4 sept 2018

Pekín: La Ciudad Prohibida

Anoche llegamos a Pekín, y como si ya hubiéramos estado aquí antes, enseguida compramos el billete de metro para dirigirnos a nuestro hotel situado en el Hutong Fangjia. Como son más de las once de la noche las calles están oscuras; pero la luz se hace al llegar al hotel, que resulta estar bastante bien.

Antes de ir a descansar tras el agotador ascenso al Taishan, probamos a conectarnos a internet y vemos que algo no funciona. En China, la red de redes está controlada por el gobierno, bien para evitar influencias extranjeras (no vaya a ser que los chinos adquieran ideas diferentes a las del gobierno), bien para evitar comunicarse con el exterior sin que el gobierno apruebe el contenido. Para ello, el gobierno utiliza el denominado "Gran Cortafuegos", que lo que hace es básicamente bloquear todos los sitios web que no le interesan, como por ejemplo periódicos, WhatsApp, servicios de Google, etc. Sin embargo, lo que hace todo extranjero un poco espabilado antes de venir aquí es contratar una VPN que digamos "camufla" a dónde te quieres conectar y así saltarse la censura de una forma un tanto alegal.

Sin embargo, al intentar revisar el correo y WhatsApp vemos que la VPN no funciona. Estar incomunicado puede resultar ser un problema; especialmente de cara a la familia, que podría pensar que nos ha ocurrido algo. Así que intentamos buscar una solución, bajando a recepción para garantizar que la conexión funciona, y poniéndonos en contacto con el servicio 24h de la VPN. Durante casi tres horas hacemos un máster acelerado de todas las opciones que tiene Android para configurar una conexión, pero ninguna de las pruebas finaliza con éxito. Es tan frustrante que si volviendo a subir el Taishan recuperásemos la conexión con occidente lo haríamos sin dudarlo. Pero a las dos de la mañana el protocolo DHCP nos fulmina y abortamos la operación.

Tras poco más de cinco horas de sueño nos levantamos con la sensación de ser huérfanos digitales. En un ataque de realismo, nos disponemos a continuar con lo que hemos venido a hacer: conocer Pekín. A diferencia de Shanghái, aquí no hay un billete de metro con viajes ilimitados, así que tocará ir echando a la máquina de billetes como si fuera una tragaperras para poder movernos por esta inmensa ciudad.

En el metro se ve muchísima seguridad: unos jóvenes uniformados que no entendemos para qué sirven, pero que parecen vigilantes; luego están los que te indican que no puedes pasar al metro sin pasar por seguridad; también los al menos cinco de seguridad que hay en cada acceso; unos tres para ayudarte en las máquinas de billetes; en cada andén hay otro vigilante subido a un pódium; y cada dos puertas una persona con un micrófono que te da instrucciones; y de limpieza al menos otras tres personas. Resumiendo, para acceder al tren te cruzarás con treinta personas como mínimo de personal, más centenares de viajeros en todas direcciones. ¿Caos? ¡¡Para nada!! Todo está pensado para que los flujos de gente sean ordenados y nadie se choque; además, en las pantallas de los vagones no paran de poner vídeos de todas las normas que no debes infringir... Bajo esa piel perfecta que tienen estoy convencido que hay cortocircuitos en lugar de carne.

Y si la seguridad en el metro es desorbitada, la que hay en la plaza de Tiananmén es prácticamente de otra galaxia. Hay que pasar multitud de controles, pasaporte incluido. Pero todo merece la pena por ver el monumento más importante de Pekín: La Ciudad Prohibida. Aquí vivieron varias dinastías de emperadores y adquirió ese nombre porque nadie que no fuera de la corte o de su séquito podía acceder a la misma... Y no se andaban con tonterías, porque al que lo intentara lo ejecutaban al momento. Y así fue durante más de 500 años.

De este sitio se dice que es el complejo palaciego más gran del mundo, así que le dedicaremos gran parte del día. Tras pagar la entrada que va registrada con el número del pasaporte, empezamos a ver las diferentes explanadas y pabellones. Tienen nombres muy místicos: Salones de la armonía suprema, de la armonía central, de la preservación de la armonía... ¡¡El emperador tenía que estar sobado todo el día!!

Uno de los pabellones que más nos gusta es donde el pequeño emperador sale a presentarse al su séquito en la película de El Último Emperador de Bertolucci. Casualmente, casi al lado una mujer nos pide una foto con su niño, y como nos hace mucha gracia le decimos que nos saque a nosotros una también. Es también un pequeño emperador... pero de las patatas que se está comiendo. ¡¡Es como un muñequito!!

Otro sitio que nos gusta mucho es el mural de Los Nueve Dragones, que representan al emperador. De este tipo de murales sólo quedan tres en China: dos en Pekín y otro en Datong.  Por cierto, hablando de animales... Hasta ahora, habíamos visto que en muchos edificios colocan en la entrada dos esculturas denominadas los "leones guardianes". Pues bien, nos hemos enterado de que el de la derecha es el macho, el que se apoya sobre el mundo y que representa al emperador gobernando el mundo; el de la izquierda es la hembra, que se apoya sobre una cría y que representa la fertilidad. ¡¡Y nosotros que pensábamos que eran sólo un adorno!! Lo que tampoco son un adorno son los inmensos calderos que hay por toda La Ciudad Prohibida. Estos calderos se llenaban de agua y servían para apagar el fuego en caso de incendio.

La Ciudad Prohibida es una visita obligada, pero es cierto que llega un momento que te empacha; hay tantos pabellones y todos tan iguales, que al final optas por ver una tercera parte y darlo por visitado. Lo que no hay que dejar de visitar es el parque Jingshan, al lado de la salida norte. No por el parque en sí, sino porque hay una pagoda con magníficas vistas sobre La Ciudad Prohibida y sobre una buena parte de Pekín. De hecho, está en uno de los pocos cerros de esta llana ciudad, cerro que se creó de la tierra retirada para hacer el palacio imperial.

Tenemos unas agujetas que nos hacen andar como Chiquito con los dolores... pero al menos mi estómago e intestinos han dejado de rebelarse contra mí. Pero el sueño que tenemos hace que nos quedemos dormidos en el metro o en cualquier lugar donde hacemos un descanso por pequeño que sea.

Donde no te puedes dormir es en la Plaza Tiananmén, ya que corres el riesgo de que implique quebrantar alguna regla desconocida, y que una horda de guardias te detenga. Estamos en la mayor plaza del mundo, rodeada no sólo de la Ciudad Prohibida, sino también de edificios con aire soviético como el Museo Nacional, el Mausoleo de Mao o el Gran Salón del Pueblo (el Parlamento). Preguntamos a ver si se pueden visitar, pero nos responden que no, porque hay una cumbre Chino-Africana, y, lo que es peor, no saben qué día los abrirán al público. Así que cambiamos de plan y nos dirigimos al cercano Teatro Nacional, una joya arquitectónica con forma de huevo. Pero también resulta imposible, ya que todo el centro está acordonado.

De alguna forma, la ciudad nos está diciendo que seamos pacientes y que nos vayamos a descansar. Vamos a estar casi tres días completos en la capital china, así que, nos retiramos a descansar para recuperar fuerzas... ¡¡Mañana tenemos otro plato fuerte!!

3 sept 2018

Ascenso al Taishan

Habíamos oído que en china las camas suelen ser duras. Pero la de esta noche ha sido una verdadera roca. Aún así, todo sea dicho, hemos dormido de un tirón quizá gracias al fresquito que reina en esta zona, dado que estamos 600 km más al norte.

Tras un desayuno con comida un tanto extraña, empezamos nuestro ascenso al "monte Tai" o "Taishan". Ésta es una de las cinco montañas sagradas para los Taoistas, y se dice que es la más famosa e importante. De hecho, es Patrimonio de la Humanidad porque el emperador Qin Shi Huang, el de los Guerreros de Terracota, anunció aquí en el 219 antes de Cristo la unidad de China. Qin se pronuncia "Chin", y por eso conocemos al país como "China". Menos mal que fueron ellos y no los de la dinastía Ming, porque quedaría muy feo que se hubiese llamado Minga... "¿Dónde has estado de vacaciones? He estado viendo la Minga". Definitivamente, no... ¡¡La humanidad se lo agradece, señor Qin!!

Hay varias formas de alcanzar la cumbre que se sitúa en los 1.532 metros. Hasta más o menos la mitad se puede subir o en bus o andando. Cómo no, elegimos andando, así que cruzamos lo que se conoce como la Puerta Roja. Tras unos quince minutos llegamos a las taquillas... porque sí, hay que pagar por subir al monte... ¡¡Es sagrado pero no gratuito!! Cuesta unos 17 euros por barba, pero tenemos la tarjeta de estudiante, y aunque la sorprendida cajera se resiste inicialmente, termina dándonos las entradas a la mitad del precio. Va a ser cierto que "estudiando se llega lejos".

Anoche llovió y hoy el día ha comenzado con un poco de niebla. El entorno es muy verde, y junto con la humedad le da un halo de misterio que anima a seguir ascendiendo. Además, es lunes y no hay mucha gente, así que se puede disfrutar de estar en contacto con la naturaleza.

En el recorrido hay templos, puertas e inscripciones pintadas sobre piedras, con lo que pensamos son relatos y versos taoístas. Está todo limpísimo ya que hay muchas personas que se encargan de recoger cualquier papelito que pueda haber en el suelo. Es una auténtica maravilla.

A medida que subimos vamos viendo más gente. Muchos nos miran sorprendidos de ver occidentales y nos saludan, algunos intentan entablar conversación en un rudimentario inglés y otros simplemente intentan que les digamos de qué país somos.

La neblina inicial se ha ido disipando y ha salido el sol. Llevamos unas dos horas subiendo escaleras muy empinadas y de tamaño de pié de chino... con lo que tienes que ir siempre mirando los escalones para no tropezar. Hacemos pequeños descansos que inicialmente intentamos que no sean frecuentes... pero es que hay momentos en los que el cuerpo nos exige hacer un alto en el camino.

Hacia la mitad del camino llegamos hasta adonde podíamos haber subido en autobús. Ahora toca decidir si vamos a coger el funicular o si vamos a seguir el ascenso a pié. Se dice que quién consigue subir el Taishan conseguirá también vivir 100 años. Aunque la leyenda no especifica el método de subida, pensamos que tendremos garantizada la centenaria edad si hacemos el "peregrinaje con sufrimiento". Así que, como si de la subida al Pagasarri se tratara, decidimos seguir a pié.

En el fondo, los dos pensamos que estamos locos y que no lo vamos a conseguir: como mínimo serán otras dos horas de martirio por una escalera más empinada, más abarrotada pues se suman los turistas que han venido en bus, y con mucho más calor pues ya está totalmente despejado. Aún así, como si de una nueva prueba de Pekín Exprés se tratara, seguimos el ascenso...

Agotador, extenuante, asfixiante, matador, ... y todos sus sinónimos son pocos para definir este martirio chino. ¿Que 25 emperadores lo subieron? ¿Que incluso el mismísimo Confucio también lo consiguió? ¡¡Pero si a nosotros que no paramos de hacer rutas casi nos da un mal!!

Lo que nos sorprende es que los chinos, aparentemente más bajitos y menos fuertes, tienen también el tesón para subirlo. A muchos los ves agotados sudando, pero otros suben con naturalidad y como si sudar no fuera con ellos. Además, hay de todas las edades, desde niños hasta jubilados de avanzada edad.

Finalmente, llegamos a la Puerta Sur del Cielo. Lo hemos conseguido... ¿o no? Cuando pensábamos que habíamos llegado resulta que la ruta continúa un poco más lejos... hasta la Cumbre del Emperador de Jade. Así que, no nos vayan a dar los 100 años, decidimos continuar hasta allí. Las vistas son muy bonitas, ha merecido la pena el esfuerzo.

Ahora toca bajar. Claro, bajas con la "garantía" de que como vas a llegar a los cien, vas a conseguirlo sí o sí. Pero es que bajar es peor que subir: en zigzag, rápido, despacito como en la canción... cada uno tiene su técnica para mitigar el dolor. Como los escalones son pequeños tienes que evitar que la zapatilla te roce no vaya a ser que caigas... y te lleves por delante a decenas de personas como si de bolos se tratara. Llega un momento que en vez de escalones veo hasta símbolos chinos... como dice mi ama "las piernas se me tronchan"... y sólo piensas "por Dios, que llegue ya al final". Resulta angustioso. Y son otras cuatro horas de angustia y de bajada.

Pero cuando llegas al punto en el que subiste el primer escalón, te reconforta saber la prueba tan dura de resistencia y esfuerzo que hemos realizado. Es difícil de describir, porque este agotamiento físico y mental en el fondo es absurdo; pero ha debido de ser ese "algo" que empuja a los deportistas en general a poner a prueba sus límites. Y más especial lo hace el hecho de que en total hemos visto sólo ocho occidentales entre los miles y miles de turistas chinos.

Una vez recobrado el aliento, volvemos al hotel a recoger la mochila. Después nos dirigimos a la estación, con tiempo suficiente para evitar una maratón como la de ayer. Como nos sobra tiempo hacemos algunas fotos por las afueras de la estación. Es otra de esas zonas totalmente nuevas con torres por todos los lados. Definitivamente, si lo comparamos con esto, Benidorm es una aldea... porque aquí no se vive en Gemelos 12, sino ¡¡en Decapentillizos 982!!

De nuevo en un tren bala, ponemos rumbo a Pekín. ¿Qué nos aguardará la capital del imperio?