreso. Las dos próximas noches las pasaremos en otro alojamiento diferente, al cual nos dirigimos. Google nos indica que tardaremos unas dos horas en hacer los 50 kilómetros que hay hasta el hotel. Conducir por Bali es un auténtico quebradero de cabeza y Pablo está ya en modo "Fast and Fourious". Yo, por otro lado, estoy que no me tengo del sueño... ¡necesito una almohada ya!

Y llegamos al Oemah Cinta Suites... un alojamiento de tres casitas cada una con su patio y piscina privada. Estamos agotados e, incluso, replanteándonos si mañana salir a luchar en ese comecocos que es la red vial de esta isla... Pero, ¿acaso hoy no mereció la pena levantarse tan pronto para descubrir algo casi mágico? Venga... pon el despertador a las seis... y a ver si hoy ningún spam hace sonar El Coche Fantástico.