13 sept 2026

Bali, oeste

Despertamos de nuestra última noche en Bali. Recogemos los bañadores que dejamos secando en una palmera del jardín y abandonamos este trozo de cielo reservable en línea. Una amable chica en una caseta que funciona como recepción nos pregunta que cómo ha sido nuestra estancia, que de dónde somos y que cuál es nuestro siguiente destino. Con una dulzura acogedora, espera a que carguemos nuestras mochilas en el coche magullado y, como si de una despedida guadamuleca se tratara, espera en la puerta despidiéndose hasta que nuestro camino haya sido emprendido.

Nuestro último día en la isla nos lleva hacia el oeste, el último punto cardinal que nos falta por explorar. Durante kilómetros y kilómetros la "calle eterna" nos persigue y su denso tráfico nos sigue retando; pero hoy es diferente, porque hoy devolvemos el coche y ya vemos luz al final del túnel... del túnel del Bunut Bolong, el primer lugar en el que paramos para hacer una visita. Bueno, realmente paramos doscientos metros más atrás, porque hemos leído que cobran el equivalente a veinticinco céntimos por aparcar y cada rupia cuenta.



El Bunut Bolong es un árbol sagrado gigante que tiene un túnel por el que pasan los coches. Literalmente el nombre significa "higuera con agujero" y lo curioso es que sus raíces crecieron así de forma natural. Tiene siglos de antigüedad y los balineses han construido pequeños templos a sus lados. La carretera principal la construyeron cruzando su túnel, pero también hay un pequeño desvío, porque se dice que trae mala suerte que los recién casados o los cortejos fúnebres lo crucen. También se dice que quitar corteza o deteriorarlo trae la desdicha... así que, con cuidado de no enfurecerlo, lo cruzamos y nos hacemos unas fotos. A quién sí que enfurecemos (un poco sólo) es a un hombre que aparece de la nada ataviado con prendas tribales y con un taco de tickets en la mano. Nos mira con el símbolo de la rupia en sus ojos, para pasar a mostrarse contrariado al no ver el coche en el que hemos llegado. Volvemos hacia el coche mientras viene por detrás disimuladamente, hasta que en una curva aligeramos el paso para meternos en nuestro Toyotita e irnos. Por el retrovisor vemos que nos ha seguido con curiosidad para descubrir el truco de magia de cómo dos blanquitos habían conseguido llegar a ese lugar. Lo sentimos, pero imprimir un taco de tickets no justifica el pago.

Volviendo a la carretera principal llegamos a Medewi, un lugar frecuentado por surfistas debido a que aquí está la ola más larga de Bali. Nosotros no nos vamos a subir a ninguna tabla para cazar crestas... venimos a algo más ocioso: darnos un masaje balinés en Magic Hand Massage. En Maps habíamos leído que el sitio estaba frente al paseo marítimo y que no era apto para vergonzosos. "¿Pero porque te vean dandote un masaje? Pues sí que son pudorosos, sí" pensamos. 

Aparcamos al lado de un hotel surfero y por un pasadizo escondido llegamos al "paseo marítimo"...  un camino de tierra con construcciones modestas a un lado y el bravo Índico retando a surferos al otro. El lugar de masajes es una cabaña con unas ocho camillas, con colchonetas que no conocen la limpieza en seco y cuatro mujeres rellenitas que nos ven como potenciales clientes. Les indicamos que ya habíamos reservado y un par de mujeres se nos autoasignan para la sesión terapéutica.


Por establecer un primer contacto le indico a mi "señora" a ver si me quito la camiseta y ella me dice que si llevo calzoncillos que me quite todo lo demás, lo cual le retransmito a Pablo que aún duda con el procedimiento. Tumbado boca abajo y con una sabanita que cubre el calzoncillo y las piernas, empieza el masaje. "Tú eres miembro premium del Box de Manu, ¿no?" ¡Menuda fuerza tiene la tía! El masaje alterna dolor y relajación, queriendo casi que pare pero deseando que no lo haga. El ritual empieza por el cuello, cabeza, hombros y brazos, para luego continuar por los costados, cuyos movimientos van desde los omoplatos hasta las nalgas. La brisa marina refresca ahora los glúteos que, evidentemente han quedado al aire, lo cual da sentido a las reseñas que habíamos leído... pero da igual, porque el momento requiere centrarse en anticipar el dolor mientras se escucha el romper de las olas.

Solemos ir al fisio de vez en cuando debido a unos trabajos que nos retienen sentados muchas horas en una silla; sin embargo, resulta novedoso lo que el fisio al que bautizamos como "Bolaños" nunca incluiría en sus sesiones. Por un lado, el masaje en los glúteos resulta proporcionar un alivio que no solemos experimentar. Por otro, el masaje en el cuero cabelludo y en la cara, es ¡subir a otro nivel! Exceptuando torso y zonas erógenas, estas señoras nos han removido todos los músculos de nuestro cuerpo, encontrando contracturas que nunca imaginamos poder tener... sesenta magníficos minutos de placer por unos seis euros, aunque hayamos estado con el culete al aire. "¿De dónde sois?" me pregunta mi señora; "De España" respondo; "¿Eso es Australia?" contesta... se ve que este lugar es muy famoso por gente del mayor país del continente vecino.

Un poco aturdidos y doloridos, pero a la vez con la sensación de que ahora nuestro cuerpo pesa menos, decidimos comer en un chiringuito con vistas a la gran ola. Pedimos un par de platos para cada uno, mientras observamos que hay surfistas de todas las razas y colores. Definitivamente, aquí lo que hay es pura pasión por el surf: todo es bastante humilde y se viene casi exclusivamente a surfear, no hay grandes complementos a excepción del masaje (que seguramente se habrá desarrollado gracias a los dolores musculares de esta gente que adora estar encima de la tabla).

La siguiente parada es en Kurma Asih, un centro de conservación de tortugas marinas. Al llegar estamos un poco contrariados, porque nos esperábamos, yo al menos, algo más "científico". El lugar se compone de varios edificios que son básicamente andamios y tejavanas. Un hombre negro poco preocupado por hacerse un invisialign, nos saluda y aprovechamos a decirle que queremos ver el "centro". El hombre nos explica que su padre hace muchos años, pasó de comerse las tortugas a empezar a cuidarlas y ayudar a reproducir su población.

En una especie de huerta de arena negra nos indica dónde están los huevos, las diferentes especies y el número de tortugas que se espera que nazcan. Removiendo un poco la arena saca una tortuga bebé, que deposita en nuestras manos. Se le ve tan vulnerable y frágil que ponemos toda nuestra atención en no lastimarla.

Una vez devuelta a la arena, pasamos a ver una piscina que tiene tortuguitas de sólo un día, otra piscina de las de dos días y otra en la que hay tres de varios meses. Es muy gracioso verlas nadar y muy curioso poder ver tantas a la vez y tan jóvenes. En otras dos piscinas vemos otras dos tortugas, éstas enormes. El hombre nos dice que estaban heridas y que se están curando; las alimentan con pescado, aunque nos dice que su dieta en libertad es el coral.




Cuando pensamos que la visita ya ha terminado y estamos comentando la buena labor de este centro, el hombre se acerca y nos pregunta a ver si queremos liberar unas tortugas. En dos cuencos nos trae sendas tortugas de dos días. Cada uno cogemos un cuenco, bajamos a la arena de la playa y primero Pablo y luego yo, las dejamos con cuidado en la arena. "Las llamaremos Josebita y Pablito" dice Pablo. Las dos pequeñas criaturas parecen desorientadas y torpes ante el nuevo entorno... pero una primera ola las baña y activa su instinto natural de ir hacia el agua. Una segunda ola las arrastra y las hace desaparecer agua adentro. Nos emocionamos al haber formado parte de esta "liberación": aunque podrían haber sido otras dos tortugas cualesquiera y aunque su destino hubiese sido el mismo aunque no hubiésemos estado nosotros aquí, preferimos pensar en que el que hayan pasado por nuestras manos ha establecido un vínculo fugaz con "Josebita y Pablito" que ahora nadan libremente. Y como nadie se alimenta sólo de vínculos, dejamos una generosa donación para que este centro de conservación siga adelante cuidando una naturaleza de la cual somos todos responsables.



Una sensación de nostalgia permanecerá en nuestro corazón mientras circulamos hasta nuestro siguiente destino, el puerto Penganbengan. Al llegar, aparcar y bajar del coche nuestros sentidos se resetean debido al fuerte olor a pescado podrido: estamos en un puerto pesquero y se nota. Caminamos hasta el puerto y empezamos a explorar la zona, que está sucia, con un suelo irregular y un ambiente fétido. Con mis Reebok blancas y Pablo con su polo del herrero Pedro, la gente nos mira y nos saluda "hello!"... nos sentimos como dos extraterrestres.

En uno de los embarcaderos vemos algunos barcos, con formas y colores muy originales. Algunos parece que llevan como estandartes de dioses e, incluso, vemos algunos que llevan un trono en el mástil mayor. Todo parece muy gipsy, aunque a los locales les debe de parecer lo más normal del mundo. Como no tiene sentido seguir oliendo este aire nauseabundo, volvemos al coche, mientras todo el mundo nos saluda y nos da los buenos días; se ve que hasta aquí no llegan los turistas que visitan Bali y les agrada que unos extranjeros se hayan interesado por el lugar.

Desde hace ya muchos kilómetros venimos notando un cambio en el paisaje: los templos balineses van desapareciendo para dar paso a las mezquitas musulmanas y el muecín llama a la oración con más intensidad. Realmente, lo que hemos visto en Bali es una "excepción" dentro de Indonesia: aquí el 80% son hinduístas debido a que hace siglos se extendió esa religión debido al comercio con India; sin embargo, la religión principal del país es el Islam y, de hecho, Indonesia es el país con más musulmanes del mundo.

Llegamos a Gilimanuk, donde en breve devolveremos el coche y donde llega la hora de la verdad... ¿Verán la magulladura que le hicimos días atrás? ¿Buscarán alguna treta por la que quieran hacer parecer que nuestro seguro a todo riesgo no cubre el daño causado? Un chico joven al que le habíamos enviado nuestra ubicación se nos acerca sonriente y nos da un apretón de manos. Tras la conversación rutinaria nos dice que va a inspeccionar el coche.. ¡glups! Lo rodea y parece no llamarle la atención el rasponazo bajo la puerta izquierda trasera, algo que sí que ve porque observo con temor por donde pasan esos ojos que funcionan en modo escáner. Pasa a revisar el interior y al salir nos dice "todo ok". Yo respiro aliviado por no tener que enfrentarnos a ningún debate de última hora aunque, cuando nos despedimos de él, le confieso a Pablo que me incomoda pensar que hemos devuelto el coche peor que cuando lo recogimos y eso me da remordimiento de conciencia. Pablo me recuerda que hemos pagado un precio mucho más alto que en países muchísimo más caros y que reparar el rasponazo, si lo hacen, se lo hará el seguro que habíamos contratado; además, es cierto que el coche estaba bastante deteriorado... pensemos que hemos salido todos ganando.

Tras comprar el billete del ferry embarcamos para cruzar el estrecho de Bali, que nos llevará desde el puerto balinés de Gilimanuk hasta Ketapang, en la isla más informática... ¡Java! Desde la cubierta, se ven varios volcanes de la isla, algo que invita a pensar que vamos hacia una nueva etapa del viaje. Ya surcando el Mar de Bali, el reloj del móvil empieza a enloquecer... entre ambas islas hay una diferencia horaria de una hora y, dependiendo de la red que coja, son las cuatro o las cinco de la tarde.



Mientras estamos dando vueltas en medio de los dos puertos hasta que se enfila para atracar, nos escriben del hotel de Probolinggo para decirnos que la excursión al monte Bromo no se va a poder realizar debido a los incendios.  ¡Nooooooooo! No poder hacer la excursión de Ljem era una pena, pero ahora no poder hacer la de Bromo, es un desastre... ¡No podremos visitar ninguno de los dos volcanes que teníamos organizados!

Reaccionar a tiempo en estas situaciones es indispensable, así que, nada más desembarcar en Ketapang, nos dirigimos a la estación de tren: en vez de viajar mañana a Probolinggo y pasado a Yogyakarta, vamos a intentar ir mañana directos a Yogyakarta. En la oficina de atención al cliente una agradable chica vestida con el uniforme de la compañía ferroviaria que incluye pañuelo por la cabeza, nos reorganiza los dos billetes y nos cobra la diferencia. Si  no podemos hacer la excursión, al menos no perderemos el día en un lugar que no tiene otros alicientes. Con el transporte resuelto, ya veremos en el hotel el tema del alojamiento.

Son las cinco de la tarde y ya es noche cerrada. Si en Bali anochecía pronto, aquí más porque es una hora menos. Estando entre la estación del tren y el puerto, el tráfico es una locura: decenas de camiones bloquean el carril sentido sur. El hotel que reservamos cuando se canceló la excursión de Ljem, está a unos 2 kilómetros, así que pedimos un Gojek (el Uber indonesio) quien nos dice después que no puede recogernos por el tráfico. Después lo intentamos con Grab (el Uber asiático) y, lo que parece que va a terminar mejor, termina acabando igual. Así que, andando por la calzada, con el ruido de las motos y respirando gasolina quemada, nos hacemos los 2 kilómetros con las dos mochilas y los víveres que hemos comprado... hasta que llegamos al hotel.

Del caos circulatorio pasamos a un recinto ajardinado, con palmeras a ambos lados y un paseo que llega hasta el control de vehículos. Los de seguridad nos miran extrañados, pensando que el taxi nos habrá dejado fuera y ajenos a que estos piececitos han venido caminando. Ya en la recepción, una indonesia en perfecto inglés nos hace el registro de entrada, recordándonos que no podemos alojarnos si llevamos armas, mascotas... ¡o durián! Con la tarjeta para abrir la puerta de la habitación, dos chicas se relevan para llevarnos hasta nuestros aposentos, viendo lo bonito del lugar y lo difícil que va a ser no perderse en este complejo hotelero.

¿Que la piscina está abierta? Pues venga, un bañito antes de cenar. Salvando un hinchable gigante con forma de unicornio, nos hacemos unos largos en la cálida agua. ¡Pedazo de hotel que nos hemos cogido! Después de un momento bien disfrutón, nos dan unas toallas y volvemos a la habitación... a comer unos noodles con agua hervida y a ver qué hacemos con el alojamiento en Yogyakarta. En el hotel que habíamos reservado una noche nos piden una cantidad absurdamente alta por añadir la noche anterior... así que buscamos diferentes opciones y terminamos cancelando el hotel que teníamos (con penalización del 50% de lo que habíamos pagado) para coger las dos noches en uno que se llama Luxury Malioboro Hotel. Esto del lujo asiático, está muy bien, ¿no? Hoteles a buen precio de muy buena calidad... y con desayuno incluido.

Agotados por el masaje, la conducción, el ferry, los cambios de planes, la breve natación y el trekking urbano, nos vamos a la cama a punto de morir con un último pensamiento, ¿habrán cenado ya Josebita y Pablito?

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