Atravesamos el subsuelo del centro de Madrid para llegar en Cercanías a la Terminal 4, donde lo primero que hacemos es embalar nuestras mochilas al lado del típico quiosco donde se embalan equipajes. ¿"Al lado" has dicho? ¡Literal! Sacamos un rollo de film transparente a estrenar para embalar y empezamos a plastificar esas dos mochilas que por tantos lugares nos han cubierto la espalda. "Éste del Ahorramás no es muy bueno, ¿no?" le digo a Pablo mientras el chico que cobra 15 euros por maleta nos mira de reojo. No nos ha quedado muy profesional, pero pensamos que aguantará hasta destino o, como mucho, perderá a mitad camino esa nueva piel que le hemos plantado, que tampoco es mucho perder. Tenemos tres vuelos por delante y después del primero se quedará 24 horas en el aeropuerto de Doha, mientras visitamos la ciudad, así que cualquier protección siempre será buena.
En el mostrador de facturación nos ponemos en la cola de entrega de equipaje (dado que ya facturamos on-line) y evitamos una inmensa cola desde la cual nos miran raro al ver que casi nada más llegar ya estamos en el mostrador. Hemos cantado "línea" y vamos para "bingo", señores... por alguna razón que desconocemos el chico que nos atiende es super-amable y nos cambia los asientos por unos mejores, para que vayamos más cómodos y más cerca de la salida para estar en la pole hacia el control de pasaportes en destino. ¿Será porque vamos en una aerolínea top? ¿O simplemente habrá valorado lo creativos que nos han quedado los embalajes de las mochilas?
Cruzamos el control de tarjetas de embarque y "sufrimos" el nuevo sistema super-mega-avanzado de escáner del equipaje de mano... todo un sistema mecanizado por el que las bandejas donde depositar tus pertenencias aparecen solas de la nada... pero que luego requieren de una "guardia de tráfico" que siempre decide que pasen primero la de los últimos pasajeros en llegar. A pesar de todo, nosotros estamos pendientes de otra cosa... nos comunicamos con la mirada... "¿Será ése?" "¿Será aquél?" Intentamos adivinar, de forma imposible, quién fue el que le quitó los alfajores a Estela y le dijo de forma casi posesa "¡¿Para qué trae eso?! ¡Eso no se puede traer!"; nos lo hemos imaginado tantas veces que ya alcanza el nivel de una escena de El Exorcista.
Hoy volamos a Doha y mañana por la noche a Kuala Lumpur, ambos vuelos con Qatar Airways. El avión de la que es clasificada como la mejor aerolínea del mundo tiene muy buena pinta, muy nuevo y espacioso. En cada asiento de la clase "Economy" hay depositada una manta bastante grande, una almohada, unos cascos y un paquetito con unos calcetines, un antifaz, unos tapones para los oídos y un kit de limpieza dental. Todo tiene muy buena pinta hasta que una familia numerosa egipcia se sienta justo al otro lado del pasillo, levantándose constantemente para abrir el compartimento superior y empezar a sacar cosas que no van a necesitar de sus equipajes. Mientras el óryx árabe eleva el vuelo hacia los cielos de Madrid, Pablo se pone negro con los enérgicos tosidos del cabeza de familia que no para de expeler su virus del Nilo casi hacia nuestro lado... Aquí me gustaría ver a la mujer esa tan fina que sale en Zapeando y hablando de protocolo... seguro que protocolariamente se le tiraba al cuello y le clavaba algo gritando "¡si hay cubiertos siempre hay que usarlos!".
Caemos dormidos para que, a eso de las doce y media de la noche, nos sirvan la cena. A ver, que en España se cena tarde, ¡pero no tanto! Eso sí, te puedes pedir un buen copazo porque en el carrito no hay nada de zumos engordados con azúcar... ¡¡hay botellas de whisky, ron y ginebra!! Así te convencen de que son la mejor aerolínea e, incluso, de que Espinete existe. Dormimos una segunda parte del viaje de forma un tanto regulera para acabar descubriendo que en breve vamos aterrizar. Pero, ¿así? ¿Sin un café mañanero? ¡Ah, que la cena era cenasyuno! Pues a ver si consigo que el cerebro me funcione sin café, habiendo dormido poco y sabiendo que tenemos que estar despiertos durante las próximas 22.
Aterrizamos en el aeropuerto de Doha y cuando salimos a la escalerilla para coger el autobús hacia la terminal, el calor y la humedad nos dan una buena bofetada en toda la cara, que ni el más entrenado del Box de José Manuel. Hoy se espera que haga 32 grados... ¡¡de mínima!! La máxima va a ser 43 grados con una sensación térmica de 48... hace poco tiré el horno en el que Noemí le preparaba los paninis a su hijo y dudo que alcanzase esa temperatura. ¡Vamos a acabar crujientes!
Son algo más de las siete de la mañana y recorremos en bus el aeródromo catarí que está a medio gas. Llegamos a una parada donde el conductor dice "transit only" y donde se baja todo el mundo menos una familia y nosotros. Vaya, ¿es que para nadie es éste su destino final? ¿Nadie quiere "tachar" o qué? Sorprendentemente vemos que muy pocas personas pasamos el control de inmigración para acceder al país... y eso que todo es muy fácil y ha salido sin absolutamente ningún contratiempo. Además, ya hemos visto a los primeros hombres vestidos de blanco con el arito para el pañuelo y mujeres con velo o burka (fantasmitas blancos y negros según Pablo). Vamos al baño por un "por si acaso", bebemos un poco de agua y ale, a conocer la ciudad.
Lo primero que hacemos es comprar un billete diario de metro. Y lo segundo que hacemos es recorrernos toda la línea 1 hasta Lusail, un municipio que se encuentra en el área metropolitana de Doha. El metro está muy nuevo, es muy amplio y todo está tanto en inglés como en árabe. Nos llama la atención que, para acceder al convoy hay diferentes puertas: la de mujeres, la de familias, la de silencio y la estándar. Optamos por esta última porque damos por hecho que no habrá la de "guiris super-fantásticos".
Salimos de la estación de Lusail donde hace más calor que un baño turco. Lo primero que te encuentras es un estadio de futbol dorado enoooooorme y precioso, al que no me da tiempo a hacerle una foto porque tenemos que coger un autobús que nos lleve al centro de Lusail y parece que hay uno que está a punto de salir. Le enseñamos al conductor nuestro pase diario del metro y nos dice que no vale... pero que pasemos. Las líneas "M" son gratuitas si viajas en metro y son como unas "lanzaderas" en las que, aunque no te cobren, tienes que pasar por el lector no-sabemos-qué tarjeta. Seguro que la Adineko valdría, pero como no la tenemos, decidimos que luego no volveremos a la misma estación, por si no nos dejan volver a montar gratis. Jo, me he quedado sin la foto de ese estadio tan bonito. Bueno, bien pensado, así Susana no verá que la engañamos con otros estadios y nos seguirá invitando al Metropolitano a comer y beber delicias con la excusa de ver el fútbol.
Lusail es una ciudad tan moderna, tan ordenada y tan limpia.... ¡¡como vacía!! No hay absolutamente nadie por las calles y somos los dos únicos locos que vamos andando y haciendo fotos bajo la solana. Lo más llamativo del lugar (además del estadio) son las Lusail Towers, un complejo formado por cuatro torres cónicas y que están conectadas por una escultura gigante de un tiburón.
Como las distancias son mucho mayores de lo que pensábamos, nos cogemos un Uber para ir a nuestro siguiente destino e icono de la ciudad: Las Katara Towers. Es un edificio con forma de media luna que alberga dos hoteles de cinco estrellas, sala de exposiciones y restaurantes. Así como que no quiere la cosa, nos acercamos a la puerta del hotel Raffles, donde preguntamos a ver si se puede ver el hall y nos dicen que sí: es una auténtica maravilla, parece una espiral azul que termina en una pantalla que simula un cielo azul. Encantados con la experiencia, probamos en el otro hotel, el Fairmont, y nos quedamos sorprendidos con la enorme lámpara de miles de bulbitos que se enciende y apagan. Puro lujo catarí.
Hay un montón de rascacielos, algunos de ellos con formas creativas y algunos que son un auténtico desafío a la gravedad. Y eso contrasta con el siguiente lugar que visitamos: el barrio de Qanat. En este lugar han hecho miles de apartamentos ambientados en Venecia: con sus canales, con su arquitectura e incluso con una réplica del puente de Rialto. ¿Y luego los italianos lloran si cortamos los espaguetti con cuchillo? ¿Y no tienen nada que decir de esto? De hecho, en otra parte de la ciudad (que no visitaremos por falta de tiempo) está el centro comercial Villaggio que es una copia del centro comercial Belaggio de las Vegas, que es una copia de Venecia; se podría decir que es como la Pantoja de Puerto Rico, que imita a una que imita a la Pantoja... bueno, es una larga historia para las generaciones Z y posteriores.
A estas alturas ya somos Mister Camiseta y Mister Camisa mojada. Estamos empapados de sudor y mendigamos cualquier chorro de aire frio en las estaciones de metro, de tranvía o en algunas galerías subterráneas como las que rodean el barrio de The Pearl. Aquí hay mucho lujo, apartamentos con vistas y yates... pero les falta la gente. En un momento dado hablamos con una chica argentina que nos comenta que lleva más de veinte años en Catar y que no lo cambia por nada, aunque hay que evitar el verano porque hace tanto calor que la propia gente catarí se va del país... pues que vayan a Madrid que con todas las olas de calor que ha habido este año, les parecerá que hace fresco. Pablo ha empezado a decir "vamos a entrar (en lugar de salir) a tomar el aire"... acondicionado, claro.
Nuestro siguiente destino es el Ketara Cultural Village, un lugar destinado a teatros, cines y espectáculos en el que está todo o casi todo cerrado. Tan sólo entramos a una bonita mezquita para disfrutar de lo fresquito que se está dentro... ¡todo un refugio climático! Aunque luego descubriremos que, en una calle repleta de las típicas marcas de lujo, ¡hay aire acondicionado que sale del suelo en la propia calle!
Seguimos nuestros recorrido en paralelo al paseo de la Corniche y llegamos al centro financiero, donde está el mayor número de rascacielos de la ciudad. Son muy estilosos, elegantes y originales. A diferencia de Dubai que nos pareció que había crecido de forma descontrolada, aquí parece que están hechos con más coherencia.
A lo largo del día ya nos hemos hecho unos expertos cogiendo el metro con nuestro pase diario y luego cogiendo autobuses gratuitos sin la tarjeta correspondiente: entramos, lo enseñamos asumiendo que vale y nos ponemos a recargar la batería del móvil: sí, además del aire acondicionado también estamos mendigando un puñado de kilowatios para no bajar del límite sicológico del 15%... quedarnos sin batería supondría no poder saber cómo movernos, cómo pagar, documentación como la tarjetas de embarque... nuestra supervivencia depende de ese cacharro llamado móvil.
Una nueva ubicación nos sorprende: la Mezquita Nacional. Un señor con ganas de convertirnos al islam nos da todo lujo detalles sobre la mezquita, las oraciones y los musulmanes por el mundo. También nos da sendas botellas de agua etiquetadas con la foto de la mezquita de un tamaño extrañamente pequeño... parecen dosis que dan poderes de islamización... "ale, tú a por Ceuta y tú a por Melilla". Bromas aparte, el lugar es muy bonito y tiene las mejores vistas del skyline de la ciudad.
Para el final del día hemos dejado dos edificios icónicos del arte moderno de la ciudad. El primero es el Museo Nacional, obra del arquitecto francés Jean Nouvel y que representa a la rosa del desierto. El sitio es muy curioso y, aunque no lo visites por dentro, se puede pasear entre los edificios. ¡¡Es una maravilla!!
El otro edificio icónico es el Museo de Arte Islámico, que se encuentra al lado del mar y desde donde se ve toda la Corniche, aunque ya es de noche y ahora se ven las luces de los edificios. Si pensábamos que con la caída del sol la temperatura refrescaría, no podíamos estar más equivocados. No sabemos por qué, pero ahora hace incluso más calor. Llevamos tal sudada que ya hemos conseguido que la ¡humedad se haya unificado y no parezca que ya tenemos la próstata floja.
Un último paseo nos lleva primero hasta la escultura de La Perla, que recuerda el pasado que tuvo esta ciudad en torno al cultivo de ostras y esa piedrecita que formaban dentro. Y después, nos acercamos al Zoco: pensábamos que iba a ser el típico lugar para turistas, con productos "made in China" y con frases aprendidas en español para atender la atención... pero es todo lo contrario... gente local comprando, productos hechos en el país y todo muy ordenado y limpio. Es uno de los zocos más genuinos y naturales que hemos visitado... Y la primera taza que Pablo compra en este viaje es igual de genuina... ¡¡la figura de un busto de un hombre con arito y pañuelo blanco y rojo!
Toca irse despidiendo de la capital catarí y ponemos rumbo hacia el aeropuerto. Este "aperitivo" en el menú de este viaje va tocando a su fin... pero lo haremos por todo lo alto. Aunque sudados, agotados y habiendo dormido poco, pasaremos nuestras últimas horas en la ciudad como unas "celebrities": nos vamos a la sala VIP. ¿Dónde mejor gastar unos puntos que se me iban a caducar que utilizándolos para poder comer, descansar e incluso ducharnos? Pues dicho y hecho... nos damos una ducha que nos purifica de tanto sudor, nos comemos un bufé de delicias locales y, ahora sin mendigar, disfrutamos del aire acondicionado y de cargar el móvil hasta el 100%. Y no sólo hemos recargado el móvil, sino también nuestras propias pilas para ir a nuestro siguiente destino: Malasia nos espera.


























