Me acuerdo que de pequeño a mi padre le regalaron unas diapositivas que se podían ver con un pequeño artefacto donde introducías la diapositiva y encendías una luz, algo muy rústico comparado con la tecnologia actual pero que a mí me descubrió un mundo. Aparecían las típicas ciudades como Londres, París o Nueva York, pero también había una de Bali donde se mostraba a unas mujeres vestidas con unos trajes dorados en posición de hacer un baile. En aquel momento esa dispositiva no era una de las que me fascinara, de hecho no sabía ni en qué parte del planeta se encontraba; además, la vida es una continua escala de prioridades y, evidentemente, el Big Ben, la Torre Eiffel o la Estatua de la Libertad estaban antes en mis sueños que unas señoras con una mirada diabólica. ¿Y quién me iba a decir que, después de tantos años, he llegado a esa diapositiva?
Si hiciéramos una encuesta sobre cómo imagina la gente que es Bali, muchos pensarían que es una isla repleta de playas doradas, hoteles de ensueño y avenidas con restaurantes, locales de ocio y agencias que te ofrecen mil y una actividades; seguramente esa idea esté provocada porque estamos acostumbrados a ver lugares de España que son auténticos paraísos para quienes nos visitan, sea en los archipiélagos, en las ciudades o hasta en los entornos rurales.
Sin embargo, Bali no la estamos viendo así. Para empezar, la vemos como una malla de carreteras locales a cuyos ambos lados se desarrolla la vida. Tiendas, templos y viviendas se alternan desordenadamente, donde raro es encontrar una acera o un lugar donde aparcar. En el tráfico rige la ley del más fuerte: las motos y los coches compiten por adelantar, esquivar a otros vehículos, personas y animales; si bien es cierto que no son en absoluto agresivos, que señalizan y que respetan los semáforos, la sensación que uno tiene es la de intentar sobrevivir en la marabunta... además de la de estar siempre en la misma carretera, porque todas parecen la misma.
Pero, por otro lado, está la Bali que te sorprende cuando menos lo esperas. Los hoteles y restaurantes paradisíacos están ocultos en pequeñas islas de tranquilidad dentro de la isla. La naturaleza te regala a menudo vistas de arrozales, bosques de palmeras y pequeñas montañas que te recuerdan que estás en un trocito del cielo. Y, sobre todo, una sonrisa de curiosidad de un niño, un welcome de un adulto o alguien que te saluda juntando las palmas de la mano, te hacen olvidarte del caos y sentirte abrazado en tierra ajena.
El turismo potencia y adultera, es inevitable; y quizá Bali sea un claro ejemplo. Uno de los productos que más se vende a los turistas es el propio "hinduismo balinés". ¿Que los turistas vienen atraídos porque ven atractiva esta religión y forma de vida? Pues se eligen unos cuantos templos, se cobra entrada y todos tan contentos. Sin embargo, basta con moverse un poco para darse cuenta de que hay miles y miles de templos; de hecho, en cada casa tienen un pequeño templo, puertas balinesas y ofrendas de flores en la entrada. Bajarse del coche, intentar entrar en algún templo y el propio hecho de que te acoten hasta dónde puedes entrar, es una garantía de genuinidad... además de ver cómo cortan pollos recién matados o hacen pequeños adornos con flores. Parando por el recorrido, visitamos algunos de esos templos y vemos también algún mercado, rodeados casi exclusivamente de gente local.
Llegamos a las cascadas de Tukad Cepung. Pagamos la entrada y descendemos por unos escalones enormes. Cuando llegamos a la parte más inferior, vemos que hay dos caminos, que llevan a diferentes cascadas. "¡Ah! ¿Pero que hay que andar por el río?" le pregunto a Pablo, quien se da cuenta de que me puse unas zapatillas deportivas y él unas sandalias. En ese momento toma sentido los puestos que había por el camino donde se alquilaban sandalias y chanclas. Decido que voy y a probar suerte e ir descalzo. Todo el primer recorrido lo hago como Chiquito de la Calzada, consiguiendo ir y volver.
Sin embargo, para el segundo recorrido decido no hacerme el faquir y me pongo las zapatillas deportivas; será mejor llevarlas mojadas antes que no poder ver el lugar cómodamente. Y termina siendo una decisión acertada. Las cascadas son una pasada, sobre todo las del segundo recorrido, ya que caen dentro de una especie de cueva circular abierta por arriba.
Las distancias en Bali, debido a la configuración de las carreteras, se antoja enorme. Más o menos, se podría decir que, aunque se circule a diferentes velocidades, se recorren como mucho 30 kilómetros por hora. Así que, entre trayecto y trayecto hacemos algún descanso, como el oportuno para comer. Encontramos un sitio preparado para que los guías lleven a sus clientes y, por tanto, más caro que otros establecimientos. Sin embargo, las vistas, el trato y la propia comida, merecen la pena haberse gastado unas rupias de más.
Nuestro segundo destino del día es Tirta Gangga, un templo que tiene diferentes piscinas, estatuas, pagodas, ... Lo más característico de este lugar es que en un estanque tiene unos pilares sobre los que se va andando. El sitio es muy pero que muy bonito, además de tener unas vistas de las montañas rodeadas de vegetación.
Como mañana tenemos que levantarnos muy pronto, decidimos empezar la vuelta hacia el hotel. De camino, vemos una playa en la que paramos a dar un paseo. La arena es negruzca, de origen volcánico y sólo hay algunos locales pescando. En la orilla, hay algunos locales que se podrían denominar "chiringuitos" siendo generosos, donde aprovechamos a repostar unas hamburguesas de pollo y unos zumos naturales.
El día de hoy ha sido muy tranquilo; aunque no hemos parado, hemos disfrutado más del propio camino que del hecho de ver lugares singulares. Hoy ha sido el día de ver una Bali que pocos turistas van a buscar. Ha sido el día de aquella diapositiva que no mostraba ningún monumento sino, quizá, tan sólo una sensación.




















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