Cruzamos por cuarta vez el Ecuador y sobrevolamos el mar de Java. Como no sabíamos qué temperatura iba a hacer en el avión, Pablo ha elegido un outfit de tres piezas escalonadas (calzoncillos, pantalón corto y pantalón largo todo a la vez), mientras que yo me he quedado con los pantalones cortos que he llevado todo el día. Así, con apuestas diferentes, al menos el 50% del equipo conseguirá estar confortable en esta lotería de temperaturas en cabina. Finalmente, hemos quedado en tablas, porque la temperatura ha sido agradable para ambos.
El pasaje de este avión es lo que nos temíamos: gente de diversas partes del mundo occidental, entre los cuales hay un buen número de españoles. Si a los asiáticos no les gusta el sol ni el alcohol, ¿para qué ir a Bali? Sin embargo, es destino objetivo de muchos recien casados, como los que tenemos justo en la fila delantera; la chica ha caído dormida, ¿acaso por la relajación de que ya ha pasado el día más especial de su vida (reciente) y toda la excesiva preparación que la agotó tanto? El chico está más inquieto, como quien viaja por primera vez tan lejos y está pendiente de a ver por dónde van a salir los extraterrestres... lo que sí que sale es vapor por encima de las ventanas y eso le está preocupando... mira alrededor confuso al ver lo tranquila que está la gente, como pensando ¿soy el único que ve ése humo? Los que ya tenemos alguna cana ya hemos equivocado esa situación en el pasado... recuerdo cuando pregunté a una azafata de Spanair "¿no está saliendo fuego por ahí?"; "no, es condensación típica de los lugares con mucha humedad y mucha diferencia de temperatura con el interior" me dijo y entonces sí que hubo fuego, pero en mi cara, de lo rojo que me debí poner.
Tras unas tres horas aterrizamos en Denpasar, en la isla de Bali, un poco antes de la hora programada. Venimos con los deberes hechos: el visado pagado y aceptado, y la tasa turística por entrar a Bali también pagada, por lo que podremos pasar directamente por el control electrónico que será mucho más rápido. Sin embargo, al llegar y poner nuestros pasaportes en el escáner, la lucecita pasa a rojo y en la pantalla pone que vayamos a un control. Le preguntamos a una chica que hay por allí y nos dice "¿Tenéis el código QR?", "tenemos estos dos, y este código de barras" le decimos; "no, pero necesitáis el de la arrival card" nos dice señalando un mostrador donde hay unas tablets. Pensando que tiene que haber un error, hacemos cola para ver qué documento es ése. En mi caso, hay una app que pone justo eso, así que la abro y empiezo a rellenar los datos, intentando adelantarme a Pablo por si le tengo que echar una mano; sin embargo, al darle a 'enviar' la app falla, algo que le ocurre también a Pablo momentos después. Vemos que hay gente que, mediante otro código QR se está descargando la app en el móvil, así que hacemos lo mismo... relleno los datos y le doy a 'enviar'... y ¡tachán! Una nueva pantalla para rellenar más datos aparece. Mi aita dice que Indonesia lo forman 'Sumatra, Java y Borneo' (así, grosso modo)... pues con primero de geografía no vale para rellenar el dichoso formulario... ¿pero en qué provincia está la capital de Ubud? Ni un concursante profesional de Pasapalabra (perdón, de 'Pasa la Rueda') podría esquivar la silla azul de fronteras... ¿Pero en serio hay que dar toda esa información? El número de visado, itinerario, fechas, número de vuelo, asiento, ... Y todo para conseguir el tercer código QR. Venga, ya lo tenemos, ¡vámonos! ¿¿¿Y esa marabunta esperando??? Ahora resulta que tienes que hacer cola para que un policía escanee el código y revise la información. ¿Estamos aprobados señor policía indonesio? Con una mano nos indica que pasemos... Lo que para entrar en Malasia y Singapur tardamos 1 minuto, aquí llevamos media hora perdida.
Para movernos por la isla hemos alquilado un coche y nos tienen que venir a buscar al aeropuerto. Según salimos de la terminal hacia el punto de encuentro, vemos que hay centenas de personas con carteles con nombres. Nostros hemos quedado en una tienda llamada Circle-K, donde, al llegar, vemos que hay decenas de personas con carteles. Mientras esperan están con el móvil sin prestar atención y han descuidado sus carteles con nombres. "A ver, tú, ¿a quién esperas?" le digo a varios en castellano mientras entienden que me tienen que enseñar el cartel. En ninguno aparece nuestro nombre, así que Pablo insiste por WhatsApp para que vengan a buscarnos... "sí, en seguida, lo que pasa es que nuestro personal tiene que dejar a otra pareja a la misma hora". Por aprovechar el tiempo decidimos volver a la terminal, para sacar dinero en un cajero... y casualmente encontramos uno de los bancos que, en teoría, no cobran comisión por sacar con tarjetas extranjeras. Esperamos la cola y cuando nos toca, pedimos sacar cuatro millones de rupias... pero el cajero nos limita a dos millones y medio. Hoy podemos decir que somos millonarios, de rupias indonesias, pero millonarios. Acostumbrados a billetes de, como mucho, cincuenta euros, da cosa ver billetes con unas cifras con tantos ceros.
Volvemos al punto de encuentro y un joven nos reclama al cruzar un paso de peatones. Como había mucha gente, le dije a Pablo que nos hiciéramos una foto y se la enviáramos para que les fuera más fácil identificarnos y parece que ha funcionado. El joven nos lleva hasta la oficina de alquiler, que resulta estar un poco decrépita. Entre asegurarnos de que tenemos todo claro como si fuera una FEIGN, la firma y el pago, ya vamos por las dos y media de la madrugada. Salimos de la oficina y toca revisar el coche, aunque lo hemos cogido a todo riesgo. Es un Toyota Aigo blanco, bastante machacado y con algunos arañazos. Nos montamos y Pablo empieza a familiarizarse con él, ya que será él quien lo conduzca. Es un nuevo desafío al volante: es la primera vez que conduce un coche automático y encima por la izquierda.
Nos vamos en nuestro toyotita de la oficina de alquiler con algún trompicón inicial. Pablo me dice que lo tengo que ayudar, que le tengo que ir indicando además de lo que diga la señora de Google. Son las tres de la mañana y ya ni veo.. y si a eso le sumo que no siempre atino con la izquierda y la derecha, veo que voy a aportar menos que Mónica, pero pondré todo mi empeño. A esas horas era esperable que no hubiera tráfico, pero sí, lo hay... muchos coches y motos parecen correr la carrera "no le pongas freno", cada uno metiéndose por donde encuentra un hueco. La calzada no está bien iluminada, ni señalizada y es tan estrecha que parece que circulamos por un carril bici... Y cuando ya estamos en la fase "pero quién nos manda", aparecen en escena perros sueltos y luego una intensa lluvia. Ah, se me olvidaba, para darle emoción en la parte superior del parabrisas hay una parte oscurecida (como en los coches de los ochenta y noventa) para evitar el deslumbramiento del sol... pero que a estas horas lo único que consiguen es que se vea menos la carretera. Que los asientos estén muy altos, que el mío baile un poco cuando se frena y que Pablo active los "limpia" cuando quiere señalizar, creo que es lo de menos en esta escena de autos locos.
Tenemos que recorrer 20 kilómetros y la señora Google dice que tardaremos una hora. ¿En serio? Aquí no hay autovías, ni carreteras locales, ni de ciudad... me atrevería a decir que el rango de carreteras no supera ni el de "barrio", si es que existe. Los baches, las curvas, los desniveles, ... con cinco días aquí Pablo acaba capacitado para el Madring.
Tres y poco de la mañana y vemos un supermercado abierto... así que se nos antoja hacer algunas purchases para gastar nuestros billetacos indonesios. Cerveza a un precio razonable (en estos países es carísima porque no la consumen), noodles y Coca-Cola... y aquello de 'cinco piezas de fruta y verdura al día' a la mierda.
Nuestro alojamiento se llama Hidden Den Villas... y empezamos a entender el nombre del lugar: un camino con señales diminutas, oscuro y mal asfaltado conduce hasta el alojamiento, que se muestra como un oasis ante nuestros ojos. Aparcamos y vamos a la recepción, donde un hombre que no habla inglés nos hace el check-in intentando no molestar a un gato que está molestando en el mostrador. Nos acompaña hasta nuestra "villa" y nos quita una rana que está en la barandilla...
El lugar es una maravilla: son un conjunto de diez bungalows en forma de pico, cada uno con dos plantas y, lo mejor, ¡¡con piscina individual privada!! Éste sí que es "el Bali" que esperábamos y no esa red de carreteras que hemos sufrido. Ahora, toca relajarse y... si entre la comida y la cena está la merienda, ¿cómo se le podría llamar a una comida entre la cena y el desayuno? "Guarrería"... cenar noodles y coca-cola a las cuatro de la mañana solo puede llamarse "Guarrería".
Dormimos apenas cuatro horas y nos levantamos un poco zombies. Estamos más al este que estos días anteriores, pero el huso horario es el mismo, por lo que anochece y amanece antes. Así que, no hay tiempo que perder y nos ponemos en marcha, que los perros y las gallinas ya están esperándonos en las calzadas.
Bali es uno de esos lugares a los que la gente viene a hacerse fotos idílicas que pretenden narrar situaciones que realmente o no se han vivido o no se ha hecho con naturalidad. Cuando preparamos el viaje intentamos buscar lugares genuinos y, en la medida de lo posible, lo menos contaminados por un turismo que no busca conocer, sino más bien demostrar. Por ejemplo, algo tan sencillo como un campo de arroz se puede convertir en algo instagrameable o en una bonita experiencia viendo cómo los trabajadores recogen la cosecha y tratan ese cereal. Buscamos hacer lo segundo encontramos el lugar perfecto, donde los trabajadores nos saludan y disfrutamos de un recorrido circular en el que también hay papayas y plataneras.
Después, visitamos nuestro primer templo balinés, el de Gunung Kawi Sebatu, donde nos ponemos un sarong, que es como se llama la prenda que cubre las piernas y que han de usar tanto hombres como mujeres. El lugar es muy bonito, lleno de pequeños altares con muchísimas esculturas, algunas cubiertas con musgo y telas blancas y amarillas.
La experiencia inmersiva continúa cuando paramos en un restaurante al lado del otro arrozal, que más bien podría llamarse "casa de comidas", porque parece el local donde vive la familia que lleva el negocio. Pedimos varios platos que llevan arroz, pollo y huevo, y de los que nos confirma una señora que son de kilómetro cero.
Visitamos después el templo Tirta Empul, donde hay que pagar por entrar. Aquí, uno de los lugares más importantes del templo son sus piscinas naturales, a donde llega el agua de la montaña y que en la tradición balinesa sirven para purificarse. Yo lo siento mucho, pero si me quiero purificar cojo la Brita y listo. ¿A cuento de qué les ha dado a un montón de turistas por ponerse a purificarse, a rezar y a hacer ofrendas mientras sus guías locales están pasando el rato con el móvil? Uñas postizas de varios centímetros, maquillaje y un pelo perfecto para captar un momento interpretativo con el iPhone... ¿no es acaso profanar unos rituales que tienen siglos de historia? Es que resulta hasta cómico ver cómo las purificadas y los purificados, las garbiñes y los garbiños, miran de reojo a su guía para saber si el supuesto tiempo de oración ha sido suficiente y saber qué viene a continuación... pues chicos, irse del garbigune con dignidad... porque seguro que os crujiría el ojo si vierais a un turista comulgando o chapurreando el Padre Nuestro sólo por hacer la gracia.
Para visitar este templo decidimos pagar por dejar el coche en el aparcamiento y te cobran 5.000 rupias. Cuando salimos, le damos un billete de 50.000 y Pablo me indica que revise bien la vuelta, porque ha leído en internet que muchas veces intentan engañar al turista. ¡Pues nos ha dado mal la vuelta y nos ha dado 5.000 de más! Al final Irene va a tener razón, este viaje nos va a terminar saliendo a devolver.
El resto de la tarde lo pasaremos en Ubud, el epicentro de Bali. Aquí, primero visitamos el Monkey Forest, una especie de parque temático donde puedes observar a cientos de monos, pero sin tocarlos, ni darlos de comer... ¡ni mirarlos a los ojos! A mí, en un acto reflejo, se me ocurrió tocarle un poco la cola a uno que paso corriendo muy cerca y... ¡menudas fauces que me enseñó mientras me gritaba!
Después, damos un paseo por el antiguo Palacio de Ubud, que está abierto al público y que es muy bonito. Un poco por casualidad, nos metemos en un templo que nos llama la atención... no hay turistas y encima está decorado con flores. Una mujer nos dice que no podemos entrar sin taparnos las piernas, pero nos deja hacernos unas fotos. Hablando con ella nos dice que esa mañana ha estado el Rey de Ubud inaugurando una torre donde se ha instalado una campana antiquísima y muy importante. Pero... "¿Rey y de Ubud o Rey de Bali?" le pregunto; "no, sólo de Ubud, en la isla hay nueve provincias y cada una tiene su rey, aunque son todos familia", nos cuenta.
Después de un paseo por un mercado de artesanía, decidimos volver a nuestro bungalow. Estamos cansados, es mejor evitar conducir de noche y... ¿dije que teníamos piscina privada? Aún a riesgo de "dar mucho asquito", optamos por pasar las últimas horas del día a remojo, bebiendo cerveza en copa y comiendo las frutas más raras que hemos encontrado, incluyendo una que se llama "piel de serpiente"... ¡esto sí es una purificación!























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