4 sept 2019

De Tbilisi a Gori

El tren traquetea y pega frenazos al llegar a las estaciones, en las cuales se pasa del frío por el aire acondicionado al calor por su ausencia. A eso de las cinco de la mañana, cuando uno ya ha encontrado la postura y ha conciliado más de una hora seguida de sueño, la gobernanta del vagón golpea y abre la puerta al grito de "passport control". Estamos ya en la frontera, así que, intentamos que nuestra cara de cansancio y pelo revuelto no llamen demasiado la atención, guardando la mejor de las composturas.

Primero pasa por los camarotes un policía pidiendo que le enseñemos el equipaje, metiendo la mano en la mochila y removiendo un poco la ropa para ver que no llevamos nada oculto. Veinte minutos después, en los cuales un joven con chándal se ha dado veinte paseos por el pasillo, entra otro policía diferente solicitándonos y llevándose nuestros pasaportes. Ya ha amanecido y nuestro vecino jubilado viene a nuestro compartimento, porque su compañero de camarote no le debe de hacer mucho caso. Mientras hablamos con él y seguimos esperando, medio vagón le pregunta a otra gobernanta bajita y rechoncha que a ver si se puede ir al baño... mientras ella no se cansa de decir que no. También pasan varios policías, con un gorro parabólico que pilla seguro la ETB, y un maletín grande que podría llevar un teléfono rojo dentro. Casi una hora después, somos llamados al primer camarote para que un policía graciosillo con la rivalidad entre Real Madrid y Barça, nos estampe el sello de salida de Azerbaiyán. Más de una hora y cuarto y el tren, parte hacia el país vecino.

Una vez en Georgia, el proceso se repite. De nuevo una policía simpática pero efectiva nos revisa las mochilas, preguntándonos a ver si llevamos medicamentos y comida. El hombre del chándal sigue dando paseos por el pasillo sin ir a ningún sitio fijo, y el hindú al que no hicimos mucho caso anoche, viene y entablamos conversación con él. Media hora después, pasan a por los pasaportes, mientras la gobernanta rechoncha ríe y bromea con otros pasajeros que hablan su idioma. La espera se hace eterna, sobre todo porque es un tiempo robado al sueño, y que no podremos ya recuperar. Finalmente, un policía pasa por los compartimentos devolviendo los pasaportes con el sello de entrada al país. ¿Nos vamos ya? Pues no, porque ahora es el momento en el que se le permite a la gente bajar al andén para ¡¡fumar!! Cuando por fin el tren arranca, casi le entran a uno ganas de aplaudir... o de llorar por las casi dos horas que llevamos de retraso.

Las afueras de Tbilisi, la capital georgiana, son bastante feas: fábricas y casas abandonadas, terrenos bastante pobres y zonas un poco degradadas. Pero bueno, tampoco veníamos a Suiza, ¿no? Finalmente llegamos a la estación donde por fin nos bajamos para coger el metro. Como el de otras ex-repúblicas que hemos visitado, las escaleras mecánicas que bajan hasta el andén resultan interminables; suele haber un único tramo, sin descansillos y a gran velocidad, habiendo en la parte inferior una mujer dentro de una cabina preparada para parar las escaleras en caso de accidente. Una vez abajo, suele haber un andén central, yendo a la izquierda o derecha según el destino. Nosotros vamos hasta Liberty Square, ya que cerca tenemos que recoger el coche de alquiler.

Al salir de la estación, una mujer muy simpática nos habla en castellano. Entablamos conversación y nos acompaña hasta la agencia de alquiler...pero resulta que cuando llegamos la agencia está vacía y hay unos números de teléfono en la puerta. Motu proprio, saca el móvil y llama, y después nos comenta que le han dicho que se han mudado a otra oficina, y nos da la dirección para que vayamos. Se le está haciendo tarde y, después de asegurarse de que hemos entendido cómo llegar hasta la nueva oficina, nos despedimos. Ha sido toda una bendición encontrarnos con una mujer tan maja y que sin que nada lo presagiara, nos haya evitado el contratiempo causado por la agencia de alquiler.

Ya una vez en la agencia, hacemos el papeleo y nos dan el coche. Habíamos reservado un Nissan Micra y finalmente nos dan un Renault Logan, un coche de una categoría superior. Acostumbrados a nuestro Mazda, veíamos que este Renault se quedaba en poca cosa... y finalmente Pablo cayó en la cuenta de por qué: resulta que es un modelo que en España es de Dacia y no de Renault, y he ahí que no tenga la calidad esperada de la marca francesa.

Ya en carretera nos quedamos atónitos al ver que los Tbilisianos son unos verdaderos kamikazes al volante: se cambian sin avisar, adelantan por la derecha, pegan acelerones, ... y encima Pablo repara en que muchos tienen el volante a la derecha (posiblemente coches comprados de segunda mano a Japón). Mientras nos acostumbramos a la conducción georgiana, ponemos rumbo a nuestro primer destino.

El de Jvari es un monasterio de hace más de 1.600 años que se encuentra cerca de la ciudad de Mtskheta. Está en lo alto de un monte y a él han acudido peregrinos durante siglos, dado que dentro del monasterio hay una enorme cruz a la que se le atribuyen poderes milagrosos. Además de tener el título de Patrimonio de la Humanidad, lo que tiene es unas preciosas vistas sobre la ciudad, y los ríos Mtkvari y Aragvi.

La ciudad de Mtskheta fue la capital del reino de Iberia. ¿Estará relacionado con la península ibérica? Pues sí, se cree que los íberos emigraron de aquí hasta lo que actualmente son España y Portugal. Así que, tanto vascos como íberos, descienden de estas tierras. Sin embargo, otras teorías dicen que fue al revés, por ejemplo ahora se piensa que parte de los protovascos emigraron a esta zona, y que por eso hay similitudes de raza entre los actuales vascos y los actuales caucásicos. Supongo que, en el vacío del conocimiento, cualquiera se puede moldear la historia a conveniencia... sea Otegi o sea Marluenda.

En Mtskheta visitamos uno de los lugares religiosos más importantes de Georgia: la Catedral de Svetitskhoveli. Es uno de los templos antiguos más grandes del país, y su fundación es de hace más de 1.000 años. Se dice que la túnica de Jesús fue traída hasta aquí y que está enterrada dentro de un pilar que hay dentro de la catedral. También hay una reliquia del "Primer Apóstol", puesta sobre una figura con forma de pie, pero no llegamos a entender muy bien qué es lo que es.

Mtskheta resulta ser un lugar muy agradable, con sus calles empedradas y puestos de recuerdos, algunos de ellos bastante originales y alejados de los típicos souvenires hechos en China. Aprovechamos para comer en una terraza, donde pedimos platos típicos georgianos: un khachapuri (pan relleno de queso), khinkali de champiñones (empanadillas blancas) y lobio (una sopa de alubias en jarra de barro). El cilantro y yo no nos llevamos muy bien, así que estos dos últimos platos los disfruta Pablo, mientras que yo acabo llenísimo con el pan con queso.

Seguimos nuestra ruta y llegamos hasta Uplistsikhe. Se trata de los restos de la primera ciudad que hubo en la antigua Iberia, y estuvo en uso entre la Edad de Hierro y el siglo XIV. Hoy sólo quedan algunas cuevas y muros, pero el lugar resulta bastante curioso. Seguramente, todo el mundo ha oído hablar de la Capadocia y no de Uplistsikhe... pues esta última es igual de importante.

Está ya atardeciendo cuando llegamos a la ciudad de Gori. Aquí es donde Stalin nació, y donde después se construyó su propio palacio. No acabamos de entenderlo muy bien, pero aquí a éste antiguo dictador de la Unión Soviética lo tratan como si fuera un héroe. Exterminó a unos diez millones de personas, pero aún así parece que es muy querido, porque se conserva su casa natal, su palacio y hasta el vagón blindado con el que viajaba y que pesa 83 toneladas. Guste o no, es parte de la historia... y por buscarle algo positivo se podría decir que contribuyó a parar a Hitler. Así que, incluimos Gori como parada en nuestra ruta aunque sea para aprender "lo que no se debe hacer". Sin embargo, para cuando llegamos ya está el museo cerrado, por lo que tenemos que posponer la visita a mañana por la mañana.

Es casi ya de noche, así que nos vamos al hotel ya a descansar. Resulta que las habitaciones, en lugar de estar en las tres plantas del edificio, están en la parte de atrás con una distribución rectangular como si de un motel americano se tratase. Además, tiene una pequeña piscina prácticamente para nosotros solos... así que nos damos un chapuzón mientras el dueño del hotel nos enciende las lucecitas. Ya sólo toca cenar algo y disfrutar de nuevo de poder dormir en una cama. ¡¡A por nuestra primera noche georgiana!!

3 sept 2019

Bullicio azerí

Hacia las tres de la mañana, el agradable sonido del caer de la lluvia nos despierta. No se trata de una tormenta, pero llueve con intensidad y al abrir la ventana se nota bastante que ha refrescado. Hoy nos levantamos sin despertador, ya que esta noche dormiremos en un tren y será mejor empezar el día bien descansados. Para coger fuerzas desde primera hora desayunamos dos platos del arroz que sobró ayer en la comida, y que a su vez sobró después de cenarlo... como tiene toques dulces y salados, nos está sirviendo para cualquier hora del día.

Como ésta ha sido nuestra última noche, organizamos nuestro equipaje y abandonamos el apartamento. Nos despedimos de los gatos callejeros que pasean a sus anchas por la calle Nizami, y echamos una última mirada al mono que un joven exhibe para sacar algo de dinero dejando a los turistas que se hagan fotos con él. Como hasta la noche no sale nuestro tren, dejamos el equipaje en la consigna de la estación central.

Hoy nos dedicaremos a ver algún lugar que teníamos pendiente, a pasear tranquilamente y a hacer alguna compra. El primer lugar que visitamos es el Heydar Aliyev Arena, un complejo deportivo que, cómo no, lleva el nombre de alguno de los miembros de la familia que gobierna el país. Algo que nos ha resultado curioso es que en este país la gente se ayuda bastante; por ejemplo, en algunos autobuses hay que pagar con la tarjeta sin contacto, y cuando alguien no la tiene, le pide a algún pasajero que se la pase y se lo abona en dinero; nosotros, ya obrando como los locales, le ayudamos a una mujer que casi se tiene que bajar por no tener la quizá demasiado moderna tarjeta.

Otra cosa que nos ha llamado la atención es que la gente es muy tranquila. En ningún momento hemos visto a nadie discutir o gritar, y todo el mundo parece bastante cívico. De hecho, el otro día en Gobustán oímos a un guía decir que era uno de los países con menos delincuencia del mundo y que sólo había una cárcel con menos de treinta reclusos, generalmente por algún tema de drogas, siendo aquí bastante severos en ese aspecto.

Otra cosa que nos ha fascinado es que la gente se supone que es musulmana pero que no tienen ningún indicio de fervor islámico o rechazo a lo occidental. Resulta exótico que la arquitectura y las tradiciones tengan un toque árabe o persa, y que a la vez se respire libertad. Hay países en los que aunque no te miren mal, intuyes cierto recelo o distanciamiento por ser nosotros occidentales. Sin embargo aquí te ven como un turista que es bienvenido y se alegran de que "hayas venido a verlos".

Se supone que los azeríes y los turcos son primos hermanos. De hecho, en varios sitios hemos visto la bandera turca, como por ejemplo en puestos de ese helado chicloso típicamente turco. Físicamente diríamos que se parecen, y también en la forma de vestir, sobre todo los hombres. Aquí triunfa el pantalón largo, el polo marcando michelín y los zapatos de género, todo por lo general en colores bastante oscuros. Muchos van con camisetas de Cucci, Balenciaga, Calvin Klein, ... La antigua Ruta de la Seda, bien podría llamarse la Ruta de la Falsificación: hecho en China con destino a Estambul parando en Bakú. Se nota que los hombres cuidan su aspecto, sobre todo para ir con otros amigos agarrados del brazo o uno con el brazo por encima del hombro de otro. En cuanto a las mujeres, pensamos que parecen menos presentes; aunque las ves de camino al trabajo, de compras o paseando, diríamos que se ven menos que hombres; suelen ir bien vestidas, pero más discretas que en occidente. Hemos visto también unos cuántos burkas, pero hemos llegado a la conclusión de que podrían ser iraníes, ya que si fuesen de aquí también habría mujeres que fuesen de un término medio y llevasen sólo el velo por el pelo. De hecho, en el norte de Irán hay muchos azeríes que seguramente vengan a Azerbaiyán cuando quieran algo de libertad.

Paseamos de nuevo por las calles centrales del ensanche de la ciudad, donde el bullicio de las tiendas es constante: Bakú es, sin duda, una ciudad muy comercial. Pasamos también cerca del Museo de la Literatura, con su fachada con toques persas y esculturas de los que pensamos son importantes escritores del país.

También damos una vuelta por la ciudad antigua, donde Pablo adquiere su habitual taza de recuerdo, tras un intenso regateo en varias tiendas. Yo, a su vez, me hago con bonitos sellos, billetes de manat antiguos y algunas monedas que me faltaban. La gente es realmente agradable, y tanto la mujer de Correos como el hombre al que le compro los billetes, nos hacen sendos regalos.

Como si despidiéndonos de la ciudad estuviésemos, volvemos a caminar por el paseo marítimo. Entramos en un centro comercial donde casi todo parece más caro que en España: como ocurre en países menos desarrollados, los centros comerciales suelen ser para la gente con un elevado poder adquisitivo, mientras que en las tiendas que no son firmas o cadenas, se pueden encontrar productos con mejor relación calidad-precio. Como aún queda mucho viaje, nos estamos reservando para no tener que llevar la mochila demasiado cargada. Así que, nos limitamos a comer en el centro comercial, disfrutando de las vistas al mar Caspio. Nos sigue resultando curioso que no haya nada de oleaje, y que sea de un color negruzco.

Una de las fotos típicas del Bakú clásico es el Palacio del Gobierno, un bonito edificio de piedra arenisca que mira al mar. Es sin duda, un elegante edificio que representa la arquitectura predominante en la ciudad. No en vano, están montando en frente una grada para la próxima competición de Fórmula-1, que ayudará a mostrar al mundo los bonitos lugares que podrá descubrir todo aquel visitante que venga a la capital azerí.

Va tocando a su fin nuestra aventura en este primer país de nuestro viaje por el Cáucaso. Ahora sí, desandamos nuestros pasos hasta la preciosa Estación Central de Ferrocarril, donde recogemos el equipaje y esperamos para subir al tren que nos llevará hasta Tbilisi, la capital Georgiana. En el andén, entablamos conversación que un hombre, que resulta ser un jubilado serbio de 75 años que está también haciendo turismo. Hablamos con él en castellano, ya que estuvo viviendo cuatro años en México y tiene un muy buen nivel, aunque también habla Ruso y Alemán, pues vive en Ausburgo. Otro pasajero hindú intenta entrar en la conversación, pero como estamos hablando en castellano se siente desplazado y termina por seguir su camino en solitario.

Ya en el tren, accedemos a nuestro compartimento privado con dos camas: está limpio, es muy cómodo y ¡¡está sellado!! Hay precintos de seguridad en el aire acondicionado y en todas aquellas tapas que se puedan soltar para que no escondas nada... No hay que olvidar que se trata de un tren internacional. Una vez nos hemos organizado, una mujer pasa dándonos las sábanas, las colocamos en la cama y nos ponemos el pijama; con unas pipas estaríamos como en casa. Antes de dormir, charlamos sobre política, economía y sobre el mundo en general, con Michel, nuestro vecino Serbo-Germano-Mejicano, que tiene una conversación muy agradable e inteligente a pesar de que utilice expresiones como "está muy lindo", algo raras para nuestro español peninsular.

Toca ya ir a dormir. Tenemos por delante 12 horas de tren y 50 paradas, recorriendo las tierras de Azerbaiyán rumbo a Georgia. Y a eso de las cinco de la mañana nos espera un férreo control de pasaportes en la frontera...