La noche ha sido fresca y corta. Desde que concluimos la negociación y enterramos el hacha de guerra con Booking, han pasado poco más de seis horas y no hemos dormido mucho debido al frío que hace en esta zona del país. ¡Hay hasta vaho en las ventanas! Un café caliente preparado en la cocina comunitaria y unos scones (pastelitos típicos de Reino Unido habituales en la ceremonia del té) que compramos anoche, nos saben a gloria y nos entonan para empezar el día.
En la calle la humedad suaviza la temperatura y hasta resulta agradable caminar hasta la estación de autobuses con ese frescor matinal. Hoy viajamos hasta Kuala Lumpur y tardaremos algo más de unas cuatro horas. Pero... "¿vamos a viajar en ese trasto viejo?" me pregunto. El autobús parece bastante machacado y tiene un aspecto radicalmente diferente al de ayer. Eso sí, ambas compañías comparten el gusto clásico por las cenefas drapeadas que también encandiló a una generación de madres que conservan su inversión de cortinas en sus salones-museo.
Nos vamos metiendo en el ambiente y le damos las mochilas a un anciano que es el coloca-equipajes de la compañía. Vemos que los pasajeros son muy diferentes a los de ayer: hoy somos nosotros dos los únicos occidentales y el resto del pasaje es muy variado. En cuanto los equipajes están guardados, el autobús sale del andén para hacernos subir en otra parte de la estación... algo que parece sólo sorprendernos a nosotros. Al subir, ahuecamos a unos pasajeros que se habían sentado en nuestros asientos... y contemplamos el autobús de los horrores... quizá la categoría "Ekspres Economi" quería decir algo que no supimos interpretar.
El conductor es el típico que parece no atender a nadie pero que luego tiene a todo el mundo a ralla... Nada más salir activa el modo "supercogelción no-frost" del aire acondicionado. En serio, que aún no estamos con los famosos putos sofocos del abanico de Ana... pero es que en este país no tienen medida con las temperaturas: asado o congelado, nunca atemperado. Pensar en estar así las próximas cuatro horas me pone los pelos de punta (o más bien "más" de punta), así que le digo a ver si puede bajar el aire; a regañadientes coge y lo apaga. Como no hay muchos pasajeros, nos ponemos en asientos dobles separados, a ver si conciliamos un poco el sueño. Pero en la primera parada el conductor se da cuenta y me echa la bronca en un perfecto malayo... y como venganza vuelve a poner el aire. Los chorros caen a muerte sobre nuestras cabezas, así que nos ponemos en plan MacGyver a buscar una solución: relleno una ranura huracanadora con una bolsa de plástico arrugada, mientras veo a Pablo que intenta obstruir los conductos sin regulador con una mascarilla FP2.. "espera, que tengo algo" le digo mientras saco unas tiras de cinta aislante que llevo a los viajes para tapar lucecitas en las habitaciones de los hoteles. Y listo, nos ha quedado bastante apañado y aislados del frío... y porque no me he acordado del bote de chicles, que si no, hasta pasamos la prueba Blower Door.
Llegamos a otra parada y empieza a subir un montón de gente... que si un matrimonio hindú (de esos con punto en la frente), una china que no dejará de hablar con su compañero que va al lado pero en diagonal, una chica a la que como le dé un rayo de sol se fulmina, ... Y cuando ya ha entrado la tropa, el conductor descubre que ha habido overbooking. El muy gruñón pone cara de "a ver cuándo me jubilo", mientras deja que ¡dos jóvenes vayan de pie! Aquí parece que nadie se queja, así que el conductor continúa con la misma despreocupación que con la que va escuchando y enviando audios de WhatsApp... y con la misma que va a quemar el motor subiendo las cuestas de la autovía a 20 km/h... "¡pero serás cabezón, quita el aire y así tira más, que no vamos a llegar nunca!" decimos en voz alta sin espera que nos entienda.
Y llegamos a Gombak, una ciudad pegada a Kuala Lumpur, que en su momento pensábamos que eran ambas una sola. La estación de autobuses es moderna y limpia, así que aprovechamos a comer algo que ya se nos ha abierto el apetito: vemos un local con un menú que tiene buena pinta, lo pedimos con el móvil (mediante un QR que te ponen en la mesa) y pedimos que no sea picante... ¡¡Aquí me gustaría ver a Chucha, aquí!! ¡¡Aquí donde el Tabasco es crema dulce y las guindillas son almíbar!! Lo que entra picando, saldrá picando... ¡¡vamos a cagar fuego!! Menos mal que unos dónuts y unos cafés nos ayudan a salir del mal trago, nunca mejor dicho.
Y ahora sí, vamos a ver lo que habíamos venido a ver. ¿Os acordáis de Pekín Exprés? Pues en su quinta edición una de las pruebas tuvo lugar en las Batu Caves, un lugar que no conocíamos y que ya por aquel entonces "nos hizo tilín". Hoy no estará Cristina Pedroche para hacer el juego de la inmunidad, pero seguro que será igual de emocionante. De hecho, cuando nos acercamos en el Grab y vemos la cabeza de la estatua de Murugan se nos pone la piel de gallina... ¡¡y por fin no es de frío!!
Las Batu Caves son el santuario hindú más sagrado fuera de la India y el mayor centro de peregrinación de los hindúes en Malasia. Aunque no entendemos mucho (por no decir casi nada) de esta estrambótica religión, el lugar es cautivador por la estatua de Murugan, la deidad de la guerra y la victoria de 43 metros de altura. Además, no pasa inadvertida la escalinata de 272 escalones pintados de vivos colores que dan acceso a la cueva-santuario principal.
Como vamos con las mochilas grandes y no queremos cargar con ellas durante la visita, le decimos a una mujer de un puesto a ver si nos las guarda; nos pide 10 ringgits por cada una, pero consigo que nos haga un dos por uno... algo se me ha tenido que pegar de tener al lado a un responsable de compras, ¿no? "Pues venga, ya puedes hacer la Purchase Order mientras hacemos la visita y ponme bien el centro de coste, que luego tengo problemas con el stakeholder".
El sitio no tiene desperdicio... una estatua gigante del dios mono Hanuman, una del dios azul Vishnú (que parece más bien diosa) y la dorada de Murugan parecen los tres centinelas que controlan el lugar. Es todo muy colorido y muy visual... pero también se nota que hindú porque la limpieza y el cuidado del lugar es un poco de aquella manera. Además, está plagado de monos por todos los lados, que dejan residuos de los plátanos que la gente compra expresamente para dárselos, además de todas aquellas cosas que les quitan a los visitantes y que luego dejan tiradas por ahí. De hecho, vemos en directo cómo un mono le arrebata un helado a un niño y se lo come muy disfrutón mientras el niño llora a moco tendido.
A los monos hay que sumar una inmensa cantidad de palomas y de mosquitos; ¡y en las cuevas hay murciélagos!; y casi se me olvida... Pablo ve hasta una rata. Monos, murciélagos, mosquitos, palomas y ratas... jo, lo mejor de cada casa en materia de enfermedades infecciosas, ¿eh? Aquí hay que venir o con una escafandra o bañado directamente en la triple vírica.
El lugar, aunque un poco dejado, merece totalmente la pena: las estatuas gigantes, las cuevas inmensas y subir la escalinata son una verdadera experiencia, algo imposible de vivir en nuestro mundo occidental... aunque, cada uno lo vive a su manera, porque menudos jadeos hacían algunos turistas subiendo las 272 escaleras; o ellos son unos exagerados o nosotros hubiésemos conseguido la medalla de la inmunidad.
Una vez recogidas las mochilas, pedimos otro Grab para que nos lleve a Kuala Lumpur; y, casi de forma análoga a Batu Caves, nos llena de ilusión cuando vislumbramos el icono de la ciudad: las Torres Petronas. Cuando las vi hace muchos años (pero muchos) en la tele me fascinaron y siempre ha sido uno de esos lugares que he querido visitar; por fin hoy cumplo ese sueño.
Pero antes de empezar a visitar la ciudad, vamos al apartamento a dejar el equipaje y a ver si al final es todo tan bonito como nos pareció anoche, que aún tenemos la mosca detrás de la oreja. La ubicación es ideal, en pleno KLCC (Kuala Lumpur City Center), no se puede pedir más. La torre es altísima y tiene muy buena pinta (compartir el edificio con el Crowne Plaza es buen síntoma). En la recepción nos hacen el check-in y un hombre nos acompaña al apartamento. "¿Ha pulsado la planta 46?" nos preguntamos mientras nos explica cómo utilizar el ascensor y nos dice que en la planta 51 está la piscina. Entramos, nos explica cómo funciona todo, vemos que es grande y moderno, y en cuanto se va el hombre corremos a la ventana... ¡¡¡tomaaaaaaaaa!!! ¡¡¡Pedazo vistas y con las torres incluidas!!! Hoy batimos el récord de la planta más alta en la que jamás hayamos dormido (que no visitado). Mira que estamos acostumbrados al apartamento de Benidorm, pero es que hoy dormiremos ¡¡veinte plantas más arriba!!
Con la misma o mayor curiosidad si cabe, subimos a ver la piscina en la planta 51. Simplemente, "in-cre-í-ble". Nos quedamos boquiabiertos con la piscina infinity y con las vistas de toda la ciudad. A ver, la piscina e incluso el jacuzzi como tal no son gran cosa... pero tampoco es que nosotros seamos Michael Phelps; pero oye, estar a remojo a esa altura viendo uno de los iconos de la arquitectura moderna, ¡¡tiene su punto!! Por ahora, lo de bañarnos lo vamos a dejar para cuando volvamos esta noche y, así, tenemos excusa para ver la ciudad iluminada.
Salimos a la calle con ganas de ver la capital malaya. Nos la habíamos imaginado como una amalgama de rascacielos de dudoso gusto y de edificios bajos destartalados... pero no podíamos estar más equivocados. El centro de Kuala Lumpur es como un Nueva York "Asia edition", y no sólo por los rascacielos y su urbanización, sino también por el hecho de que la gente vive en el centro de la ciudad y no son sólo oficinas.
Las Torres Petronas nos cautivan... ¿Será por sus 452 metros de altura? ¿Será por el pasillo que las comunica? ¿O por su peculiar forma basada en la estrella de ocho puntas del arte islámico? Fueron el rascacielos más alto del mundo durante cinco años y en la actualidad tienen el título de ser las torres gemelas más altas del mundo (a ver si Benidorm se pone las pilas con su serie de "Gemelos" y algún día consigue ese título). ¡Ah! Y como dato curioso decir que las proyectó el argentino César Pelli, del cual tenemos tres rascacielos en España (en Madrid, Bilbao y Sevilla).
Pero la ciudad no es sólo las Torres Petronas y hoy descubriremos sólo algún pequeño rincón por falta de tiempo. Nos acercamos primero a la KL Tower, el "pirulí" de telecomunicaciones de la ciudad. Después, nos damos una vuelta por la calle Jalan Alon en Burkit Bintang, repleta de puestos de comida y un muy buen ambiente... donde nos animamos a hacer algo que no tiene sentido seguir retrasando: probar el durián. Hace dos años en Vietnam lo vimos, pero no nos atrevimos a probarlo.... pero parece ser que es la fruta más famosa de Malasia, así que estaría muy feo irnos sin probarla. ¿Y por qué tanta reticencia? Pues porque, por lo visto, huele fatal... ¡pero tan mal que en muchos sitios hemos visto carteles de "prohibido entrar con durián"! El momento ha llegado... compramos una bandejita donde vienen dos trozos generosos y lo destapamos; a ver, huele mal, es verdad... pero tampoco es para tanto. Con un guante puesto para que no se le impregne el olor en la mano, Pablo prueba un primer trozo y pone cara de "bueno, está rico"; una vez digerido lo califica como una fruta que sabe a cebolla caramelizada. Es mi turno, la pruebo y la verdad es que está rica; para mí es como comer mantequilla con sabor a mango amargo. Yo no la veo como un manjar, pero dado que dicen que es la "madre de todas las frutas" por su alto aporte de energía, vitaminas y minerales, veo bastante factible tomarla de vez en cuando. Y más factible aún, tomarse después un buen coco de agua...
Lo que no vemos factible es volver a maltratar a nuestros estómagos como lo hicimos con la comida. Así que, para cenar, les premiaremos con una buena ración de comida occidental: un menú del McDonald's. Pues sí, cómo estará el nivel de hormigonera en el que estamos convirtiendo nuestro sistema digestivo, que preferimos una buena combinación de grasas poli saturadas meticulosamente seleccionadas para que relajen y den placer a tu lengua y a tu cerebro.
Poseídos por el espíritu del payasito Ronald, toca ir volviendo hacia el apartamento, sorprendiéndonos en algunas calles con una iluminación casi navideña. También aprovechamos a ver el espectáculo de música y agua de KLCC. Pero sin duda, lo que atrae nuestra mirada son, una vez más, las torres Petronas ahora iluminadas.



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