7 sept 2026

Singapur II

Empieza nuestro segundo día en Singapur: hoy será un día mucho más relajado, sin tener que coger autobuses, cruzar fronteras ni cambiar de hoteles. Así que, después de haber dormido algo más de lo habitual, nos despegamos los sábanas y nos lanzamos a las calles de esta ciudad-estado.

Nuestro hotel está en un barrio modesto: nada de rascacielos ultra modernos ni tiendas de marcas premium... ¿sabéis cuando para evitar decir que un barrio es pobre (con toda la dignidad del mundo) se dice "de gente trabajadora"? Pues aquí, no se puede decir ni eso... anoche había un montón de hindúes sentados en los bordillos de lo que se podría considerar como aceras hablando por teléfono y no haciendo nada más. Sin embargo, ahora por la mañana, ¿dónde se han metido? Nos llama la atención que, para ser un lunes por la mañana, no hay mucha gente por la calle... habría que ir a Little India a ver la que por allí ya está montada.

Singapur es un pequeño país que se lo ha montado muy bien. Fue expulsada de la Federación Malaya por diferencias ideológicas y eso hizo que se tomaran las riendas para decidir hacia qué modelo de país se quería ir... ¿Y qué hizo exactamente? Convertirse en un paraíso fiscal; lo demás le vino rodado. Dada su situación en Asia, se centraron en el comercio internacional, en el transporte marítimo y aéreo, en la banca, ... Muchas empresas han establecido sus sedes aquí. ¿Y qué hacen con el dinero que ganan en un país tan pequeño? Pues gastarlo en los innumerables centros comerciales que hay en la ciudad... así que, como dirían en muchos vídeos de influencers indocumentados de YouTube, "¡ir de shopping es una actividad que no te puedes perder en tu viaje a Singapur!"

Visitamos la zona de Orchard Road. Por la calle no hay mucha gente, pero es entrar en cualquier edificio y... ¡tachán! Ahí están todos disfrutando del aire acondicionado y gastando sus dólares singapurenses. Sí, aquí la moneda también se llama "dólar" y seguro que ni saben que ese nombre es de origen español (el taler español que por similitud a una moneda suya copiaron los británicos). Los centros comerciales se encuentran en las plantas inferiores de los complejos de edificios y muchas veces están conectados entre ellos para salvar las calzadas. Seguramente sea para salvar el calor o las lluvias, pero lo han convertido en un auténtico laberinto, porque si quieres cruzar una calle tienes que andar preguntando para entrar en un edificio, buscar la pasarela y llegar al otro; en algunos casos hay pasos subterráneos que, cuando llegas abajo encuentras una puerta y piensas "uy, por aquí no es"... pero te das cuenta de que "sí es" cuando ves a unas asiáticas abrir la puerta y pasar.

Estos centros comerciales no son para mí... para mi bolsillo. ¿Pero cuántas tiendas de Rolex hemos visto? ¿Y de Vuitones? ¿Y realmente hay tantos diablos para tanto Prada? Lo curioso es que luego no parecen muy bien vestidos, porque la mayoría de la gente va con ropa cómoda, con colores apagados y con chanclas... definitivamente, hay mucho más estilo en el chino de Polán.

Viniendo de un país con un inmejorable prêt-à-porter, decidimos abortar la operación shopping porque no tiene sentido estar todo el rato subiendo y bajando escaleras mecánicas para ver si encontramos cómo pasar a la siguiente pantalla. Así que, reconducimos la ruta hacia los paseos que hay alrededor del río, donde hay mercados y lugares donde comer con muy buena pinta. En un momento dado vemos, como si fuera un espejismo, ¡¡un supermercado!! Pero no una tienda de conveniencia, sino uno con ¡¡frutaaaaa!! Nuestra sensación es que aquí realmente no cocinan mucho en casa y que por eso hay tanto local por todos los sitios; además, les encanta comer platos muy similares entre sí o paquetitos de comida envasada y con aspecto artificial. Así que, no nos lo pensamos y compramos una bolsa de fruta australiana que no es muy cara y que seguro nos aportará una buena dosis de vitaminas y fibra... Ayuso estaría contenta, también le gusta la fruta.



Continuamos el paseo y llegamos al barrio chino. Templo por aquí, templo por allá... y sin saber muy bien cómo, acabamos en un centro comercial, de los de camiseta de Balenciaga a diez dólares. En un momento dado, en uno de los pasillos, nos empiezan a ofrecer masajes... terapéuticos, ¿eh? No entendemos muy bien, pero los chinos tienden a poner todos los negocios de un mismo tipo juntos. La cuestión es que hay como veinte sitios donde ofrecen masajes, uno seguido del otro, y todos con casi el mismo precio. Cuando estuvimos en Pekín me di un masaje de pies que me dejó como nuevo... así que, buscamos uno que tenga buena pinta y quedo con Pablo en que me espere fuera dentro de media hora, ya que a él no le gusta que le toquen los pies. En el establecimiento hay unas diez butacas puestas en fila, donde predominan señoras chinas de mediana edad. La relaciones públicas me indica con señas que me siente y que puedo cargar los móviles justo en el enchufe que tengo al lado (menudo viaje llevamos mendigando enchufes y aire acondicionado). Acto seguido viene un señor que me mira como diciendo 'otro occidental' que va a sufrir; pero no... con firmeza casi protocolaria, alterna momentos de relajación con momentos dolorosos, donde empiezo a pensar que tengo contracturas en la planta del pie. El masaje abarca desde el pie hasta la rodilla y es una experiencia totalmente reconfortante: cuando termina y me dispongo a andar sientes las piernas mucho más flojas, hasta cuesta andar. Ha durado media hora larga y me ha costado el equivalente a 10 euros... una ganga para salir con unas piernas nuevas.



Ya que estamos en un país de lujo, ¿por qué no nos vamos a comer a un restaurante de estrella Michelín? Pues dicho y hecho, nos vamos al Liao Fan Hawker Chan que presume de ser el restaurante con estrella Michelín más barato del mundo. En realidad, la estrella se ganó en el 2016 siendo tan sólo un puesto en el hawker (una especie de food court inmenso) que está al lado; con los años perdió la estrella, porque parece que el hecho de querer expandir la marca y el negocio desvirtuaron los platos originales. Nosotros, aunque sea por la tontería, entramos a comer/merendar: no deja de ser el típico restaurante económico basado en noodles, arroz y carne, pero con bastante buena pinta y todo especialmente rico y bien presentado.


Seguimos el paseo y llegamos hasta Marina Bay Sands, donde también estuvimos ayer por la tarde y que es la zona más asombrosa de la ciudad. Si ayer veíamos el espectáculo Spectra, hoy vamos a ver el de los árboles gigantes en Supertrees Groove. Se trata de 18 estructuras de entre 25 y 50 metros de altura y que están cubiertos de plantas y de efectos de luz; si se paga una entrada se puede subir y caminar por una pasarela que pasa por algunos de ellos; sin embargo, habíamos leído que el espectáculo se ve mejor desde abajo, así que cogemos sitio en una especie plaza con césped donde ya hay mucha gente sentada. Mientras esperamos, al igual que muchos turistas agotados, nos echamos una cabezadita.



El espectáculo comienza puntual. A ritmo de canciones conocidas, se van enciendo y apagando luces por aquí y por allá.... mientras uno piensa en qué cosas más originales hacen aquí... casi con un poco de envidia.




 Cuando termina el espectáculo se anuncia que ahora hay uno segundo titulado 'Borealis'. ¡Estamos en la happy hour! El segundo espectáculo es totalmente diferente: los árboles se quedan con un color lila, sueltan humo y unas luces láser verde hacen que parezca que estás viendo auroras boreales; una música enigmática hace que toda la escena sea hipnótica; caminamos entre los árboles viendo cómo las formaciones verdes aparecen y desaparecen, seres etéreos que tienes que cazarlos con la mirada y disfrutarlos mientras duren. Es como estar en Avatar, transportados a un mundo tecnológico pero con sentimiento a la vez.



Esta segunda obra parece permanente, así que llega un momento en el que hay que decidirse y desengancharse de este bonito espectáculo visual. Estamos muy cerca del complejo Marina Bay Sands y es un buen momento para ver el lugar por dentro. Al igual que en los centros comerciales esta mañana, moverse como peatón es complicado, ya que hay que buscar cómo pasar de un sitio a otro. Después de preguntar, conseguimos entrar en el atrio del hotel... y es una auténtica pasada. El hall abarca las tres torres y por dentro se pueden ver los pasillos que conducen a las habitaciones de la mitad inferior de las plantas. La luz es perfecta, todo impoluto, materiales relucientes, ... pero tampoco va la gente "con pamela" como diría mi madre; es más, nosotros no desentonamos para nada, aunque la sensación de estar sudado vaya por dentro. He de reconocer que cuando estuvimos organizando el viaje entré a mirar cuánto valía pasar una noche aquí... y eran unos 650 euros por noche... pero había que intentarlo, ¿no?

Este complejo costó una millonada, para recaudar más millonadas. Si el hotel es de superlujo, el centro comercial y el casino que hay delante no los son menos. Arquitectónicamente es una auténtica maravilla y sólo por eso hay que visitarlo. Con un techo en curva, lámparas-esculturas, un laguito navegable en góndola, ... y por su puesto tiendas de todas y cada una esas marcas en las que el personal a veces va mejor vestido que el cliente adinerado. Pero es que aquí, te explota la cabeza... ¡cada marca abarca tres plantas! Esto es un auténtico derroche... aquí no hay mucho dinero, hay mucho poder. En parte suscita curiosidad ver estos sitios inaccesibles para la clase media... pero en parte da vértigo pensar que aquí, en este momento, habrá gente con tanto dinero y poder, que podrán tomar decisiones que impacten a millones de personas.



Con esta reflexión vamos dejando este espejismo de lujo, para volver a nuestro humilde barrio, con su caos, con sus "comitorios" y con esos hombres sentados en la acera. Pero también estamos aquí gracias a poder movernos libremente, sin buscar estándares que nos limiten a jaulas de oro... y siempre poder elegir entre chopping o choped.

5 sept 2026

Singapur I

Anoche no sé qué a cuento de qué santo, profeta o dios hindú sería, pero estuvieron hasta la una y media con música en directo; mientras escribía eché de menos a Paquito el Chocolatero, La Macarena y Tengo un Tractor Amarillo... el trío invencible que saca de la barra del bar a cualquiera. Y lo que eché de menos también fue tener la llave maestra para abrir la típica puerta que conecta varias habitaciones, porque antes de que terminara la fiesta llegó una familia haciendo mucho ruido y tuve que aporrear la puerta a ver si pillaban la indirecta... pensaba que era un lenguaje universal, pero no surtió gran efecto. Terminé de escribir, publiqué y miré a mi editor durmiendo mientras me relajaba pensando que había entregado a tiempo una nueva edición y por la mañana no habría represalias.

Con apenas cuatro horas y media de sueño, suena el despertador. O consigo más tarde dormir en el autobús o pareceré un narcoléptico durante todo el día. Pero es que hoy no hay tiempo que perder... toca despedirse de Malasia y cruzar la frontera hacia Singapur. Lo primero es recoger las chanclas de Pablo que dejamos a secar en el balcón: hay que asegurarse de no encontrar en ellas ninguna salamanquesa, ni reptil, ni un malayo con ellas puestas. Lo segundo que hay que hacer es recuperar el dinero que hemos dejado de fianza, porque sí, en este hotel nos han pedido, curiosamente, una fianza por si rompemos o nos llevamos algo. Habíamos reservado un tiempo para que el recepcionista mandase a alguien a revisar la habitación... pero no, saca curiosamente el billete de 20 euros que le dejamos anoche y nos lo devuelve mirándolo como si fuese un cromo. Entonces, ¿para qué sirve la fianza? Si lo llego a saber le dejo un ticket del Mercadona.

Un Grab nos lleva a la estacion de autobuses 'Sentral'... Ya mencioné que hemos visto muchas cosas escritas en inglés tal y como se pronuncian... y en un ataque de culturización, leímos en internet que es lo que llaman en 'manglish', Malasian English, vamos como nuestro espanglish... seguro que ellos hasta escriben 'pronunsieison' y se quedan tan anchos. Otra cosa que hemos observado también es que utilizan mucho la gacheto-tarjeta... ¿sabes cuando vas a pagar el parking o el peaje y no llegas y tienes que estirar el brazo mientras te rozas bien rozado el costillar? Pues aquí eso lo tienen superado: tienen como una especie de matamoscas en el que meten la tarjeta y así pasan la tarjeta sin problema.

Hemos llegado a la estación con mucho tiempo, así que le propongo a Pablo valorar las distintas opciones para gastar los diez ringgit que nos quedan, unos dos euros y medio. La verdad es que hemos ido tirando de efectivo y de tarjeta y vamos a conseguir hacer un Perfect de divisas, al conseguir abandonar el país a cero. Pero Pablo, sabiamente, dice que primero vamos al mostrador porque en algunas estaciones de autobús hay que pagar una tasa que no está incluida en el precio... justo en este caso no resulta ser la tasa, sino un cargo por emitir las 'tarjetas de embarque'... ¿para un autobús? Bajamos de 10 a 5,60 ringgit. En un 7-eleven compramos una botella de agua y dos tostadas empaquetadas (sí, tostadas) convencidos de que suma 5,60... y obviamente la caja registradora está más despierta que nosotros y nos muestra un total de 4,60. Mira, ese ringgit lo vendo en Wallapop y ya está, que va a ser más fácil.

Esta vez viajamos en un bus de categoría 'eksecutif'. Lleva los mismos cortinajes, pero los asientos son enormes... si lo llego a saber me vengo con el pijama, que no es la primera vez que lo hago. ¿Pero quién está cantando? El conductor lleva una lista de reproducción de YouTube que bien podría ser del Malayón Fest: va cantando mientras conduce, acompasando los hombros para enfatizar y gira el volante dando su mejor do de pecho. Pensemos que es una nana y a dormir...

Después de unas dos horas de trayecto, despierto a la altura de Johor Bahru, la ciudad en la que termina Malasia. ¿Te hablo de Johor? Pues es también el nombre del estrecho que separa la isla de Singapur de la península de Malaca. Yo siempre había pensado que había una frontera terrestre o que lo separaba, como mucho, un río. Pero no, la sapiencia de Pablo me ilumina y la de Wikipedia me termina de dar el fogonazo. ¿Y cómo se atraviesa la frontera en autobús? Pues bien, llegamos a una especie de estación donde el autobusero cantarín nos indica que bajemos; sin coger el equipaje, seguimos a la manada, llegamos a un control de pasaportes y luego intentamos volver a seguir a la manada, pero ahora ya no tenemos referencias porque la gente se ha mezclado; probamos a bajar al andén y menos mal que memoricé la matrícula del autobús al ver que una pasajera lo estaba haciendo. Montamos y veo que ahora estamos menos pasajeros... arranca el autobús, cruzamos el estrecho y llegamos a otra especie de estación; nos bajamos y el conductor nos indica que llevemos el equipaje; pasamos un control de pasaportes (el día antes hicimos una especie de check-in con todos los datos para que sea más rápido) y ale, ya estamos en Singapur. De nuevo buscamos el autobús y en seguida salimos, constatando que ahora somos menos pasajeros aún... en cada control los vamos perdiendo, todo un misterio.

Las primeras impresiones desde el autobús son que Singapur es la versión acomodada de Malasia: se ve todo más cuidado, los edificios de mejor calidad, una ciudad mejor estructurada, ... pero tiene también cosas no esperables en el país con más renta pero cápita del mundo: bordillos gigantes, alcantarillado a cielo abierto al lado de la acera, escaloncitos provoca-esguinces, ... no es país para paralíticos.

Desde mi punto de vista, el transporte público es un buen indicador de la calidad de vida de una ciudad: si es eficiente, económico, la gente lo usa y no hay aglomeraciones, eso significa que se han hecho las cosas bien y que los ciudadanos están contentos, no sólo por el transporte en sí sino también por la reducción de vehículos y un mejor aire para respirar. Y aquí ocurre eso... el transporte está muy bien y parece que no vamos a tener que tirar de Grab. El autobús que nos llevará al hotel viene enseguida y han hecho muy fácil su uso: simplemente hay que pasar la tarjeta de crédito a la entrada y a la salida y por la noche te cobran la mejor tarifa.

Llegamos a la zona donde está nuestro hotel, que no es donde viven los hombres de negocios precisamente. Desde la parada al hotel hay que caminar unos cinco minutos y en ese corto espacio de tiempo creo un concepto nuevo: el "comitorio"; resulta que hay muchos restaurantes con mesas y mesas, pero no parecen los típicos para ir a celebrar un cumpleaños familiar, sino simplemente un lugar donde alimentarse y que se frieguen los platos, vasos y cubiertos de plástico para el siguiente (sí, hasta los vasos son muchas veces de plástico).

Volvemos al centro de la ciudad y primero visitamos el barrio árabe. Hay una mezquita con cúpulas doradas que queríamos visitar, pero resulta que está cerrada porque están en plena oración. Así que paseamos por la zona, que nos sorprende porque está llena de restaurantes con buena pinta, tiendas de artesanía y tiendas de souvenires, donde Pablo compra su tercera taza del viaje. Hay una calle llamada Haji Lane que tiene mucho encanto y donde nos sorprende un establecimiento, el Manner Hotel; se trata de un local que imita a un hotel pero que es para hacer fotos en pequeñas cabinas donde ese imita a una habitación, un ascensor clásico, un portaequipajes, ... y en la planta de arriba tienen una especie de reproducción del metro de Nueva York para hacerte lo mismo. En lo que llevamos de viaje hemos visto demasiada obsesión por hacerse fotos: que si poses poco naturales, que si profesionales aparentemente sacando momentos cotidianos, ... ¡¡qué daño ha hecho Instagram!!



Del barrio árabe pasamos al barrio hindú, al 'little India'. Yo hay cosas que no entiendo... emigras de tu país para tener mejor calidad de vida en otro y terminas convirtiéndolo en un gueto con el mismo desorden, ruido y suciedad... y con el mismo Lord Ganesha, claro.



Recorremos la ciudad viendo diferentes lugares, donde nos encontramos algunos puntos de interés en restauración. Parques, vestigios británicos y rascacielos forman una buena parte de la ciudad... hasta que, de repente, a lo lejos, vemos el icono de la ciudad: el edificio de Marina Bay Sands. Es un conjunto de tres torres conectadas por la plataforma en voladizo más grande del mundo en la parte superior, donde hay una enorme piscina infinity, terrazas y un mirador. Este complejo hotelero, casino y centro comercial es uno de los edificios que más ha costado construir. 




En la bahía, además del edificio, se puede disfrutar también de un paseo por la orilla, donde está la estatua de Merlión; es la mascota de la ciudad y mezcla una cabeza de león (por el nombre histórico que tuvo la ciudad) con un pez (que simboliza su origen pesquero). También se pueden ver unos teatros que Pablo dice que tienen piel de durián, el Museo ArtScience que tiene forma de una flor de loto en floración y un skyline discreto y elegante. Ah, y también, a ciertas horas un espectáculo de agua, luz y sonido que merece bastante la pena.








Hoy ha sido el primer día de los dos que pasaremos en Singapur. La verdad es que la ciudad nos está encantando porque es ordenada, moderna y despierta la curiosidad. Pero los que ya no estamos despiertos somos nosotros... toca irse a dormir, que mañana hay más por descubrir.