Empieza nuestro segundo día en Singapur: hoy será un día mucho más relajado, sin tener que coger autobuses, cruzar fronteras ni cambiar de hoteles. Así que, después de haber dormido algo más de lo habitual, nos despegamos los sábanas y nos lanzamos a las calles de esta ciudad-estado.
Nuestro hotel está en un barrio modesto: nada de rascacielos ultra modernos ni tiendas de marcas premium... ¿sabéis cuando para evitar decir que un barrio es pobre (con toda la dignidad del mundo) se dice "de gente trabajadora"? Pues aquí, no se puede decir ni eso... anoche había un montón de hindúes sentados en los bordillos de lo que se podría considerar como aceras hablando por teléfono y no haciendo nada más. Sin embargo, ahora por la mañana, ¿dónde se han metido? Nos llama la atención que, para ser un lunes por la mañana, no hay mucha gente por la calle... habría que ir a Little India a ver la que por allí ya está montada.
Singapur es un pequeño país que se lo ha montado muy bien. Fue expulsada de la Federación Malaya por diferencias ideológicas y eso hizo que se tomaran las riendas para decidir hacia qué modelo de país se quería ir... ¿Y qué hizo exactamente? Convertirse en un paraíso fiscal; lo demás le vino rodado. Dada su situación en Asia, se centraron en el comercio internacional, en el transporte marítimo y aéreo, en la banca, ... Muchas empresas han establecido sus sedes aquí. ¿Y qué hacen con el dinero que ganan en un país tan pequeño? Pues gastarlo en los innumerables centros comerciales que hay en la ciudad... así que, como dirían en muchos vídeos de influencers indocumentados de YouTube, "¡ir de shopping es una actividad que no te puedes perder en tu viaje a Singapur!"
Visitamos la zona de Orchard Road. Por la calle no hay mucha gente, pero es entrar en cualquier edificio y... ¡tachán! Ahí están todos disfrutando del aire acondicionado y gastando sus dólares singapurenses. Sí, aquí la moneda también se llama "dólar" y seguro que ni saben que ese nombre es de origen español (el taler español que por similitud a una moneda suya copiaron los británicos). Los centros comerciales se encuentran en las plantas inferiores de los complejos de edificios y muchas veces están conectados entre ellos para salvar las calzadas. Seguramente sea para salvar el calor o las lluvias, pero lo han convertido en un auténtico laberinto, porque si quieres cruzar una calle tienes que andar preguntando para entrar en un edificio, buscar la pasarela y llegar al otro; en algunos casos hay pasos subterráneos que, cuando llegas abajo encuentras una puerta y piensas "uy, por aquí no es"... pero te das cuenta de que "sí es" cuando ves a unas asiáticas abrir la puerta y pasar.
Estos centros comerciales no son para mí... para mi bolsillo. ¿Pero cuántas tiendas de Rolex hemos visto? ¿Y de Vuitones? ¿Y realmente hay tantos diablos para tanto Prada? Lo curioso es que luego no parecen muy bien vestidos, porque la mayoría de la gente va con ropa cómoda, con colores apagados y con chanclas... definitivamente, hay mucho más estilo en el chino de Polán.
Viniendo de un país con un inmejorable prêt-à-porter, decidimos abortar la operación shopping porque no tiene sentido estar todo el rato subiendo y bajando escaleras mecánicas para ver si encontramos cómo pasar a la siguiente pantalla. Así que, reconducimos la ruta hacia los paseos que hay alrededor del río, donde hay mercados y lugares donde comer con muy buena pinta. En un momento dado vemos, como si fuera un espejismo, ¡¡un supermercado!! Pero no una tienda de conveniencia, sino uno con ¡¡frutaaaaa!! Nuestra sensación es que aquí realmente no cocinan mucho en casa y que por eso hay tanto local por todos los sitios; además, les encanta comer platos muy similares entre sí o paquetitos de comida envasada y con aspecto artificial. Así que, no nos lo pensamos y compramos una bolsa de fruta australiana que no es muy cara y que seguro nos aportará una buena dosis de vitaminas y fibra... Ayuso estaría contenta, también le gusta la fruta.
Continuamos el paseo y llegamos al barrio chino. Templo por aquí, templo por allá... y sin saber muy bien cómo, acabamos en un centro comercial, de los de camiseta de Balenciaga a diez dólares. En un momento dado, en uno de los pasillos, nos empiezan a ofrecer masajes... terapéuticos, ¿eh? No entendemos muy bien, pero los chinos tienden a poner todos los negocios de un mismo tipo juntos. La cuestión es que hay como veinte sitios donde ofrecen masajes, uno seguido del otro, y todos con casi el mismo precio. Cuando estuvimos en Pekín me di un masaje de pies que me dejó como nuevo... así que, buscamos uno que tenga buena pinta y quedo con Pablo en que me espere fuera dentro de media hora, ya que a él no le gusta que le toquen los pies. En el establecimiento hay unas diez butacas puestas en fila, donde predominan señoras chinas de mediana edad. La relaciones públicas me indica con señas que me siente y que puedo cargar los móviles justo en el enchufe que tengo al lado (menudo viaje llevamos mendigando enchufes y aire acondicionado). Acto seguido viene un señor que me mira como diciendo 'otro occidental' que va a sufrir; pero no... con firmeza casi protocolaria, alterna momentos de relajación con momentos dolorosos, donde empiezo a pensar que tengo contracturas en la planta del pie. El masaje abarca desde el pie hasta la rodilla y es una experiencia totalmente reconfortante: cuando termina y me dispongo a andar sientes las piernas mucho más flojas, hasta cuesta andar. Ha durado media hora larga y me ha costado el equivalente a 10 euros... una ganga para salir con unas piernas nuevas.
Ya que estamos en un país de lujo, ¿por qué no nos vamos a comer a un restaurante de estrella Michelín? Pues dicho y hecho, nos vamos al Liao Fan Hawker Chan que presume de ser el restaurante con estrella Michelín más barato del mundo. En realidad, la estrella se ganó en el 2016 siendo tan sólo un puesto en el hawker (una especie de food court inmenso) que está al lado; con los años perdió la estrella, porque parece que el hecho de querer expandir la marca y el negocio desvirtuaron los platos originales. Nosotros, aunque sea por la tontería, entramos a comer/merendar: no deja de ser el típico restaurante económico basado en noodles, arroz y carne, pero con bastante buena pinta y todo especialmente rico y bien presentado.
Seguimos el paseo y llegamos hasta Marina Bay Sands, donde también estuvimos ayer por la tarde y que es la zona más asombrosa de la ciudad. Si ayer veíamos el espectáculo Spectra, hoy vamos a ver el de los árboles gigantes en Supertrees Groove. Se trata de 18 estructuras de entre 25 y 50 metros de altura y que están cubiertos de plantas y de efectos de luz; si se paga una entrada se puede subir y caminar por una pasarela que pasa por algunos de ellos; sin embargo, habíamos leído que el espectáculo se ve mejor desde abajo, así que cogemos sitio en una especie plaza con césped donde ya hay mucha gente sentada. Mientras esperamos, al igual que muchos turistas agotados, nos echamos una cabezadita.
El espectáculo comienza puntual. A ritmo de canciones conocidas, se van enciendo y apagando luces por aquí y por allá.... mientras uno piensa en qué cosas más originales hacen aquí... casi con un poco de envidia.
Esta segunda obra parece permanente, así que llega un momento en el que hay que decidirse y desengancharse de este bonito espectáculo visual. Estamos muy cerca del complejo Marina Bay Sands y es un buen momento para ver el lugar por dentro. Al igual que en los centros comerciales esta mañana, moverse como peatón es complicado, ya que hay que buscar cómo pasar de un sitio a otro. Después de preguntar, conseguimos entrar en el atrio del hotel... y es una auténtica pasada. El hall abarca las tres torres y por dentro se pueden ver los pasillos que conducen a las habitaciones de la mitad inferior de las plantas. La luz es perfecta, todo impoluto, materiales relucientes, ... pero tampoco va la gente "con pamela" como diría mi madre; es más, nosotros no desentonamos para nada, aunque la sensación de estar sudado vaya por dentro. He de reconocer que cuando estuvimos organizando el viaje entré a mirar cuánto valía pasar una noche aquí... y eran unos 650 euros por noche... pero había que intentarlo, ¿no?
Este complejo costó una millonada, para recaudar más millonadas. Si el hotel es de superlujo, el centro comercial y el casino que hay delante no los son menos. Arquitectónicamente es una auténtica maravilla y sólo por eso hay que visitarlo. Con un techo en curva, lámparas-esculturas, un laguito navegable en góndola, ... y por su puesto tiendas de todas y cada una esas marcas en las que el personal a veces va mejor vestido que el cliente adinerado. Pero es que aquí, te explota la cabeza... ¡cada marca abarca tres plantas! Esto es un auténtico derroche... aquí no hay mucho dinero, hay mucho poder. En parte suscita curiosidad ver estos sitios inaccesibles para la clase media... pero en parte da vértigo pensar que aquí, en este momento, habrá gente con tanto dinero y poder, que podrán tomar decisiones que impacten a millones de personas.
Con esta reflexión vamos dejando este espejismo de lujo, para volver a nuestro humilde barrio, con su caos, con sus "comitorios" y con esos hombres sentados en la acera. Pero también estamos aquí gracias a poder movernos libremente, sin buscar estándares que nos limiten a jaulas de oro... y siempre poder elegir entre chopping o choped.






































