17 sept 2026

Yakarta

Yakarta es como Méjico: siempre tengo duda de cómo se escriben correctamente. ¿Es Jakarta o Yakarta? Según Wikipedia la capital y ciudad más poblada de Indonesia se escribe con 'Y'. Menudas dudas existenciales tiene uno después de haber dormido unas cinco horas repanchingado en un asiento de un tren... ¡en tren tenía que haber llegado Tintín en su libro Vuelo 714! Seguro que no estaría con su tupé perfecto, su ropita planchada... ni mantendría esa boquita afrancesada mientras una azafata indonesia te reclama la manta para que te espabiles...

Seguimos a la manada para salir de la estación, anestesiados a los sonidos y anuncios por megafonía. Hoy es, en la práctica, nuestro último día de turisteo antes de que mañana viernes emprendamos el regreso a casa... ¡así que hay que pensar que somos unos afortunados y que no todos los días uno está de vacaciones tan lejos!

Pedimos un Gojek para ir al hotel a ver si suena la flauta y que nos dejen entrar en la habitación o, al menos, dejar las mochilas. Igual de anestesiados que con el oído, estamos con la vista: calles decrépitas, muchísimo tráfico y bastante suciedad, salpicados por algún rascacielos y algún restaurante que medianamente se salvan. Al menos, el llegar al hotel nos produce un auténtico alivio. Para nuestra última noche habíamos reservado un hotel de cinco estrellas... ¡¡sí, sí, cinco!! Es que aquí los hoteles son muy baratos y, como nos habían dicho que la ciudad no tenía muchas cosas para ver, decidimos coger hotelazo como broche final... ¡y ha sido todo un acierto! El Vertu Harmony es un edificio moderno y elegante donde nos dicen que la habitación no está lista aún y... ¿qué hacemos? Pues empezar a reorganizar la mochila en una sala de estar para ponernos pantalones cortos y ropa cómoda (para el tren eran imprescindibles los pantalones largos para no morir congelados).

Con las mochilas custodiadas por el hotel, cogemos un Gojek hasta el barrio chino. Desayunamos algo occidentalmente aceptable y, siendo poco más de las ocho, visitamos un mercado. ¿Cómo pudimos pensar que era una buena idea? Pescados que dan grima, carnes sin ningún tipo de refrigeración, estrangulamiento de pollos en directo, raíces extrañas, ... todo muy nauseabundo. Me da por mirar en un cajón y, después de aclararme la vista, compruebo que son tortugas e, instintivamente, le hago la mueca de "comer" con la mano y el hombre me dice que "sí"... ¡¡nooooooo!! ¡¡Pero si podrían ser Josebita y Pablito!!


Si ya es todo un poco asquerosillo, hay que sumarle que aquí no paran de fumar y de pasar motos por los callejones estrechos... así que decidimos abortar el desafío de "a ver quién consigue no vomitar en el mercado" para ir hacia la zona del puerto, siguiendo un río. Evidentemente vamos por la calzada, porque la acera es un campo de minas, respirando gasolina quemada y soportando el rugir de motos y vehículos. Media ciudad está en obras porque están con la fase 2 del metro, así que, llega un momento que por hastío nos preguntamos que qué hacemos aquí y nos cogemos un Gojek a la zona de los museos.

"Mira, si está limpio y el aire se puede respirar, yo me veo el museo que me echen" le digo a Pablo. Acabamos en el Museo del Banco de Indonesia, que resulta estar bastante bien porque cuenta la historia del país y su reflejo en billetes, monedas y la riqueza del país. Uno de los lugares que más nos llama la atención, es la cámara del tesoro, donde hay un montón de lingotes e, incluso se puede tocar uno que cuesta levantar, debido a sus 13,5 kilogramos.





Uno de los museos que nos habían recomendado es el "Nasional" (sí, escrito con 's'). Entramos al hall y nos sentamos en un banco corrido, donde se está muy agusto y donde resulta muy divertido saludar a los alumnos de muchos colegios que han venido a visitarlo. La mayoría nos miran con curiosidad e inocencia pero, al ver que nosotros reaccionamos positivamente saludándolos y diciéndoles "hello", se entusiasman saludándonos y nos sonríen sin parar. Se ve que a esta ciudad no vienen muchos turistas, así que somos la atracción del día.



Al final no visitamos el museo porque... ¡nos da pereza y ya hemos tenido una buena ración de frescor! Así que salimos y nos acercamos al "Monumen Nasional" (me encanta el inglés escrito a oído). Se encuentra en la plaza Merdeka, la plaza de la independencia, y es un obelisco de 132 metros de altura que, justo hoy está cerrado y no se puede visitar.


Del obelisco, vamos a la Masjid Istiqlal, la mezquita más grande del sudeste asiático y una de las más grandes del mundo.. ¡y con los peores accesos! No conseguimos saber por donde se entra... así que otra operación que también abortamos y nos vamos a la cercana Catedral de Yakarta, que sí conseguimos visitar.

Si ayer era yo el que estaba saturado, hoy es Pablo el que empieza a estar agotado: esta ciudad te pone a prueba constantemente. Es difícil moverse, saber los horarios o cómo visitar los monumentos, es caótica... así que, decidimos que ya hemos visto todo lo que teníamos que ver. Nos vamos al centro comercial Indonesia Mall a comer y luego a disfrutar del hotel... ¿comenté que es de cinco estrellas?



Nuestra última tarde la pasamos en la piscina, comprando comida en una especie de centro comercial que hay en las primeras plantas y viendo las vistas desde nuestra habitación en la planta 28. Desde lo alto, y habiendo puesto un sillón de cara al gran ventanal, divisamos buena parte de la ciudad, con sus ríos de luces formados por los cientos de motos y coches, viendo un mundo caótico desde el mundo refinado que tan sólo un cristal separa. Aunque no lo parezca, quizá esta ciudad desalmada sea la mejor forma de terminar el viaje... poniendo en valor todo lo que hemos visto hasta llegar aquí y, sobre todo, valorando también el propio regreso a casa, que mañana comenzaremos.

16 sept 2026

Yogyakarta II

El término "Luxury" en el nombre "Luxury Malioboro Hotel" es como el "Prime" de "Amazon"... una falsa sensación de exclusividad. Las zonas comunes tienen una elegancia recargada y cuestionable para los occidentales... ¿Era necesario tener un tobogán a la piscina que está en una entreplanta? ¿Y una pecera detrás del mostrador de recepción? ¿Y un estanque con los típicos peces naranjas chinos en el hall? La habitación ha conocido momentos mejores pero ha estado bien para unas cuantas horas de stand-by cerebral. El desayuno ha sido raruno: al pasar al restaurante pintaba como un paraíso para la glotonería mañanera pero luego, una vez observado más en detalle, parecía más la despensa de una bruja... raíces, frutas y todo tipo de trozos de alimentos, al cual más raro, presentados como un manjar. También hay varios puestos de comidas regionales, donde hechiceras "dos punto cero" preparan potingues no aptos para hipocondriacos. En esta abundancia de engrudos, decidimos apostar por caballo ganador: tortilla francesa, sushi y sandía, que se combinan peor que un vestido de Ágata Ruiz de la Prada.

Con las mochilas dejadas en recepción, salimos a esas calles de Yogyakarta atestadas ya de motoristas. Caminamos por la calzada para ir con seguridad, ya que al ir por las aceras, cuando las hay, es más probable tropezar con tubos salientes, agujeros o tapas rotas que el hecho de ser atropellados. Además muchas veces están ocupadas por puestos de comida callejera en las que venden pinchos morunos de pollo, comidas empaquetadas en hojas y cosas raras fritas, todas con pinta de ser muy "detox" tras una buena gastroenteritis.

Llegamos a la estación central donde compramos una tarjeta monedero para coger lo que sería el equivalente al Cercanías. Las estaciones son muy raras, porque una vez validado el billete te quedas esperando en una especie de área cerrada con bancos, para luego, cuando abren los tornos, empezar a cruzar algunos andenes que tienen una rampas paralelas a la vía por las que llegar a la zona que está a la misma cota que las puertas del tren... aunque justo donde empieza la rampa la puerta que está encima tienes una diferencia de metro y medio ideal para caerte. Todo muy pensado para las sillas de ruedas, sí... pero para fabricar accidentados que las necesiten.

Mientras esperamos pillo a una chica haciéndose una autofoto con un ángulo excesivamente abierto en la que me veo yo reflejado... así que sonrío y hago el signo de la victoria con las dos manos... ¡¡te he pillado indonesita!! Al ver mi reacción sonríe y sin miramientos, vuelve a hacer otra, con un encuadre mejor que en la que iba para "robado". La sesión de fotos termina cuando en la estación empiezan a oírse "tirurís" que no paran para avisar que ya se puede abordar el tren, mientras una voz canta lo que parece ser la retahíla de paradas, para terminar con un bocinazo de tren con el que media Java ya tiene que haberse despertado.

Somos los únicos occidentales del tren y pillamos a varias personas haciéndose fotos que luego reenvían por WhatsApp [Nota para mi "yo" del futuro: la próxima vez venir con traje y pajarita a modo de experimento social]... hasta que llegamos a nuestra estación, donde sólo algunos locales y nosotros nos bajamos... para luego esquivar a unos conductores de tuk-tuks e ir caminando cruzando carreteras de tres carriles por sentido con el objetivo de llegar a los templos de Prambanan.

Con la entrada nos regalan una botella de agua y un plano, para poder orientarnos en este conjunto monumental Patrimonio de la Humanidad. Suena una música de percusión, repetitiva y machacona, carente de armonía y que va directa a tu cerebro... tenemos que conseguir que no se nos "pegue" o estaremos perdidos, porque somos muy de engancharnos y explotar lo que nos llama la atención.

Los templos de Prambanan son la obra maestra de la arquitectura hindú y es el complejo hinduísta más grande del país (a cada cosa su debido récord). Al igual que el templo budista de Borobudur que visitamos ayer, son del siglo IX y todo apunta a que budismo e hinduismo convivieron pacíficamente en esa época. El conjunto arqueológico está dividido en varios subconjuntos de templos, que vamos visitando en sentido norte. Los de Jonggrang son los primeros, los que suelen salir en las fotos y en los que más se centran los turistas. Sin embargo, también están los budistas de Lumbung, Budrah y Sewu dentro del mismo recinto donde, no sabemos por qué, apenas hay nadie visitándolos. Algunos de los templos menores están destruidos y por los alrededores hay muchísimos bloques de piedra volcánica pendientes de, algún día, ser recolocados. Es todo un desafío que seguro la Inteligencia Artificial acabará resolviendo... así que igual dentro de unos años resulta que esté todo más lustroso e impresionante si cabe.  







Fuera del recinto hay otros conjuntos de templos a los que se puede llegar andando tranquilamente. Visitamos los de Plaosan Kidul y Palosan Kidul, donde sólo hay algún grupo de chinos turistas y alguna pareja con las fotos de preboda (el chico con daga y la chica con sombrilla incluida).




Borobudur y Prambanan son las dos joyas que tiene Yogyakarta. Muchos turistas que vienen en viaje organizado sólo visitan los dos templos y ni se quedan en la ciudad... pero nosotros, con el cambio de planes que tuvimos, le dedicamos dos días enteros a la ciudad. Así que, después de terminar de ver Prambanan, iniciamos el camino hasta la estación de tren, rodeados por arrozales, algunas vacas y casas viejas, todo muy genuino.

Al llegar la estación vemos que el tren ha pasado justo cinco minutos antes de llegar y que el siguiente no pasará hasta dentro de dos horas... así que nos cogemos un Gojek hasta el centro de la ciudad... donde aprovechamos a echar una cabezadita.

Ya en el centro, visitamos primero el Palacio Real, donde tenemos que alquilar un sarong para cubrir nuestras piernas. El Palacio, o lo que se ve de él, es un tanto atípico: en lugar de ver las estancias donde viven, la visita consiste en visitar los patios y algunos edificios convertidos en pequeños museos... pero nada de ver la estancias reales de ellos.



También visitamos el Castillo de Agua de Taman Sari, que venía a ser un jardín de descanso para la familia del sultán. Lo que no podemos ver es la conocida como "Mezquita Subterránea", ya que está cerrada y todo apunta a que es debido a su mal estado de conservación.



El resto de la tarde lo pasamos Malioboro arriba, Malioboro abajo. Sin duda, esta calle es el centro neurálgico de la ciudad. Para ser un día de entresemana, está muy animado... y más según va cayendo la noche. Hay músicos callejeros, ancianas ahumando al personal con un hornillo chamuscando brochetas, algunos hombres que te enganchan chapurreando palabras en castellano para llevarte a una supuesta galería de arte, tiendas de ropa donde venden estampados de batik (técnica tradicional de Java), fotógrafos profesionales a sueldo, mercados recargados de textil que no cumplen normativas anti-incendios, hasta una rata que se nos cruza como una exhalación, ... 

Y acabo intoxicado, tengo una sobredosis sensorial: por la vista porque todo intenta llamarte la atención; por el oído con el runrún de las motos y hombres, micro en mano, cantan sus ofertas; por el olfato con el olor a gasolina quemada del tráfico; por el gusto porque ya nada de lo que veo me resulta apetitoso y tengo quemaduras internas por el picante; y por el tacto porque me noto una capa de mugre en brazos y piernas con la que bien podría unir los bloques pendientes de reconstruir de Prambanan.

La "bajona" se apodera de mí y sueño con esa cama vacía que está a 13.000 kilómetros, ese baño limpio, ese armario donde está mi ropa planchada y esos grifos de los que se puede beber a morro sin parar... mi cerebro se está rebelando porque está borracho de estímulos. Lo peor de todo es que no hay ningún refugio al que acudir, sino todo lo contrario... llevamos desde las siete de la mañana en la calle y esta noche cogemos un tren a las once para ir hasta Yakarta. Después de dieciséis horas de un sitio a otro, ¡¡esta noche toca dormir en un tren!! ¿Tendremos manta asegurada?

De nuevo en la estación, con sus extraños procedimientos, sus sonidos machacantes y sus megafonías innecesarias, vamos abandonando Yogyakarta, cuyo nombre se suele abreviar como "Yogya"... y "yog ya" he tenido suficiente.

15 sept 2026

Yogyakarta I

Dos menos veinte de la mañana y suena el despertador. No hemos dormido ni tres horas, pero confiamos en mitigar los efectos del madrugón dosificando periodos de sueño en los diferentes desplazamientos que realizaremos en la excursión de ocho horas que tenemos por delante. No hay nada que nos detenga, podemos con todo, somos invencibles, ... uy, creo que me he venido arriba... en realidad estamos machacados, con sueño y con una señal instintiva de nuestro cerebro que nos dice "¿pero qué necesidad hay de hacer esto?". Nosotros somos así, queremos exprimir los viajes y aprovechar al máximo el haber venido hasta tan lejos y ya tendremos tiempo de descansar cuando... bueno, en algún momento de nuestra vida.

Con la mochila pequeña en la espalda bajamos a la entrada del hotel y ya nos está esperando Hadi, el guía con el que visitaremos el volcán Merapi. Se presenta rápidamente y nos invita a subir a una monovolumen. Establecemos un poco de conversación, pero su inglés no es de Oxford que se diga y Pablo propone que durmamos un rato hasta llegar al primer lugar del tour. Pensábamos que íbamos a viajar en un 4x4 pero no le damos mayor importancia y terminamos durmiendo algunos ratos entre los zarandeos del monovolumen debido a lo irregular del camino.

En un momento dado, Hadi para y se queda mirando al exterior, sale, entra, mira el móvil,... repitiendo algunos pasos en órdenes aleatorios. ¿Conocéis el juego de El Teléfono Escacharrado de El Hormiguero en el que un rumano dice una frase y varias personas se lo van transmitiendo hasta ver si un segundo rumano es capaz de entender algo? Pues Hadi parece que ha estado jugando a ese juego y que está a ver si conseguimos pillar alguna palabra de las que pronuncia. Conseguimos entender que "ahí delante está el río de lava" pero que hoy no se ve... nosotros no sabemos ni qué es lo que vemos porque es noche cerrada, estamos en medio de la nada y en el reparto genético no obtuvimos visión nocturna. "Además, no se puede ver la cima por la niebla" nos chapurrea. "Bueno, venga, lo de la lava lo podemos entender, pero si vendes una excursión para ver un volcán, ¿habrás mirado el tiempo que va a hacer, no?" le decimos, aunque su parsimonia termina siendo su respuesta. "¿Hacemos el trekking?" nos propone. "Venga, a ver si la cosa mejora" respondemos.

Continuamos subiendo por carreteras mientras su GPS canta frecuentemente "hello kitty", que será tuerce a la derecha, digo yo. Llegamos hasta otro lugar igual de oscuro que el anterior, donde paramos y nos empieza a decir cosas que no entendemos mucho. "Tío, tú eres el que graba los listenings en las Escuelas de Idiomas, ¿no? Te voy a tirar cuesta abajo y muchos oídos me lo agradecerán" pienso intentando prestar atención. Al hombre le acabamos entendiendo que tenemos una hora para subir, ver la salida del sol y otra para bajar. "Ah, ¿pero que no vienes con nosotros?" le pregunta Pablo; "no, no, os espero aquí" responde indicándonos el camino y asegurándonos de que es fácil de seguir. Emprendemos la marcha...  y a pocos metros Pablo, que va por delante, ve la necesidad de encender la luz del móvil; en seguida aparece una bifurcación y ahí Pablo, el poli "malo" ¡¡estalla del cabreo!! Volvemos a donde espera Hadi y le decimos que hacer esa ruta sólos es imposible, que nos tiene que acompañar porque nos vamos a perder. Acepta desganado y volvemos al camino... pero el hombrecillo va a paso burra y enseguida se queda atrás. Comentamos que esto no tiene sentido, que no pueden dejar a dos personas andando en la oscuridad por la selva, por un sendero con bifurcaciones y cerca de un volcán activo... ¡sólo falta el chupacabras para la peli de miedo! Aunque sé que en las pelis el rubio nunca muere, yo, que he hecho de poli bueno, ¡¡termino estallando!! Le empiezo a gritar "Hadi, ¿dónde estás? ¡ven aquí ahora mismo!". Esto ya pasa de oscuro a oscuro (no hay castaño por falta de luz) y decidimos que hasta aquí hemos llegado. Mientras volvemos, le decimos todo lo que pensamos y Pablo escribe al responsable de la agencia donde contratamos la excursión. A la pregunta "Pero tú, ¿por qué vas tan despacio" nos dice "Es que estoy cansado"; y a la pregunta "Pero ¿cuántas veces has hecho este tour para no saber el camino?" nos confiesa balbucenado "una, creo que sólo una".

Nuestro enfado es máximo: hemos dormido sólo tres horas, no ha venido en un 4x4, no sabe inglés, no había río de lava, no hemos visto el volcán y nos ha animado a perdernos en las faldas de un volcán poniendo nuestra vida en peligro... ¡y encima la excusión era a precio de oro! Le decimos que nos vamos, que la excursión ha terminado y que nos lleve a Borobudur... mientras hablamos con su jefe vía WhatsApp poniéndole los puntos sobre las íes... y donde acabamos intuyendo que es él quien suele hacer las excursiones pero que no podía y que había delegado en un miembro de su plantilla. Cogiendo el móvil de Pablo, le digo que nos ha arruinado el día de vacaciones y que no vamos a perder más el tiempo.

Durante una hora de conducción, un poco temeraria, hablamos de que no vamos a pagar ni una rupia. Yo soy partidario de tener un gesto y de pagar la gasolina, pero Pablo me reconduce y me recuerda que no han cumplido lo acordado y que con el madrugón estaremos todos el día agotados por su culpa... así que acordamos que en cuanto lleguemos a Borobudur, nos bajamos del vehículo y le decimos que lo hable con su "jefe". Y claro, el momento del justificado simpa llega... cuando vamos a bajar nos dice "me tenéis que pagar". "No, no vamos a pagar nada, habla con tu jefe, no nos habéis dado el servicio". Se queda igual de pasmado pero saca el móvil para comentarle nuestra jugada a su jefe... quien nos responde proponiendo una rebaja sobre el precio original. Cojo el móvil de Pablo y le decimos que es una auténtica ofensa que ande con ese mercadeo, que no hemos visto nada y que no pagaremos nada. Mientras tanto, nos vamos en dirección contraria a donde Hadi nos pueda seguir... y su jefe nos termina aceptando que no paguemos nada y que "ya pagará él a Yuri"... ¿pero no era Hadi? ¡Bueno, como si se llama Manolo!

Menudo fiasco... todo el mareo para llevarnos una foto del volcán que, curiosamente se ve mejor que en directo. Encima, hemos llegado a las 6 de la mañana a Borobudur en lugar de a las 11 que era cuando teníamos pensado... y nuestra entrada es a las 11:30... "Vamos a intentar cambiarlo porque sigue habiendo entradas para horarios anteriores" le digo a Pablo, quien responde "no sé si un segundo cambio lo van a aceptar". Llegamos a la ventanilla de venta de tickets y le contamos nuestras miserias a una joven apañuelada, quién inicialmente quiere mandarnos a atención al cliente, pero a la que, poniéndole carita de pena, conseguimos nos cambie la hora de la visita.

Aún queda hora y media para acceder, así que nos vamos a un puesto a tomar un café. Cuando estamos entre gallinas, alguna cabra y removiendo el capuccino soluble con una cuchara no muy bien lavada, vemos que ¡aparece Hadi! (O Yuri o Manolo)... "El rubio nunca muere" pienso, mientras le vemos pasar de largo, con la misma actitud impávida que ha tenido desde que lo conocemos.

Toca respirar hondo y calmar los ánimos porque estamos a punto de visitar uno de los platos fuertes del viaje: el templo budista de Borobudur. Este monumento del siglo IX y Patrimonio de la Humanidad es el templo budista más grande del mundo (aunque no el templo religioso más grande el mundo que es Angkor Wat, que es hinduista). Tiene nueve niveles que representan el cosmos, estando en el centro y en lo más alto el 'Nirvana', el estado supremo de paz interior. Además, como curiosidad, está hecho con más de dos millones de bloques de piedra volcánica encajados y sin mortero.

La visita a Borobudur es un tanto atípica. Después de validar la entrada te llevan en un trenecito hasta otro punto del recinto, donde te asignan un guía y donde te dan unas chanclas de tu número de pie. Todo el mundo se tiene que poner las chanclas porque se supone que con ellas no se daña el monumento... aunque se te dañen los pies porque son bastante incómodas. Cuando cantan el número de nuestro guía, formamos el grupo y éste, con un inglés mejorable, nos va contando la historia del templo y sus características.









La verdad es que el templo es un lugar muy peculiar, con sus relieves, las estupas, las estatuas de Buda, la estupa del Nirvana,... Pero quizá el sueño o quizá que ya hemos visto muchos templos en nuestros viajes, hacen que no se lleve la calificación de "espectacular". Puede ser también que lo vemos demasiado explotado: hay demasiados grupos a la vez (incluidos algunos españoles gritones) y el precio es demasiado alto. Aún así es una visita imprescindible en un viaje a Indonesia que recomendamos hacer.

Una vez terminada la visita toca ver cómo volver hasta Yogyakarta. La idea inicial era que el guía del tour nos iba a traer, esperar durante la visita y luego llevarnos de vuelta al hotel; pero al haberle mandado a hacer puñetas, ahora no tenemos transporte de vuelta. Esta situación ha sido un cambio de planes sobre otro cambio de planes... inicialmente teníamos pensado visitar Borobudur por nuestra cuenta y teníamos apuntada la compañía de autobuses con la que íbamos a venir y volver... así que, nos apresuramos en caminar hasta la estación de autobuses de Borobudur esperando que haya plazas para la vuelta. Como en Pekín Exprés, empezamos a preguntar dónde están los autobuses de Sinar Jaya y conseguimos dar con el conductor, al que le pagamos para asegurarnos los asientos.

Bueno, al final no ha salido del todo mal. No nos han timado en la excursión y hemos podido reconducir la situación para ver Borobudur nada más llegar y no perder muchas horas de espera. Ahora, tenemos dos horas hasta Yogyakarta en las que aprovechamos a dormir.

De vuelta a la ciudad a eso de las dos del mediodía, ya hemos hecho hambre y toca buscar un sitio especial para comer: hoy es el día en el que celebramos nuestro 24 aniversario de "cuando nos conocimos". "¿Y si comemos en el Burger King?" propongo. Puede parecer poco romántico pero dada la situación hay que aplicar aquello de "contigo pan y cebolla... y quéchup". Hastiado de noodles picantes, arroz picante y pollo frito no veo que sea un disparate comer una hamburguesa ultra procesada, unas patatas grasientas y sirope de cola mezclado con agua carbonatada... ¡hasta me pongo la corona si hace falta! Sin embargo, Pablo prefiere buscar otro sitio de comida más local, algo comprensible que cancela mi pragmatismo. Vemos una oferta de una especie de "menú" de un restaurante que pinta bien y decidimos quedarnos... y acabamos con unos platos con arroz picante y pollo frito... y éste último es literal: el plato de Pablo incluye un pequeño polluelo frito con cabeza y todo, que Pablo pide ipso facto que se lleven. Y es que, de donde no hay, no se puede sacar... hay las opciones de comida que hay y hay que adaptarse y aceptarlo.




El resto del día lo pasamos dando paseos por la calle Malioboro, que es el centro de la ciudad y la calle donde están las tiendas y todo el movimiento. También aprovechamos a preguntar en la primera oficina de turismo que encontramos en todo el viaje, para organizar un poco el segundo día que pasaremos aquí. Pero poco a poco, va anocheciendo y el sueño se va a apoderando de nosotros, así que decidimos recogernos e irnos a dormir. Mañana, toca seguir visitando esta ciudad, antigua capital de Indonesia y cuya región es la única gobernada por un Rey... al menos hoy alguien se pondrá la corona porque yo me he quedado sin la del Burger King.

14 sept 2026

Recorriendo Java oriental

En los viajes que hacemos en verano lo que esperamos de los alojamientos es que sean cómodos, funcionales y limpios, ya que prácticamente los queremos sólo para dormir y ducharnos. Con el contratiempo de no poder hacer la excursión a Ljem y dado que teníamos que dormir en Ketapang, cancelamos el albergue y cogimos un hotel de cuatro estrellas para tener, por lo menos, el aliciente de pasar la noche en un buen hotel hasta la salida de nuestro tren hasta Yogyakarta.

El Indah Ketapang es un complejo de edificios grandísimo, con jardines, piscina y varios restaurantes. Vemos a muchos occidentales, pero también muchos asiáticos y, sobre todo, mucho personal que te da los buenos días con una sonrisa. Damos un paseo por los jardines y hacemos algunas fotos, pero el lugar que ahora más nos interesa es el restaurante... ¡porque tenemos el desayuno incluido! ¡Y menudo desayuno! Hay un corner de comida regional, uno de fruta, de ensaladas, de bebidas, de huevos, ... Así que cogemos una buena mesa con vistas a Bali para degustar una amplia selección de productos. Además, el café es al estilo occidental... y como tenemos mucho tiempo, nos tomamos un par de ellos.




Desde el hotel se puede acceder también a una pequeña playa que, como era de esperar, es negra debido a su origen volcánico. Y, como era de esperar también, tiene algo de basura. Es una pena porque, aunque aquí no venga la gente a tomar el sol, un paseo por la arena es más bonito si no hay ningún tipo de suciedad... seguro que los cangrejos que corretean también lo agradecerían.


Java es una isla que tiene más de 45 volcanes activos. Se encuentra sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico, donde chocan las placas tectónicas Indoaustraliana y Euroasiática. De hecho, la semana pasada nos llevamos un susto porque el volcán Krakatoa empezó a expulsar lava y debido a la columna de ceniza se cerró el aeropuerto de Yakarta, desde donde sale el primer vuelo de regreso hacia España; teníamos ya valoradas diferentes opciones si la situación no se resolvía pero, afortunadamente, parece que el volcán se calmó y el aeropuerto retomó su normalidad.

Sin embargo, en el este del país ha habido varios incendios en los volcanes de Ljem y Bromo, que eran dos excursiones que íbamos a hacer. Con nuestra sed volcánica sin saciar, estudiamos qué excursiones podríamos hacer desde Yogyakarta, para aprovechar el día de mañana que se nos ha quedado colgado. Aprovechando el tiempo libre que tenemos, Pablo contacta con varias agencias que organizan viajes para preguntar horarios, recorridos y precios; poco a poco le van contestando y se van "activando" para engatusarnos y que contratemos sus servicios.

Pero la hora de dejar el hotel ha llegado y tenemos que partir hacia la estación. Un Gojek nos recoge en el porche del hotel y nos deja en la entrada de la estación. El tren de Ketapang hasta Yogyakarta tarda la friolera de once horas,  ya que recorre media isla dirección oeste. Así que, como aún tenemos tiempo, le dejo las mochilas a Pablo y me voy a un supermercado a comprar algo de comida para el viaje, mientras oigo algún eructo de fondo, ya que aquí no está mal visto.


Sentados ya en nuestros asientos de clase eksekutif, el tren sale a las 11 en punto. Mientras recorremos campos de papayas, palmeras y poblaciones con mezquitas que tienen cúpulas de colores, continuamos con los cambios de planes, que tiene Pablo a las agencias en ascuas. La excursión que elegimos es visitar el Monte Merapi, que es uno de los volcanes más peligrosos y activos de la región. Nos recogerán a las dos de la mañana, veremos lava hasta las cuatro, iremos a un mirador a desayunar a las seis y luego un trekking hasta las 10 de la mañana... ¿planazo, no? Pero es que, además, vemos que la excursión pasa muy cerca de Borobudur, una visita para la que tenemos comprada la entrada para el día siguiente... ¿Y si la intentamos cambiar para que el de la excursión nos lleve y nos espera mientras lo visitamos? Así, nos ahorramos dos trayectos. Pues nada, a gestionarlo vía WhatsApp y... ¡conseguido! "Oye, y como tenemos el desayuno incluido, ¿no podemos pedir que nos lo preparen para llevar" dice Pablo. Pues nada, también por WhatsApp gestionado y... ¡conseguido! Si es que, lo de tener datos en el móvil y que sea relativamente fácil contactar con las empresas, ha facilitado muchísimo poder reconducir estas situaciones.

El tren va medio vacío y cada uno de nosotros dos termina colonizando un par de asientos, para poder dormir, ver el paisaje o consultar internet en el móvil. En un momento dado, me doy un paseo por los vagones y veo que hay un montón de mantas envasadas. Como el aire acondicionado está muy alto, decido coger dos, que serán para eso, digo yo. Un par de horas más tarde viene una azafata y nos dice que son de pago, que sólo se incluyen en los trayectos nocturnos. Así que pagamos un euro por las dos y nos dice que se las demos, que nos trae otras. "Pero, ¿para qué?" pensamos. Se las lleva y nos trae otras dos envasadas, pero más finitas. ¿Es que acaso hay una categoría superior a eksekutif?

La verdad es que las once horas de tren se presentaban como interminables, pero luego no ha sido para tanto. Quizá el anochecer tan pronto ha limitado el poder ver el verde paisaje, el cual, a su vez también terminó convirtiéndose en monótono. Pero, por fin, llegamos a Yogyakarta, esa ciudad inmensa en el centro de la isla de Java. Por suerte, el haber cambiado también el hotel en esta ciudad a uno más céntrico hace que lleguemos caminando a pocos minutos desde la estación. En plena calle Malioboro, el hotel que lleva en su propio nombre la palabra 'Luxury', nos encanta. Además, en el check-in nos proporcionan el desayuno para llevar que habíamos solicitado. Sin duda, parece que las gestiones de última hora están dando sus frutos... pero no hay tiempo que perder, hay que irse a dormir directamente, porque mañana el Monte Merapi nos espera... esperemos que él siga "dormido" y nosotros suficientemente despiertos.