Anoche no sé qué a cuento de qué santo, profeta o dios hindú sería, pero estuvieron hasta la una y media con música en directo; mientras escribía eché de menos a Paquito el Chocolatero, La Macarena y Tengo un Tractor Amarillo... el trío invencible que saca de la barra del bar a cualquiera. Y lo que eché de menos también fue tener la llave maestra para abrir la típica puerta que conecta varias habitaciones, porque antes de que terminara la fiesta llegó una familia haciendo mucho ruido y tuve que aporrear la puerta a ver si pillaban la indirecta... pensaba que era un lenguaje universal, pero no surtió gran efecto. Terminé de escribir, publiqué y miré a mi editor durmiendo mientras me relajaba pensando que había entregado a tiempo una nueva edición y por la mañana no habría represalias.
Con apenas cuatro horas y media de sueño, suena el despertador. O consigo más tarde dormir en el autobús o pareceré un narcoléptico durante todo el día. Pero es que hoy no hay tiempo que perder... toca despedirse de Malasia y cruzar la frontera hacia Singapur. Lo primero es recoger las chanclas de Pablo que dejamos a secar en el balcón: hay que asegurarse de no encontrar en ellas ninguna salamanquesa, ni reptil, ni un malayo con ellas puestas. Lo segundo que hay que hacer es recuperar el dinero que hemos dejado de fianza, porque sí, en este hotel nos han pedido, curiosamente, una fianza por si rompemos o nos llevamos algo. Habíamos reservado un tiempo para que el recepcionista mandase a alguien a revisar la habitación... pero no, saca curiosamente el billete de 20 euros que le dejamos anoche y nos lo devuelve mirándolo como si fuese un cromo. Entonces, ¿para qué sirve la fianza? Si lo llego a saber le dejo un ticket del Mercadona.
Un Grab nos lleva a la estacion de autobuses 'Sentral'... Ya mencioné que hemos visto muchas cosas escritas en inglés tal y como se pronuncian... y en un ataque de culturización, leímos en internet que es lo que llaman en 'manglish', Malasian English, vamos como nuestro espanglish... seguro que ellos hasta escriben 'pronunsieison' y se quedan tan anchos. Otra cosa que hemos observado también es que utilizan mucho la gacheto-tarjeta... ¿sabes cuando vas a pagar el parking o el peaje y no llegas y tienes que estirar el brazo mientras te rozas bien rozado el costillar? Pues aquí eso lo tienen superado: tienen como una especie de matamoscas en el que meten la tarjeta y así pasan la tarjeta sin problema.
Hemos llegado a la estación con mucho tiempo, así que le propongo a Pablo valorar las distintas opciones para gastar los diez ringgit que nos quedan, unos dos euros y medio. La verdad es que hemos ido tirando de efectivo y de tarjeta y vamos a conseguir hacer un Perfect de divisas, al conseguir abandonar el país a cero. Pero Pablo, sabiamente, dice que primero vamos al mostrador porque en algunas estaciones de autobús hay que pagar una tasa que no está incluida en el precio... justo en este caso no resulta ser la tasa, sino un cargo por emitir las 'tarjetas de embarque'... ¿para un autobús? Bajamos de 10 a 5,60 ringgit. En un 7-eleven compramos una botella de agua y dos tostadas empaquetadas (sí, tostadas) convencidos de que suma 5,60... y obviamente la caja registradora está más despierta que nosotros y nos muestra un total de 4,60. Mira, ese ringgit lo vendo en Wallapop y ya está, que va a ser más fácil.
Esta vez viajamos en un bus de categoría 'eksecutif'. Lleva los mismos cortinajes, pero los asientos son enormes... si lo llego a saber me vengo con el pijama, que no es la primera vez que lo hago. ¿Pero quién está cantando? El conductor lleva una lista de reproducción de YouTube que bien podría ser del Malayón Fest: va cantando mientras conduce, acompasando los hombros para enfatizar y gira el volante dando su mejor do de pecho. Pensemos que es una nana y a dormir...
Después de unas dos horas de trayecto, despierto a la altura de Johor Bahru, la ciudad en la que termina Malasia. ¿Te hablo de Johor? Pues es también el nombre del estrecho que separa la isla de Singapur de la península de Malaca. Yo siempre había pensado que había una frontera terrestre o que lo separaba, como mucho, un río. Pero no, la sapiencia de Pablo me ilumina y la de Wikipedia me termina de dar el fogonazo. ¿Y cómo se atraviesa la frontera en autobús? Pues bien, llegamos a una especie de estación donde el autobusero cantarín nos indica que bajemos; sin coger el equipaje, seguimos a la manada, llegamos a un control de pasaportes y luego intentamos volver a seguir a la manada, pero ahora ya no tenemos referencias porque la gente se ha mezclado; probamos a bajar al andén y menos mal que memoricé la matrícula del autobús al ver que una pasajera lo estaba haciendo. Montamos y veo que ahora estamos menos pasajeros... arranca el autobús, cruzamos el estrecho y llegamos a otra especie de estación; nos bajamos y el conductor nos indica que llevemos el equipaje; pasamos un control de pasaportes (el día antes hicimos una especie de check-in con todos los datos para que sea más rápido) y ale, ya estamos en Singapur. De nuevo buscamos el autobús y en seguida salimos, constatando que ahora somos menos pasajeros aún... en cada control los vamos perdiendo, todo un misterio.
Las primeras impresiones desde el autobús son que Singapur es la versión acomodada de Malasia: se ve todo más cuidado, los edificios de mejor calidad, una ciudad mejor estructurada, ... pero tiene también cosas no esperables en el país con más renta pero cápita del mundo: bordillos gigantes, alcantarillado a cielo abierto al lado de la acera, escaloncitos provoca-esguinces, ... no es país para paralíticos.
Desde mi punto de vista, el transporte público es un buen indicador de la calidad de vida de una ciudad: si es eficiente, económico, la gente lo usa y no hay aglomeraciones, eso significa que se han hecho las cosas bien y que los ciudadanos están contentos, no sólo por el transporte en sí sino también por la reducción de vehículos y un mejor aire para respirar. Y aquí ocurre eso... el transporte está muy bien y parece que no vamos a tener que tirar de Grab. El autobús que nos llevará al hotel viene enseguida y han hecho muy fácil su uso: simplemente hay que pasar la tarjeta de crédito a la entrada y a la salida y por la noche te cobran la mejor tarifa.
Llegamos a la zona donde está nuestro hotel, que no es donde viven los hombres de negocios precisamente. Desde la parada al hotel hay que caminar unos cinco minutos y en ese corto espacio de tiempo creo un concepto nuevo: el "comitorio"; resulta que hay muchos restaurantes con mesas y mesas, pero no parecen los típicos para ir a celebrar un cumpleaños familiar, sino simplemente un lugar donde alimentarse y que se frieguen los platos, vasos y cubiertos de plástico para el siguiente (sí, hasta los vasos son muchas veces de plástico).
Volvemos al centro de la ciudad y primero visitamos el barrio árabe. Hay una mezquita con cúpulas doradas que queríamos visitar, pero resulta que está cerrada porque están en plena oración. Así que paseamos por la zona, que nos sorprende porque está llena de restaurantes con buena pinta, tiendas de artesanía y tiendas de souvenires, donde Pablo compra su tercera taza del viaje. Hay una calle llamada Haji Lane que tiene mucho encanto y donde nos sorprende un establecimiento, el Manner Hotel; se trata de un local que imita a un hotel pero que es para hacer fotos en pequeñas cabinas donde ese imita a una habitación, un ascensor clásico, un portaequipajes, ... y en la planta de arriba tienen una especie de reproducción del metro de Nueva York para hacerte lo mismo. En lo que llevamos de viaje hemos visto demasiada obsesión por hacerse fotos: que si poses poco naturales, que si profesionales aparentemente sacando momentos cotidianos, ... ¡¡qué daño ha hecho Instagram!!
Del barrio árabe pasamos al barrio hindú, al 'little India'. Yo hay cosas que no entiendo... emigras de tu país para tener mejor calidad de vida en otro y terminas convirtiéndolo en un gueto con el mismo desorden, ruido y suciedad... y con el mismo Lord Ganesha, claro.
Recorremos la ciudad viendo diferentes lugares, donde nos encontramos algunos puntos de interés en restauración. Parques, vestigios británicos y rascacielos forman una buena parte de la ciudad... hasta que, de repente, a lo lejos, vemos el icono de la ciudad: el edificio de Marina Bay Sands. Es un conjunto de tres torres conectadas por la plataforma en voladizo más grande del mundo en la parte superior, donde hay una enorme piscina infinity, terrazas y un mirador. Este complejo hotelero, casino y centro comercial es uno de los edificios que más ha costado construir.
En la bahía, además del edificio, se puede disfrutar también de un paseo por la orilla, donde está la estatua de Merlión; es la mascota de la ciudad y mezcla una cabeza de león (por el nombre histórico que tuvo la ciudad) con un pez (que simboliza su origen pesquero). También se pueden ver unos teatros que Pablo dice que tienen piel de durián, el Museo ArtScience que tiene forma de una flor de loto en floración y un skyline discreto y elegante. Ah, y también, a ciertas horas un espectáculo de agua, luz y sonido que merece bastante la pena.
Hoy ha sido el primer día de los dos que pasaremos en Singapur. La verdad es que la ciudad nos está encantando porque es ordenada, moderna y despierta la curiosidad. Pero los que ya no estamos despiertos somos nosotros... toca irse a dormir, que mañana hay más por descubrir.


















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