Hoy dedicaremos el día a visitar Bakú y será mucho más relajado que el día de ayer: nada de negociar taxis ni de acoger chinos... nos moveremos gracias a la red de buses de la ciudad, en la que el billete no llega a los 25 céntimos de euro. Cuando llegamos a la ciudad compramos la BakuCard, una tarjeta recargable que va descontando el saldo a medida que viajas, y que resulta realmente cómoda.
Bakú es la ciudad más grande del Cáucaso, y es donde vive una cuarta parte de los 10 millones de azeríes del país, por lo que estamos hablando de una ciudad algo más grande que Barcelona. En cierto sentido, también se parece a esta última, ya que se desarrolla de cara al mar, en este caso al Mar Caspio. Hace pocos años se hizo un paseo a lo largo de toda la bahía, así que empezaremos dando un paseo por la misma para disfrutar de las vistas del mar y de la ciudad.
Llegamos en autobús hasta el Centro Acuático, un enorme complejo construido para los Juegos Europeos de 2015. Pero, ¿qué es lo que más nos llama la atención? Pues que en el inmenso aparcamiento ¡¡hay unas cuantas torres extractoras de petróleo!! Están dentro de unas jaulas protectoras, para que no haya accidentes... pero ahí están, succionando el crudo del subsuelo. Cualquier lugar parece bueno si el petróleo es de calidad, ¿no?
Por la zona hay centros de arte, restaurantes, cafeterías, esculturas... y todo con unos jardines mimados y cuidados al milímetro. Siguiendo el paseo llegamos hasta la plaza de La Bandera Nacional... ¡¡donde resulta que no hay bandera!! Preguntamos a unos de seguridad que están por allí y nos dicen que la plaza está en obras y que hasta dentro de unos meses no la volverán a poner. En 2010 aquí se izó la bandera más alta del mundo, que llegaba hasta los 162 metros. Sin embargo, un año después fue superado por otro país. ¿Estado Unidos? ¿Rusia? ¿China? ¡¡No!! ¡¡Fue Tayikistán!! Será para que todos la podamos ver y así ubicar ese país, ¿no?
Muy cerca se encuentra el Crystal Hall, un pabellón de eventos que fue construido para albergar el certamen de Eurovisión en 2012. Aquí fue donde Loreen, con su canción Euphoria, se llevó el codiciado micrófono de cristal. El edificio se construyó en sólo 8 meses e iba a ser temporal; pero se ve que les gustó cómo había quedado y decidieron darle nuevas oportunidades.
Hemos recorrido tan sólo una pequeña parte del paseo marítimo y nos está encantando: bien organizado, amplio, limpio, ... Pero hay algo que cada vez está más presente: el olor a petróleo. Sí, cuando te acercas al agua huele como cuando entras en un bazar chino a primera hora de la mañana: a plasticurri del malo. Habíamos notado que no hay barcos de recreo, ni playa, ni gente practicando deportes náuticos. Y es que si te fijas puedes ver las hondas que dibujan los hidrocarburos sobre la superficie del agua; incluso en las rocas, se ven trozos de chapapote impregnados. ¿Quién va a querer tomar el sol aquí? ¡¡Es como si pones la toalla en una gasolinera y cierras lo ojos!! Negro podrías acabar, eso sí.
Continuamos nuestro paseo con la torre de la televisión vigilante a lo lejos. Y otra atracción también nos observa: The Baku Eye, una versión algo más modesta que la noria londinense. Otro edificio que nos cautiva es un centro comercial que aún no han estrenado, y que tiene una especie de pétalos por encima, con cierto aire a la Ópera de Sidney. Pero sin duda, el icono indiscutible de la ciudad son las Flame Towers, tres rascacielos de entre 190 y 140 metros de altura y que tienen forma de llamas. De hecho, por la noche tienen una iluminación especial que simula que son llamas de verdad. En cada paso que damos, lo de que Azerbaiyán signifique "Tierra de Fuego" cobra más y más sentido.
Otro edificio que nos resulta muy curioso es el Museo de las Alfombras. Habiendo sido Persia en su momento, y pasando por aquí la Ruta de la Seda, no es de extrañar que tengan tradición en confeccionar alfombras de primera calidad, al igual que su país vecino, Irán. En todo país que se ha hecho rico rápidamente, siempre hay alguna horterada, y éste no es una excepción: han construido unos canales para ir en góndola, al más estilo veneciano, ¡¡con puentes y todo!!
Para ver la ciudad desde lo alto una buena opción es subir al promontorio donde se encuentran las Flame Towers. Para ello, hay un moderno funicular que salva el desnivel. Sin embargo, hoy es lunes y parece que museos y funiculares están cerrados. Así que, subimos unas empinadas escaleras hasta unos miradores desde los que se ve gran parte de la ciudad. En las inmediaciones está la Mezquita de los Mártires, también conocida como la Mezquita Turca. Se supone que los azeríes son musulmanes, pero no son apenas practicantes ya que durante el gobierno de la URSS la religión estaba prohibida. De hecho, cuando se independizó, pasó a ser el primer país islámico de la historia en declararse república laica y democrática.
Descendemos hasta la ciudad histórica y a la mitad vemos un lugar lleno de estatuas doradas y cosas raras por fuera. Decidimos curiosear a ver qué es y resulta ser un Hamman, pero de los más extraño que hemos visto nunca: por dentro está lleno de figuras, máscaras, símbolos... hay que entrar para verlo.
La ciudad vieja de Bakú nos sorprende gratamente. Tiene una muralla muy bien conservada, calles con mucho encanto, caravanseráis, algunas pequeñas mezquitas, ... Ningún edificio es especial, pero en conjunto resulta un lugar muy agradable para pasear. La Torre de la Doncella es el edificio más representativo: data de la época persa, de hace unos 900 años y originalmente estaba al lado del mar. Visitamos también el Palacio de Shirvanshah, que al igual que la Muralla y la Torre de la Doncella, es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Todo lo que hemos visto hasta ahora nos ha gustado tanto, que hasta se nos ha pasado la hora de comer. Como no se viene a Bakú todos los días y dado que estamos en la ciudad vieja, nos damos un pequeño capricho comiendo en un restaurante mítico llamado Sehrly Tandir. Aquí, el pan lo hacen en un horno de piedra que tienen en la misma puerta, pegando la masa a la pared del horno y poniendo una tapa. Además de un pan, hummus, queso con especias y un ayran, pedimos uno de los platos más famosos del país: un Shah Plov. Se trata de un hojaldre relleno de arroz, carne, castañas y albaricoques. Cuando el camarero nos lo trae vemos que tiene forma de queso gigante y después lo que hace es dividirlo en sectores y abrir el hojaldre. La mezcla entre salado y dulce ¡¡está realmente deliciosa!! Cuando lo pedimos nos dijeron que para dos estaba bien... y empezamos a pensar que se refería a que para "dos comidas" está bien. Así que le pedimos que nos ponga todo lo que ha sobrado para llevar, que esta noche seguiremos disfrutando con esta delicia local.
El resto de la tarde lo dedicamos a pasear por la ciudad, tomar un café y ver gente pasar. Para ser lunes hay muchísima gente disfrutando del buen tiempo, en terrazas, con los niños en los parques, haciendo compras, ... es una ciudad con muchísima vida. Además, resulta muy agradable porque todos los edificios son muy bonitos, con elegantes fachadas que no tienen nada que envidiar a Viena. Eso sí, en una esquina descubrimos el antes y el después de muchos edificios y resulta que son rehabilitados, a los que se la han añadido elementos decorativos que no estaban inicialmente, posiblemente para huir de la sobriedad soviética.
Aunque nos queda el día de mañana, ésta será nuestra última noche en Bakú. Antes de ir a descansar volvemos a la zona donde están las Flame Towers, para disfrutar de cerca del espectáculo de luces que cada noche ofrecen estos tres singulares rascacielos. Mediante luces LED, los edificios parecen arder en llamas, llenarse de agua, o adquirir los colores de la bandera verde, rojo y azul.
Esto de las luces de colores debe de gustar mucho en estos países. Creo que no lo comentamos, pero en el apartamento, en el salón hay una luz fucsia y en la habitación una de las bombillas es ¡¡verde!! Yo creo que es para ahuyentar al fantasma del niño de la planta de arriba... porque ni con biberón de Red Bull un niño tiene tanta energía como para estar correteando durante varias horas.
2 sept 2019
1 sept 2019
Tierra de fuego
El despertador suena sin que estemos aún sincronizados con el modo vacaciones y menos con las dos horas de diferencia con respecto a España. Pero, ¿acaso los cuarenta no son los nuevos treinta? ¡¡Pero si estamos hechos unos chavales y hasta tenemos la tarjeta de estudiante!! Así que, comenzamos nuestro recorrido por "la tierra de fuego", que es lo que significa Azerbaiyán... ¡¡y comprobaremos que no podía estar más acertado el nombre!!
Como es domingo, optamos por visitar los lugares más lejanos y dejarnos para mañana lunes la ciudad, que seguramente tendrá más actividad por ser día laboral. El primer plato del día será el Parque Nacional de Gobustán, que es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Para llegar a él, cogemos un autobús desde la estación de tren y que nos lleva hasta una estación de autobuses que se encuentra en las afueras. Durante el trayecto, podemos observar que la ciudad es muy bonita, tiene edificios de color caliza muy armónicos y que además está en plena evolución. Pero lo dicho, Bakú lo dejamos para mañana.
El billete nos cuesta el equivalente a unos 25 céntimos de euro y el autobús es igual de moderno que el de cualquier ciudad europea. Llegamos a la estación de autobuses, y ahí, un hombre nos ayuda motu proprio y nos indica donde está el autobús para Gobustán. La verdad es que yo con pantalones cortos tengo pinta de turista a kilómetros, y, por lo visto todos los turistas que pasan por allí suelen ir al mismo sitio. Este autobús tiene un aspecto mucho más destartalado, y la gente es más de "campo", con mujeres apañueladas y hombre con tripita y mostacho. Nos resulta curioso que, durante la espera, un hombre sube al autobús y viene sólo a donde nosotros a ofrecernos llevarnos en taxi; luego, vemos que también se lo ofrece a un turista asiático que aparece por allí y que sube a nuestro mismo autobús.
Observamos que, nadie paga ningún billete así que el autobús arranca sin que hayamos soltado ningún manat, la moneda local. Vamos por una carretera bordeando el mar Caspio, por donde el autobusero para a recoger y dejar gente por los arcenes. En un parar de esos, parece que algo no va bien... Sale, revisa algo por fuera, no sabemos de donde saca una pequeña llave inglesa y después empezamos a oír golpes en la parte inferior del autobús. Seguidamente intenta arrancarlo y parece que el autobús se cala. Tras varios intentos, nos desaloja del autobús y nos quedamos en medio de un paraje desértico. El asiático que se montó se pone a hacer autostop, y, tras su fracaso vuelve y se dirije hacia los otros dos únicos turistas, aquí los presentes. Vamos al mismo sitio así que nos juntamos para conseguir transporte, y nada más decirlo nos vemos negociando con un taxista y fijando un precio que a ambas partes le parece razonable. Yo me monto de copiloto, y Pablo y el chino en la parte de atrás. Sin embargo, minutos después el taxista empieza a querer liarnos, y nos empieza a pedir más dinero. Como no le entendemos porque no habla inglés, me deja el oído como si hubiese dormido sobre un bafle, seguramente para que nos sintamos intimidados y aceptemos. Pero como los tres tenemos claro lo que queremos ver y ya sabemos lo que vale, nos mantenemos firmes e incluso le decimos que nos bajamos del coche... así que termina respetando el precio que habíamos pactado.
En el coche, hablamos con el chino, que resulta ser americano, aunque nacido en el país oriental. Es de Boston y, curiosamente trabaja de auditor en el banco Santader... ¡¡y su jefe es de Bilbao!! Mientras hablamos con él, el taxista nos lleva por las tierras de Gobustán, un paraje inhóspito que en esta época del año está muy seco. Vamos por un camino de tierra, con unos socavones inmensos, levantando polvo a nuestro paso... ¿y acaso vamos en un jeep o en un SUV como dirían los modernos? Pues no, ¡¡vamos en un Lada de la época de Stalin por lo menos!! Y, encima, el cachondo de él ¿me dijo que no era necesario que me pusiera el cinturón de seguridad? Esto es como ir en una montaña rusa con la diferencia de que al final no te hacen una foto para que así puedas olvidarlo.
Lo que no olvidaremos será que, al pasar por una especie de charca negruzca, el taxista nos dice que es ¡¡petróleo!! Pero ahí, en medio de la nada, ¿se ha creado espontáneamente una ciénaga de oro negro? Es cierto que, nada más salir de la ciudad de Bakú se empiezan a ver centenas de pozos de extracción de petróleo... pero nunca nos imaginamos que estuviera tan al nivel de la superficie.
Después, paramos en unos volcanes de barro. Sí, ¡¡de barro!! Resulta que en esta zona hay muchos volcanes de este tipo. todo se debe a que, además de petróleo, hay mucho gas en el subsuelo y debido a esto hace que, con bastante frecuencia, el gas expulse barro hacia afuera. Aunque se le denomine volcán, el barro está frío y se puede tocar sin problemas. En el lugar en el que paramos hay unos ocho volcanes de pequeño tamaño, pero el taxista nos enseña en su móvil uno que está a unos cuantos kilómetros en el que la gente hasta se baña. A nosotros nos encanta, aunque ya habíamos visto unos volcanes de este tipo en Rumanía. A nuestro compañero americano-chino, le flipa porque es toda una novedad para él.
La siguiente parada es el museo del parque de Gobustán. En realidad, los volcanes no dejan de ser más que una curiosidad, porque lo realmente importante es que hay unos 6.000 grabados en piedra de hace unos 20.000 años. Siempre habíamos pensado que el arte rupestre se limitaba a pinturas en cuevas. Sin embargo, este verano, descubrimos en la Siega Verde (cerca de Ciudad Rodrigo) que también hay dibujos grabados en piedra, llamados petroglifos. Y aquí en Gobustán es donde mayor concentración hay, con formas humanas, animales, barcos, escenas, etc. Es un lugar al aire libre que se recorre a pie para poder ir identificando las figuras ocultas que hay por todas las rocas. Y encima, la entrada nos ha costado menos de un euro, gracias al carné de estudiante. El chino también lo lleva... pero reconoce que, a sus 35 años, lo tiene caducado... y se queda sorprendido que nosotros, siendo algo mayores lo tenemos vigente.
Ya de vuelta, toca ver cómo llegar de nuevo hasta Bakú. El taxista no acepta el precio que le proponemos, así que nos deja en el pueblo que está cerca del parque. Nosotros queremos negociar otro taxi, o si no, volver en autobús. Pero él va un poco limitado de tiempo y nos dice que va a hacer autostop... se saca una hoja donde ha escrito "Bakú" y en menos de un minuto se lo llevan en una furgoneta. "¿Pero éste va a resultar ser más espabilado que nosotros?", pensamos. Así que decidimos hacer lo mismo, que tampoco va a pasar nada porque por una vez seamos nosotros los que copiamos a los chinos... y voilà, en un periquete estamos en la parte de atrás de un coche... un Lada con suelo de parqué. Después, el conductor, que no dice "ni mu", recoge a otros dos por separado, quienes bastantes kilómetros después le avisan para bajarse en distintos sitios, y donde vemos que le dan 1 manat, unos 50 céntimos. Nosotros recorremos con él unos 65 kilómetros, y nos deja finalmente en la estación de autobuses, donde gustosamente le damos también 1 manat por cabeza... ¡¡menos de un euro los dos por casi un Madrid-Toledo!! A lo largo del día, comprobaremos que ésta es una práctica habitual... si te ven esperando te dicen a dónde van, y si coincide con tu destino, te llevan a cambio de un importe casi simbólico (o al menos para nosotros).
Volvemos a Bakú y ahora toca buscar cómo llegar a Ateshgah, el Templo de Fuego de Zoroastro. Una vez hemos encontrado el autobús que va en la dirección, un pasajero nos dice que nos avisa cuando estemos cerca. El hombre intenta comunicarse con nosotros, tanto en azerí como en ruso, pero nada como la mímica para hacerse entender (y el traductor al ruso que lleva Pablo en el móvil también nos ayuda). El hombre es muy simpático... y en un momento dado nos dice que vamos hasta su casa y que nos lleva en coche. Con nuestra mentalidad occidental y desconfiada, le decimos que no, que queremos ir en autobús... así que nos indica donde bajar y qué otro autobús coger. Seguramente nos hubiese llevado a cambio de nada, pero para ser el primer día ya hemos hecho suficientes locuras. Así que, nos bajamos donde nos dice y esperando en la parada nos comemos un pintxo de media tortilla de patata... del Mercadona y que ha viajado hasta aquí con nosotros... ¡¡y sabe a gloria!!
Ya en este segundo autobús nos quedamos perplejos porque, hay un montón de pequeños pozos petrolíferos y ¡¡hasta arroyos de crudo!! Una colilla aquí y saltamos por los aires, ¿no? Evidentemente, en un país como éste donde el petróleo aflora por todos los lados, la gasolina es baratísima, ya que está en torno a 50 céntimos el litro. No es de extrañar que la gente te lleve en su coche casi gratis y que el transporte público tenga unos precios irrisorios. Es más, viendo que en cada finca hay un pozo, aquí en lugar de hacer aceite con olivas, se refinan la gasolina directamente del pozo.
Y, por fin, llegamos al Templo del Fuego... un templo en el que hay varias llamas que arden constantemente día y noche, y sin parar... y que originalmente ardían de forma natural debido al gas que emana el suelo. Ese gas, seguramente, era el motivo por el que el estado psíquico de los chamanes se veía alterado, así que, entorno a este fuego eterno, se hacían rituales paganos.
Y de un templo pagano, nos vamos a otro templo, en este caso cultural. Ya de vuelta a la ciudad, visitamos las afueras del Heydər Əliyev Mərkəzi, un centro cultural y teatro diseñado por Zaha Hadid. Es todo un icono de la ciudad y una verdadera joya arquitectónica. Con sus formas blancas y curvas te cautiva con su sencillez y elegancia.
La tarde va cayendo y el cansancio empieza a estar cada vez más presente. Los primeros días suelen ser los más agotadores debido a que aún no hemos cogido el ritmo. Así que, tras un paseo frente al Caspio y cenar cerca del apartamento, nos recogemos pronto para descansar. Mañana, mucho más Bakú por descubrir.
Como es domingo, optamos por visitar los lugares más lejanos y dejarnos para mañana lunes la ciudad, que seguramente tendrá más actividad por ser día laboral. El primer plato del día será el Parque Nacional de Gobustán, que es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Para llegar a él, cogemos un autobús desde la estación de tren y que nos lleva hasta una estación de autobuses que se encuentra en las afueras. Durante el trayecto, podemos observar que la ciudad es muy bonita, tiene edificios de color caliza muy armónicos y que además está en plena evolución. Pero lo dicho, Bakú lo dejamos para mañana.
El billete nos cuesta el equivalente a unos 25 céntimos de euro y el autobús es igual de moderno que el de cualquier ciudad europea. Llegamos a la estación de autobuses, y ahí, un hombre nos ayuda motu proprio y nos indica donde está el autobús para Gobustán. La verdad es que yo con pantalones cortos tengo pinta de turista a kilómetros, y, por lo visto todos los turistas que pasan por allí suelen ir al mismo sitio. Este autobús tiene un aspecto mucho más destartalado, y la gente es más de "campo", con mujeres apañueladas y hombre con tripita y mostacho. Nos resulta curioso que, durante la espera, un hombre sube al autobús y viene sólo a donde nosotros a ofrecernos llevarnos en taxi; luego, vemos que también se lo ofrece a un turista asiático que aparece por allí y que sube a nuestro mismo autobús.
Observamos que, nadie paga ningún billete así que el autobús arranca sin que hayamos soltado ningún manat, la moneda local. Vamos por una carretera bordeando el mar Caspio, por donde el autobusero para a recoger y dejar gente por los arcenes. En un parar de esos, parece que algo no va bien... Sale, revisa algo por fuera, no sabemos de donde saca una pequeña llave inglesa y después empezamos a oír golpes en la parte inferior del autobús. Seguidamente intenta arrancarlo y parece que el autobús se cala. Tras varios intentos, nos desaloja del autobús y nos quedamos en medio de un paraje desértico. El asiático que se montó se pone a hacer autostop, y, tras su fracaso vuelve y se dirije hacia los otros dos únicos turistas, aquí los presentes. Vamos al mismo sitio así que nos juntamos para conseguir transporte, y nada más decirlo nos vemos negociando con un taxista y fijando un precio que a ambas partes le parece razonable. Yo me monto de copiloto, y Pablo y el chino en la parte de atrás. Sin embargo, minutos después el taxista empieza a querer liarnos, y nos empieza a pedir más dinero. Como no le entendemos porque no habla inglés, me deja el oído como si hubiese dormido sobre un bafle, seguramente para que nos sintamos intimidados y aceptemos. Pero como los tres tenemos claro lo que queremos ver y ya sabemos lo que vale, nos mantenemos firmes e incluso le decimos que nos bajamos del coche... así que termina respetando el precio que habíamos pactado.
En el coche, hablamos con el chino, que resulta ser americano, aunque nacido en el país oriental. Es de Boston y, curiosamente trabaja de auditor en el banco Santader... ¡¡y su jefe es de Bilbao!! Mientras hablamos con él, el taxista nos lleva por las tierras de Gobustán, un paraje inhóspito que en esta época del año está muy seco. Vamos por un camino de tierra, con unos socavones inmensos, levantando polvo a nuestro paso... ¿y acaso vamos en un jeep o en un SUV como dirían los modernos? Pues no, ¡¡vamos en un Lada de la época de Stalin por lo menos!! Y, encima, el cachondo de él ¿me dijo que no era necesario que me pusiera el cinturón de seguridad? Esto es como ir en una montaña rusa con la diferencia de que al final no te hacen una foto para que así puedas olvidarlo.
Lo que no olvidaremos será que, al pasar por una especie de charca negruzca, el taxista nos dice que es ¡¡petróleo!! Pero ahí, en medio de la nada, ¿se ha creado espontáneamente una ciénaga de oro negro? Es cierto que, nada más salir de la ciudad de Bakú se empiezan a ver centenas de pozos de extracción de petróleo... pero nunca nos imaginamos que estuviera tan al nivel de la superficie.
Después, paramos en unos volcanes de barro. Sí, ¡¡de barro!! Resulta que en esta zona hay muchos volcanes de este tipo. todo se debe a que, además de petróleo, hay mucho gas en el subsuelo y debido a esto hace que, con bastante frecuencia, el gas expulse barro hacia afuera. Aunque se le denomine volcán, el barro está frío y se puede tocar sin problemas. En el lugar en el que paramos hay unos ocho volcanes de pequeño tamaño, pero el taxista nos enseña en su móvil uno que está a unos cuantos kilómetros en el que la gente hasta se baña. A nosotros nos encanta, aunque ya habíamos visto unos volcanes de este tipo en Rumanía. A nuestro compañero americano-chino, le flipa porque es toda una novedad para él.
La siguiente parada es el museo del parque de Gobustán. En realidad, los volcanes no dejan de ser más que una curiosidad, porque lo realmente importante es que hay unos 6.000 grabados en piedra de hace unos 20.000 años. Siempre habíamos pensado que el arte rupestre se limitaba a pinturas en cuevas. Sin embargo, este verano, descubrimos en la Siega Verde (cerca de Ciudad Rodrigo) que también hay dibujos grabados en piedra, llamados petroglifos. Y aquí en Gobustán es donde mayor concentración hay, con formas humanas, animales, barcos, escenas, etc. Es un lugar al aire libre que se recorre a pie para poder ir identificando las figuras ocultas que hay por todas las rocas. Y encima, la entrada nos ha costado menos de un euro, gracias al carné de estudiante. El chino también lo lleva... pero reconoce que, a sus 35 años, lo tiene caducado... y se queda sorprendido que nosotros, siendo algo mayores lo tenemos vigente.
Ya de vuelta, toca ver cómo llegar de nuevo hasta Bakú. El taxista no acepta el precio que le proponemos, así que nos deja en el pueblo que está cerca del parque. Nosotros queremos negociar otro taxi, o si no, volver en autobús. Pero él va un poco limitado de tiempo y nos dice que va a hacer autostop... se saca una hoja donde ha escrito "Bakú" y en menos de un minuto se lo llevan en una furgoneta. "¿Pero éste va a resultar ser más espabilado que nosotros?", pensamos. Así que decidimos hacer lo mismo, que tampoco va a pasar nada porque por una vez seamos nosotros los que copiamos a los chinos... y voilà, en un periquete estamos en la parte de atrás de un coche... un Lada con suelo de parqué. Después, el conductor, que no dice "ni mu", recoge a otros dos por separado, quienes bastantes kilómetros después le avisan para bajarse en distintos sitios, y donde vemos que le dan 1 manat, unos 50 céntimos. Nosotros recorremos con él unos 65 kilómetros, y nos deja finalmente en la estación de autobuses, donde gustosamente le damos también 1 manat por cabeza... ¡¡menos de un euro los dos por casi un Madrid-Toledo!! A lo largo del día, comprobaremos que ésta es una práctica habitual... si te ven esperando te dicen a dónde van, y si coincide con tu destino, te llevan a cambio de un importe casi simbólico (o al menos para nosotros).
Volvemos a Bakú y ahora toca buscar cómo llegar a Ateshgah, el Templo de Fuego de Zoroastro. Una vez hemos encontrado el autobús que va en la dirección, un pasajero nos dice que nos avisa cuando estemos cerca. El hombre intenta comunicarse con nosotros, tanto en azerí como en ruso, pero nada como la mímica para hacerse entender (y el traductor al ruso que lleva Pablo en el móvil también nos ayuda). El hombre es muy simpático... y en un momento dado nos dice que vamos hasta su casa y que nos lleva en coche. Con nuestra mentalidad occidental y desconfiada, le decimos que no, que queremos ir en autobús... así que nos indica donde bajar y qué otro autobús coger. Seguramente nos hubiese llevado a cambio de nada, pero para ser el primer día ya hemos hecho suficientes locuras. Así que, nos bajamos donde nos dice y esperando en la parada nos comemos un pintxo de media tortilla de patata... del Mercadona y que ha viajado hasta aquí con nosotros... ¡¡y sabe a gloria!!
Ya en este segundo autobús nos quedamos perplejos porque, hay un montón de pequeños pozos petrolíferos y ¡¡hasta arroyos de crudo!! Una colilla aquí y saltamos por los aires, ¿no? Evidentemente, en un país como éste donde el petróleo aflora por todos los lados, la gasolina es baratísima, ya que está en torno a 50 céntimos el litro. No es de extrañar que la gente te lleve en su coche casi gratis y que el transporte público tenga unos precios irrisorios. Es más, viendo que en cada finca hay un pozo, aquí en lugar de hacer aceite con olivas, se refinan la gasolina directamente del pozo.
Y, por fin, llegamos al Templo del Fuego... un templo en el que hay varias llamas que arden constantemente día y noche, y sin parar... y que originalmente ardían de forma natural debido al gas que emana el suelo. Ese gas, seguramente, era el motivo por el que el estado psíquico de los chamanes se veía alterado, así que, entorno a este fuego eterno, se hacían rituales paganos.
Y de un templo pagano, nos vamos a otro templo, en este caso cultural. Ya de vuelta a la ciudad, visitamos las afueras del Heydər Əliyev Mərkəzi, un centro cultural y teatro diseñado por Zaha Hadid. Es todo un icono de la ciudad y una verdadera joya arquitectónica. Con sus formas blancas y curvas te cautiva con su sencillez y elegancia.
La tarde va cayendo y el cansancio empieza a estar cada vez más presente. Los primeros días suelen ser los más agotadores debido a que aún no hemos cogido el ritmo. Así que, tras un paseo frente al Caspio y cenar cerca del apartamento, nos recogemos pronto para descansar. Mañana, mucho más Bakú por descubrir.
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