11 sept 2026

Bali, norte

Anoche la tecnología se volvió contra mí y no me pilló en mi mejor momento. Lo que prometía ser una agradable velada de escritura viendo la piscina iluminada desde el bungalow a dos aguas, se convirtió en una pesadilla. Me quedé sin espacio en Google y todo mi reino digital amenazaba con dejar de funcionar si no hacía algo; con el cansancio, no era capaz de recordar la contraseña para comprar espacio adicional y cualquier reintento o reseteo en ese momento de nerviosismo podría suponer un problema mayor al no poder utilizar mi cuenta en el resto de dispositivos. Algo que con un PC con Windows habría tardado cinco minutos con cuatro para tomar un café, se convirtió en dos horas luchando contra las innumerables configuraciones que pueden tener las tablets Android. Hasta la IA debía de estar cansada, porque no conseguía dar con una solución que resolviera mi problema. Una inspiración de última hora dejó a resguardo todas las fotos del viaje y me dejó espacio suficiente para guardar todos aquellos recuerdos que aún están por capturarse.

A eso de las once de la noche me acosté, con el subidón de haber dejado todo solucionado y con los ojos como platos por haberme tomado Nescafé y medio antes de ponerme al teclado. "Pero espera... ¿qué es esa luz?" pienso mientras abro los ojos. Lo del techo en forma de pico es muy original, pero la cristalera deja pasar la luz exterior y un cortinón inmenso justo está dejando pasar la luz de un foco situado en el exterior que ilumina exclusivamente mi almohada. "Bueno, no lo pienses", como diría el pariente. Pero otra idea me ataca la cabeza... "Hemos puesto el despertador a las dos y cuarenta de la mañana, tengo que dormir". Y cuanto más quiero caer dormido, más contratiempos ocurren: tengo pis... entre una cervecita, los noodles hechos con agua y el café hecho con agua, el cerebelo me pide bajar esta sobredosis de H2O... y de bajar a la planta de abajo que es donde está el baño. En algún momento caigo dormido y sueño con el Coche Fantástico... ah, no... es el teléfono de Pablo que suena... sobresaltado, me informa "nada, es una llamada de spam".

Y el despertador suena a las dos y cuarenta. Sí, está bien escrito. Tenemos una excursión en el norte de la isla a las cinco de la mañana y tenemos dos horas de trayecto, ... nuestros cerebros podrán ser estudiados para ver las consecuencias de la alteración del sueño durante el periodo de "descanso" estival. Como habíamos dejado ya todo recogido, nos cambiamos y salimos de este encantador alojamiento, para montar en el coche y salir. Quizá por el nerviosismo de tener que ser puntuales o por estar aún un poco dormidos, Pablo roza el coche contra un bordillo escondido tras una curva... no es gran cosa, pero yo lo he vivido como si fuera el iceberg que crujió el Titanic, ha sonado a chapa quebrada. Como hemos alquilado el coche con el seguro a todo riesgo, nos autoconvencemos de que no pasa nada; pero sí que pasa... seguro que hasta que devolvamos el coche dentro de dos días nos imaginaremos todos los escenarios posibles para afrontar la devolución del coche. Y, sobre todo... ¿hemos rayado un coche de alquiler con el cuidado que tenemos siempre? ¡Pero si somos top en el estado de nuestro Mazda en BlaBlaCar!

Las carreteras de Bali están semivacías a estas horas. Aún así, es todo un rallie de curvas, subidas, bajadas, carriles mal delimitados... Pablo va bastante fresco y mi única aportación es que, según Internet, las marchas 3 y 2 de un coche automático son mejores para subir esas cuestas tan empinadas.

Llegamos a las cinco menos cuarto al aparcamiento donde hemos quedado con Ponidi, el patrón de barco con el que vamos a hacer una excursión de unas cuatro horas. Su embarcación es estrecha y alargada y tiene unos troncos paralelos sujetados por una traviesa. Nos montamos y empezamos a navegar mar adentro y luego paralelos a la línea de costa. La embarcación corta el agua y va salpicando miles de gotas, que parecen clarearse por la luz de la luna. "Mirad, ése es el pláncton brillante" nos dice. Nos quedamos totalmente asombrados al ver que esos puntitos son como lucecitas blancas que aparecen y desaparecen. Con una velocidad más suave, empezamos a meter las manos en el agua templada y, al agitarla, miles de destellos se van creando como si fueran unas "ascuas led color blanco frío". Es una auténtica pasada ver cómo esos puntitos se crean y desaparecen.

Después de un muy largo rato jugando con este juguete nuevo, retomamos la marcha durante un rato que se me hace eterno. La temperatura es agradable aunque con la velocidad termina siendo algo fresca. En algunos momentos creo que me duermo, o eso, o ahora resulta que amanece a escalones. Y cuando menos lo esperamos, Ponidi nos dice "mirad, el pláncton azul". ¿¿¿Pero cóooooomooooo??? Si antes las lucecitas eran blancas y se formaban con la agitación del agua, ahora son azules y están estables bajo el agua. ¡¡¡¿Pero qué tenía ese Nescafé de anoche?!!! Estamos, literalmente, flipando. Es hipnótico ver esos granitos de luz azul brillar debajo del agua.

Un nuevo giro de guión, nos pilla desprevenidos. Aunque era lo que realmente veníamos a ver, no pensábamos que iba a surgir tran pronto: hay delfines jugando cerca del barco. Ponidi va en busca de diferentes grupos, intentando que se acerquen a la embarcación. "¿Listos para bajar al agua?" nos pregunta. La actividad se llamaba "Nadar con delfines" y hemos llegado al momento álgido. Nos ponemos unos chalecos salvavidas y unas gafas de esnórquel, y nos metemos en el agua, agarrándonos a un asa que va enganchada a la traviesa; Pablo va a estribor y yo a babor. La embarcación empieza a coger velocidad y nosotros empezamos a volar como Supermán pero debajo del agua. Vemos formaciones de pláncton azul y, en algunos momentos, delfines en el fondo. Alternando momentos en los que salimos a respirar (no llevamos tubo) metemos en seguida la cabeza debajo del agua, porque no queremos perdernos nada de lo que ahí abajo está ocurriendo.



Al final los delfines no terminan por acercarse a nosotros, tan sólo los vemos en la distancia. Pero nos da un poco igual, porque hoy la estrella ha sido ese pequeño organismo bioluminiscente, esas luciérnagas acuáticas o estrellas fugaces, como lo queramos ver. Pero no se vayan todavía que aún hay más. Reposamos la excitación de lo vivido y un desayuno basado en café y plátano frito durante otro largo trayecto de vuelta. De repente, Ponidi nos indica que miremos al mar. ¡¡Qué belleza!! Bajo el agua cristalina está la barrera de coral, con sus formas caprichosas y muchos peces nadando entre ellas. De nuevo, nos ponemos las gafas y vemos el espectáculo: Ponidi echa pan y restos de plátano frito y cientos de peces se acercan a comer. Los hay de diferentes colores y estampados y la armonía con la que se mueven hacen que sea mágico. Nosotros también les damos de comer, sintiendo de vez en cuando sus pequeños mordiscos cuando no atinan en la comida y la confunden con nuestra piel.



Un generoso momento de asueto nos invita a movernos por la zona, observando el fondo marino que nos tiene cautivados. Viendo este precioso espectáculo oigo a Pablo que me llama. ¡Una tortuga! Me acerco y no puedo creerme lo que veo... ¡¡una tortuga de medio metro nadando a sus anchas!! Va cerca del fondo y nosotros seguimos su recorrido desde la superficie, ya que necesitamos respirar de vez en cuando.

Sin darnos cuenta son ya las diez de la mañana. Hemos estado cinco horas con Ponidi, disfrutando de los dos tipos de pláncton, de los delfines esquivos y de un lecho marino que nos ha enamorado. Esta experiencia no la olvidaremos jamás... y eso que no tenemos fotos porque no teníamos una cámara acuática... ha quedado grabada en nuestros recuerdos.


El día de hoy continúa en Ulun Danu Beratai, un templo de esos que te dicen que es "obligada visita" y que resulta ser un pequeño parque temático. Es cierto que esta muy bien cuidado, con jardines exquisitamente desarrollados. Pero lo malo del lugar es que han puesto un montón de "cosos" para que la gente se haga fotos... y claro, la gente está haciéndose fotos en lugar de visitar justo la parte central que es donde está lo que es el templo en sí. Es otro de esos templos que han edulcorado para que vayan los turistas pero que, en esencia, no es más importante que cualquier otro templo de barrio.






La tercera y última visita nos lleva hasta las Terrazas de Arroz de Jatilluwih. Estos arrozales son Patrimonio de la Humanidad porque han conservado un sistema de riego que data del siglo IX. En los arrozales, según la tradición balinesa, se exige mantener la armonía entre los divino (por eso hay pequeños altares), lo humano y la naturaleza. Para visitar el lugar se pueden hacer diferentes rutas y nostros elegimos la blanca, que tiene una longitud de 5,5 km y que pone que se tarda unas tres horas. ¿Tres horas para esa distancia? El recorrido es muy agradable, las terrazas tienen un color verde muy vivo y todo el entorno es sublime. Y no, no se tardan tres horas... en apenas hora y media con paradas para fotos se puede hacer sin problema.





Para evitar conducir por la noche, empezamos ya el regreso. Las dos próximas noches las pasaremos en otro alojamiento diferente, al cual nos dirigimos. Google nos indica que tardaremos unas dos horas en hacer los 50 kilómetros que hay hasta el hotel. Conducir por Bali es un auténtico quebradero de cabeza y Pablo está ya en modo "Fast and Fourious". Yo, por otro lado, estoy que no me tengo del sueño... ¡necesito una almohada ya!

Y llegamos al Oemah Cinta Suites... un alojamiento de tres casitas cada una con su patio y piscina privada. Estamos agotados e, incluso, replanteándonos si mañana salir a luchar en ese comecocos que es la red vial de esta isla... Pero, ¿acaso hoy no mereció la pena levantarse tan pronto para descubrir algo casi mágico? Venga... pon el despertador a las seis... y a ver si hoy ningún spam hace sonar El Coche Fantástico. 


10 sept 2026

Bali, este

Me acuerdo que de pequeño a mi padre le regalaron unas diapositivas que se podían ver con un pequeño artefacto donde introducías la diapositiva y encendías una luz, algo muy rústico comparado con la tecnologia actual pero que a mí me descubrió un mundo. Aparecían las típicas ciudades como Londres, París o Nueva York, pero también había una de Bali donde se mostraba a unas mujeres vestidas con unos trajes dorados en posición de hacer un baile. En aquel momento esa dispositiva no era una de las que me fascinara, de hecho no sabía ni en qué parte del planeta se encontraba; además, la vida es una continua escala de prioridades y, evidentemente, el Big Ben, la Torre Eiffel o la Estatua de la Libertad estaban antes en mis sueños que unas señoras con una mirada diabólica. ¿Y quién me iba a decir que, después de tantos años, he llegado a esa diapositiva?

Si hiciéramos una encuesta sobre cómo imagina la gente que es Bali, muchos pensarían que es una isla repleta de playas doradas, hoteles de ensueño y avenidas con restaurantes, locales de ocio y agencias que te ofrecen mil y una actividades; seguramente esa idea esté provocada porque estamos acostumbrados a ver lugares de España que son auténticos paraísos para quienes nos visitan, sea en los archipiélagos, en las ciudades o hasta en los entornos rurales.

Sin embargo, Bali no la estamos viendo así. Para empezar, la vemos como una malla de carreteras locales a cuyos ambos lados se desarrolla la vida. Tiendas, templos y viviendas se alternan desordenadamente, donde raro es encontrar una acera o un lugar donde aparcar. En el tráfico rige la ley del más fuerte: las motos y los coches compiten por adelantar, esquivar a otros vehículos, personas y animales; si bien es cierto que no son en absoluto agresivos, que señalizan y que respetan los semáforos, la sensación que uno tiene es la de intentar sobrevivir en la marabunta... además de la de estar siempre en la misma carretera, porque todas parecen la misma.

Pero, por otro lado, está la Bali que te sorprende cuando menos lo esperas. Los hoteles y restaurantes paradisíacos están ocultos en pequeñas islas de tranquilidad dentro de la isla. La naturaleza te regala a menudo vistas de arrozales, bosques de palmeras y pequeñas montañas que te recuerdan que estás en un trocito del cielo. Y, sobre todo, una sonrisa de curiosidad de un niño, un welcome de un adulto o alguien que te saluda juntando las palmas de la mano, te hacen olvidarte del caos y sentirte abrazado en tierra ajena.

El turismo potencia y adultera, es inevitable; y quizá Bali sea un claro ejemplo. Uno de los productos que más se vende a los turistas es el propio "hinduismo balinés". ¿Que los turistas vienen atraídos porque ven atractiva esta religión y forma de vida? Pues se eligen unos cuantos templos, se cobra entrada y todos tan contentos. Sin embargo, basta con moverse un poco para darse cuenta de que hay miles y miles de templos; de hecho, en cada casa tienen un pequeño templo, puertas balinesas y ofrendas de flores en la entrada. Bajarse del coche, intentar entrar en algún templo y el propio hecho de que te acoten hasta dónde puedes entrar, es una garantía de genuinidad... además de ver cómo cortan pollos recién matados o hacen pequeños adornos con flores. Parando por el recorrido, visitamos algunos de esos templos y vemos también algún mercado, rodeados casi exclusivamente de gente local.


Llegamos a las cascadas de Tukad Cepung. Pagamos la entrada y descendemos por unos escalones enormes. Cuando llegamos a la parte más inferior, vemos que hay dos caminos, que llevan a diferentes cascadas. "¡Ah! ¿Pero que hay que andar por el río?" le pregunto a Pablo, quien se da cuenta de que me puse unas zapatillas deportivas y él unas sandalias. En ese momento toma sentido los puestos que había por el camino donde se alquilaban sandalias y chanclas. Decido que voy y a probar suerte e ir descalzo. Todo el primer recorrido lo hago como Chiquito de la Calzada, consiguiendo ir y volver.




Sin embargo, para el segundo recorrido decido no hacerme el faquir y me pongo las zapatillas deportivas; será mejor llevarlas mojadas antes que no poder ver el lugar cómodamente. Y termina siendo una decisión acertada. Las cascadas son una pasada, sobre todo las del segundo recorrido, ya que caen dentro de una especie de cueva circular abierta por arriba.



Las distancias en Bali, debido a la configuración de las carreteras, se antoja enorme. Más o menos, se podría decir que, aunque se circule a diferentes velocidades, se recorren como mucho 30 kilómetros por hora. Así que, entre trayecto y trayecto hacemos algún descanso, como el oportuno para comer. Encontramos un sitio preparado para que los guías lleven a sus clientes y, por tanto, más caro que otros establecimientos. Sin embargo, las vistas, el trato y la propia comida, merecen la pena haberse gastado unas rupias de más.


Nuestro segundo destino del día es Tirta Gangga, un templo que tiene diferentes piscinas, estatuas, pagodas, ... Lo más característico de este lugar es que en un estanque tiene unos pilares sobre los que se va andando. El sitio es muy pero que muy bonito, además de tener unas vistas de las montañas rodeadas de vegetación.






Como mañana tenemos que levantarnos muy pronto, decidimos empezar la vuelta hacia el hotel. De camino, vemos una playa en la que paramos a dar un paseo. La arena es negruzca, de origen volcánico y sólo hay algunos locales pescando. En la orilla, hay algunos locales que se podrían denominar "chiringuitos" siendo generosos, donde aprovechamos a repostar unas hamburguesas de pollo y unos zumos naturales.



El día de hoy ha sido muy tranquilo; aunque no hemos parado, hemos disfrutado más del propio camino que del hecho de ver lugares singulares. Hoy ha sido el día de ver una Bali que pocos turistas van a buscar. Ha sido el día de aquella diapositiva que no mostraba ningún monumento sino, quizá, tan sólo una sensación.