A las cinco y media de la mañana suenan en estéreo dos móviles, el nuestro y el de Manuel y Virginia, nuestros compañeros de camarote. Ellos también van a Pingyao, y como nosotros, también están destrozados por la dura "litera blanda" en la que hemos viajado. Lo que también es una piedra es la almohada, y esto es literal: en tres de los cuatro hoteles donde hemos dormido han puesto una almohada en cuyo interior hay pequeñas piedrecitas. Hasta ahora siempre habíamos tenido la versión clásica de almohada, pero esta noche no ha habido opción. Aún así, dadas las circunstancias, hemos podido dormir unas cuantas horas.
Ya en la estación nos despedimos de Virginia y Manuel, y nos vamos caminando hacia la ciudad intramuros donde tenemos el hotel. Es muy temprano, se ve poca gente por la calle, hace fresco y soñamos con una cama... hace años significaría que vamos de la discoteca a casa a dormir la mona, pero no, aquí estamos... compitiendo con otro turista de a ver quién encuentra antes su hotel. Y parece que ganamos, porque somos los primeros en despertar a los señores Cheng y minutos después le vemos entrar en el mismo hotel. Teníamos muchas ganas de alojarnos en este hotel porque son casas tradicionales de huéspedes, con unas 15 habitaciones y dos plantas, con patio interior adornado con plantas y farolillos rojos. Es como un hotel rural pero al estilo chino. Y la habitación, con la cama de colchón duro también era de esperar. Hemos tenido suerte y nos han dado la habitación nada más llegar; como es muy pronto y tenemos todo el día para ver la ciudad, nos echamos a dormir un "ratito" de dos horas.
Con algo menos de "resaca" de sueño, ahora toca desayunar algo. Enseguida encontramos un establecimiento tipo Starbucks, donde tomamos un café americano bastante amargo; para compensar intentamos encontrar un sitio donde vendan algo dulce, pero no lo conseguimos. A primera hora vimos a un hombre friendo una especie de porras, que ya habíamos probado y que ahora buscamos con ansia. Pero nada, aquí puedes encontrar unos noodles picantes a cualquier hora del día, pero como quieras algo de bollería estás perdido.
La ciudad vieja de Pingyao es toda una maravilla. Si ayer Datong nos gustó aún siendo prefabricada, hoy la imperfección de Pingyao nos parece encantadora. De esta ciudad se dice que es una de las mejores conservadas de toda China, y de ahí que sea Patrimonio de la Humanidad. No sólo su muralla, ni sus puertas, ni sus templos, ... sino también las tiendas, los pequeños restaurantes y algunos artesanos que muestran su oficio hacen que no sepas donde mirar, porque cualquier rincón resulta interesante.
Para visitar la ciudad sacamos una entrada que da acceso a todos los monumentos de la ciudad vieja. Una vez más, con el carné de estudiante las sacamos a mitad de precio; ya le hemos cogido el truco, lo mejor es no preguntar y plantar los dos carnés con los billetes del importe exacto; y así, no refunfuñan ni se meten a discutir en un inglés nivel básico.
El primer lugar que visitamos es el Rishengchang, el que se dice fue el primer banco de China. En él se pueden ver diferentes estancias, como la de la contabilidad o la sala de comunicaciones. Resulta curioso que el primer banco no surgiera en lo que hoy sería alguna metrópolis sino en esta localidad de algo menos de 500.000 habitantes.
Hay muchos templos y lugares para visitar; todos son muy bonitos, pero son, una vez más, más de lo mismo. Aunque los visitamos, lo que más nos gusta es callejear y disfrutar del entorno, de sus calles empedradas y de los puestos callejeros. En un puesto, pensando que iba a ser algo dulce, cogemos un pincho de lo que parece piña... y resulta que es arroz prensado con colorante amarillo. Una bebida que tiene bastante éxito en China es el zumo de mango; hemos tomado ya varias veces y está muy rica.
En esta ciudad también nos sorprende que hay muchos gatos y perros. Por lo que vemos, las familias viven en la trastienda de sus negocios, así que las mascotas suelen pasearse por delante de la tienda.
Cuando va cayendo la tarde, nos sentamos frente a la muralla a descansar... e inventamos un nuevo juego que consiste en hacer saludarnos a la gente que va en moto o en bici. Todo el que pasa y nos ve vuelve a remirar, sorprendidos de que no seamos chinos; muchos se muestran interesados pero tímidos, así que al saludarles y decirles "nihao" nos sonríen y nos saludan contentos de haber entablado una especie de comunicación con un occidental. Excepto en las grandes ciudades como Shanghái y Pekín, en el resto de ciudades nos han pedido que nos hagamos fotos con ellos, y nosotros, las hacemos gustosamente porque su sonrisa y agradecimiento nos reconforta.
Un último paseo ya con las calles iluminadas acaba por confirmarnos que ha merecido la pena dedicar un día a pasear por esta bonita ciudad. Ha sido como un viaje en el tiempo a la China tradicional, pero con las comodidades de la China moderna.
9 sept 2018
8 sept 2018
Datong, la nueva ciudad antigua
A pesar de estar en un mundo cada vez más globalizado, hay cosas cuya percepción puede ser totalmente opuesta. Mientras que a nosotros los lugares con exceso de neones y luces que cambian de color nos pueden parecer pasados de moda e incluso horteras, aquí en China siguen en pleno auge. Un ejemplo es la estación de tren de Datong, que está frente al hotel, y que tiene los rebordes del edificio con neones de colores. Se ve que a los chinos les encantan las cosas que llaman la atención, las mezclas de realidad y fantasía que a veces rozan lo infantil. Seguramente más de un chino se haya metido en Europa a algún bar de carretera "con neones" y le hayan dado rollito aunque no de primavera.
Sin embargo, en nuestro hotel parece que ha ocurrido lo contrario: es un lujoso hotel por el que sí han pasado los años, y donde parece que hay una concentración de chonis rusas a las que se suman dos jovencitas españolas con look gipsy-king... ¡¡esos pendientes de aro tienen que pitar en todos los controles!!
El motivo de visitar Datong se debe a que está cerca de los dos enclaves turísticos más importantes de la provincia de Shanxi. Por un lado, el Monasterio Colgante que se encuentra a 200 kilómetros pero que no visitaremos por falta de tiempo. Por otro, las cuevas de Yungang que se encuentran cerca de la ciudad y a las que les dedicaremos toda la mañana.
Las cuevas de Yungang son uno de los ejemplos más excepcionales de arte rupestre budista en China. Hay esculpidas en torno a 51.000 estatuas repartidas por 252 cuevas de diferentes tamaños, que se empezaron a escavar en el siglo V. En algunas de esas cuevas se puede entrar para ver las enormes estatuas budistas. Las cuevas estaban inicialmente tapadas por una estructura de madera, pero sólo algunas de esas estructuras se conservan hoy en día. Además, las esculturas inicialmente estaban pintadas, pero a día de hoy sólo algunas de ellas conservan los colores originales.
Además de las cuevas, que ocupan una ladera de un kilómetro de largo, también hay un templo bordeado por un lago. Aunque hay muchos turistas el ambiente es muy relajado, y como no hay occidentales, somos la sensación del lugar. Lo que nos llama la atención es que en la señalización tan pronto ponen traducción en inglés, como en francés e incluso alguna en español... como para ellos se escribe todo con el mismo alfabeto, pensarán que es un único idioma.
Lo que queda de día lo dedicaremos a ver la ciudad de Datong. Como otras ciudades de China, el casco histórico se concentra en un área comprendida por un cuadrado gigante, demarcado por las murallas. En este caso, podríamos hablar de la "nueva ciudad antigua", ya que todo el centro, murallas incluidas, ha sido reconstruido prácticamente desde cero. Un alcalde de la ciudad hizo una gallardonada y decidió invertir cantidades ingentes de dinero para reconstruir la parte histórica y así atraer el turismo. La verdad es que les está quedando muy bien... como parque temático.
Al cruzar la muralla visitamos un mercado de baserritarras Datongtarras. Tienen verduras, frutas y productos elaborados realmente raros. Hay cosas que dudas de si son para comer o para limpiar el baño... aunque probamos sin pudor todo lo que nos ofrecen.
En la ciudad hay varios templos interesantes, aunque dado que no conocemos su historia, optamos por pasar un poco de largo. Tan sólo entramos a ver el tercer muro de los nueve dragones... con este ya hemos visto veintisiete criaturitas. También nos damos un paseo por la muralla, donde nos hacemos fotos con gente vestida con lo que pensamos será el vestido tradicional.
Fuera de la ciudad antigua nos vamos de tiendas. La ropa en general tiene el mismo precio que en España, pero las tallas parecen diferentes. Incluso en marcas internacionales como Polo, nos da la sensación de que las proporciones son diferentes, porque las mangas siempre quedan cortas... o quizá es que hemos comido demasiado y los desproporcionados somos nosotros. Pablo piensa que todas las tiendas son de copias, incluidas las tiendas de Adidas y Nike, en las que asegura que han copiado hasta el estilo de la tienda. Pero, a juzgar por los precios y la disposición de la tienda, yo estoy convencido de que son auténticas. Pero si todo el mundo viste de Gucci y de Balenciaga, es normal que la sospecha planee sobre nosotros.
Otra cosa que llevamos observando desde el inicio del viaje es que casi todo el mundo paga con el móvil; independientemente de la cantidad y el establecimiento, en todos los sitios tienes un código bidi para pasar por el móvil y efectuar el pago. Incluso en algunos sitios hemos llegado a ver pago con el reconocimiento facial... y así te lo llevas por tu cara bonita.
Damos un paseo final por la muralla que está ya iluminada: en las almenas hay luces rojas que imitan a farolillos, y en las puertas y esquinas hay templos que están iluminados. Después, cenamos en un centro comercial, aunque no tenemos mucho atino ya que el menú que pedimos pica lo que no está escrito y decidimos dejar la mitad para salvar nuestro sistema gastro-intestinal. Hoy pasaremos la noche en el tren a Pingyao, donde hemos reservado dormir en litera en un compartimento para cuatro. Con la duda de con quién nos tocará subimos al tren, y, para nuestra sorpresa, nuestros compañeros nocturnos son una pareja de madrileños. Charlamos sobre nuestros respectivos viajes y como ya es tarde nos disponemos a dormir... o a intentarlo con el chacachá del tren.
Sin embargo, en nuestro hotel parece que ha ocurrido lo contrario: es un lujoso hotel por el que sí han pasado los años, y donde parece que hay una concentración de chonis rusas a las que se suman dos jovencitas españolas con look gipsy-king... ¡¡esos pendientes de aro tienen que pitar en todos los controles!!
El motivo de visitar Datong se debe a que está cerca de los dos enclaves turísticos más importantes de la provincia de Shanxi. Por un lado, el Monasterio Colgante que se encuentra a 200 kilómetros pero que no visitaremos por falta de tiempo. Por otro, las cuevas de Yungang que se encuentran cerca de la ciudad y a las que les dedicaremos toda la mañana.
Lo que queda de día lo dedicaremos a ver la ciudad de Datong. Como otras ciudades de China, el casco histórico se concentra en un área comprendida por un cuadrado gigante, demarcado por las murallas. En este caso, podríamos hablar de la "nueva ciudad antigua", ya que todo el centro, murallas incluidas, ha sido reconstruido prácticamente desde cero. Un alcalde de la ciudad hizo una gallardonada y decidió invertir cantidades ingentes de dinero para reconstruir la parte histórica y así atraer el turismo. La verdad es que les está quedando muy bien... como parque temático.
Al cruzar la muralla visitamos un mercado de baserritarras Datongtarras. Tienen verduras, frutas y productos elaborados realmente raros. Hay cosas que dudas de si son para comer o para limpiar el baño... aunque probamos sin pudor todo lo que nos ofrecen.
En la ciudad hay varios templos interesantes, aunque dado que no conocemos su historia, optamos por pasar un poco de largo. Tan sólo entramos a ver el tercer muro de los nueve dragones... con este ya hemos visto veintisiete criaturitas. También nos damos un paseo por la muralla, donde nos hacemos fotos con gente vestida con lo que pensamos será el vestido tradicional.
Fuera de la ciudad antigua nos vamos de tiendas. La ropa en general tiene el mismo precio que en España, pero las tallas parecen diferentes. Incluso en marcas internacionales como Polo, nos da la sensación de que las proporciones son diferentes, porque las mangas siempre quedan cortas... o quizá es que hemos comido demasiado y los desproporcionados somos nosotros. Pablo piensa que todas las tiendas son de copias, incluidas las tiendas de Adidas y Nike, en las que asegura que han copiado hasta el estilo de la tienda. Pero, a juzgar por los precios y la disposición de la tienda, yo estoy convencido de que son auténticas. Pero si todo el mundo viste de Gucci y de Balenciaga, es normal que la sospecha planee sobre nosotros.
Otra cosa que llevamos observando desde el inicio del viaje es que casi todo el mundo paga con el móvil; independientemente de la cantidad y el establecimiento, en todos los sitios tienes un código bidi para pasar por el móvil y efectuar el pago. Incluso en algunos sitios hemos llegado a ver pago con el reconocimiento facial... y así te lo llevas por tu cara bonita.
Damos un paseo final por la muralla que está ya iluminada: en las almenas hay luces rojas que imitan a farolillos, y en las puertas y esquinas hay templos que están iluminados. Después, cenamos en un centro comercial, aunque no tenemos mucho atino ya que el menú que pedimos pica lo que no está escrito y decidimos dejar la mitad para salvar nuestro sistema gastro-intestinal. Hoy pasaremos la noche en el tren a Pingyao, donde hemos reservado dormir en litera en un compartimento para cuatro. Con la duda de con quién nos tocará subimos al tren, y, para nuestra sorpresa, nuestros compañeros nocturnos son una pareja de madrileños. Charlamos sobre nuestros respectivos viajes y como ya es tarde nos disponemos a dormir... o a intentarlo con el chacachá del tren.
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