5 oct 2017

Rajasthán III: Jaipur

Una vez más, inauguramos después de una vaca la utilización de las calles, ya que hemos quedado a las seis y media con Jitu. Se ve que o está dormido o que no le ha hecho mucha gracia, porque no está muy hablador durante las casi tres horas que nos lleva alcanzar Jaipur, la capital del estado de Rajasthán. Y como tal, tiene mucho para ver.

Empezamos por uno de los platos fuertes de la ciudad: el fuerte Amber. Éste es otro de esos castillos de los maharajás que se incluye en todas las rutas turísticas del país, ya que aquí es donde estuvo la capital del estado hasta el traslado a Jaipur. Es un palacio con bonitos jardines, pasillos y salones. Sin embargo, está prácticamente vacío, lo cual le quita un poco de emoción.

Lo que sí que tiene emoción es subir hasta el fuerte nada más y nada menos que montado en elefante. Es una turistada, con un precio exagerado para el país y una explotación de un animal salvaje al que se le ha anulado su voluntad. Pero también es una forma de que cuiden a los animales y de mejora de la economía local. Así que, tras un debate moral interno, decidimos subir sobre un paquidermo. El suave vaivén, los atascos con otros elefantes, el que nos eche agua con la trompa y hasta ver cómo defecan bolas de paja, le da un ambiente lúdico a esta subida que a pie habría sido agotadora bajo los treinta grados que hace.

Jaipur tiene muchos palacios y fuertes por la ciudad y alrededores. Y como sólo vamos a estar un día, nos limitamos a verlos desde fuera, como es el caso del fuerte de Jaigarh o el Jal Mahal, un palacete en una isla de un lago. Dentro de la selección que llevábamos hecha, uno de los que nos interesaba ver es Galta, al este de la ciudad. Se trata de un risco del que emana agua que se considera sagrada, y alrededor del cual hay unos 15 santuarios. El lugar es muy tranquilo, y se disfruta la visita viendo cómo se purifican los devotos y cómo se pelean los monos que habitan en la zona.

Una vez en el centro de la ciudad, comprobamos por qué se le denomina la ciudad rosa: todos los edificios que están dentro de la muralla están pintados en un color rosa/salmón, que le da un aspecto homogéneo. Pero, curiosamente, nuestra primera visita se desmarca de ese color: el Jantar Mandir. Es una especie de observatorio que construyó el Sawai Jai Singh II y que cuenta con 16 instrumentos para medir la temperatura, la hora y hasta los horóscopos... con una asombrosa exactitud.


En lo que llevamos de viaje ya hemos visto vacas sagradas, monos, elefantes y camellos. ¿Y qué completa el Big Five indio? Sí, nos faltaba la típica imagen de un encantador de serpientes con una cobra desafiante. Dicho y hecho, en pleno centro de la ciudad damos con todo el equipo.

El Rajastán significa literalmente "tierra de reyes", así que antes de abandonar este estado visitamos dos palacios más. El primero es el Palacio Real, del maharajá Sawai Man Singh II. Es también toda una maravilla arquitectónica y, además, cuenta con dos urnas de plata que se utilizaron para llevar agua del Ganges a Inglaterra y que según el libro Guiness de los récords son los dos objetos de plata más grandes del mundo.

Pero si hay un edificio que identifica a Jaipur ése es sin duda el Hawa Mahal, "El Palacio de los Vientos". En realidad, no es más que un conjunto de balcones y celosías, desde donde las mujeres del harén podían ver qué ocurría en la calle. Eso sí, aquí poco hay de palacio ya que detrás de la fachada como mucho hay una habitación de fondo. Quizá esa misma idea de la palabra "palacio" es la que se utiliza al nombrar hoteles y restaurantes: todos se apellidan "palace" y la mayoría están para derrumbarlos; claro que nosotros también tenemos nuestra propia Gravera Palace en Vicálvaro...

Cae la tarde en Jaipur y ponemos rumbo hacia el aeropuerto. De camino, paramos en los dos últimos lugares que visitamos de la ciudad: primero el Royal Albert Museum; después, la joyería Motisons, que con su edificio con forma de pétalos es uno de los pocos ejemplos de arquitectura moderna que hemos encontrado.

Primero Udaipur, luego Jodphur y finalmente Jaipur. Lástima que no existiera Ambipur porque en muchos momentos habríamos recurrido a ella. La tierra de Rajas (de reyes, vamos) es sin duda un estado muy interesante y con muchas cosas por descubrir. Pero mucha más India nos aguarda y queremos descubrirla. Ya de noche despegamos rumbo al estado de Punjab, pero con escala en Delhi donde hacemos noche. Una vez más caminamos por los alrededores del aeropuerto hasta llegar al hotel... ¡¡por llamarlo de alguna forma!! Ya no estamos en tierra de majarahás y se nota.

4 oct 2017

Rajastán II: Jodhpur, Ajmer y Pushkar

Aunque venimos de mochileros maduritos a la India, no hemos querido renunciar a las comodidades de los hoteles occidentales en lugar de optar por los alojamientos de esos viajeros que buscan una experiencia más mística y donde luego se encuentran desagradables sorpresas con muchas patas que corren por la habitación. Como hoy Jitu, nuestro chófer canturrón, nos recogerá un poco más tarde, aprovechamos para desayunar en el hotel. El desayuno, como la mayoría de comida que hemos visto, es vegetariano. Aquí no hay ni beicon ni salchichas, pero tenemos suerte porque hay huevos y lácteos. Como luego nos confirmará Jitu, dependiendo de la casta se es "vegetariano puro" (vegano), vegetariano o puede comer carne; estos últimos se limitan prácticamente a pollo o cordero en pequeñas cantidades, así que asistir a una sagardotegi podría matarlos de un infarto. Mientras desayunamos nuestro desayuno evidentemente también picante, vemos cómo los huéspedes que bajan a desayunar se van sentando alrededor nuestro, y hasta en nuestra mesa... ¿es que no conocen el concepto de espacio vital?

Ayer visitamos el "casco viejo" de Jodhpur, recorriendo su bazar lleno de ajetreo y viendo las casas de color azul que hacen que se la conozca como "la ciudad azul". sin embargo, hoy la visita comienza de una forma mucho más tranquila: visitamos el memorial al maharajá Jaswant Singhji. Terminado en 1906, no sólo conmemora su muerte, sino que es el lugar donde están también los cenotafios donde incineraron los cuerpos de sus ancestros, y de sus sucesores hasta 1996, momento en el cual la familia real de Jodhpur dejó de tener poder. Este lugar es muy tranquilo, y no debería ser para menos, dado que se piensa que aquí nació el yoga, y que esta familia real lo apadrinó.

Pero la joya de Jodhpur es sin duda el fuerte Mehrangarh, antigua residencia de la familia real de Jodhpur. Situado en una colina se muestra imponente sobre la ciudad. De hecho, este fuerte nunca consiguió ser expugnado gracias a sus gruesos muros o ideas tan sencillas como que las puertas están en curva para evitar que se los elefantes pudieran coger impulso y derribarlas.

Una cosa que nos impacta es el panel de huellas de manos de las maharahanis, las mujeres de los maharahás. La filosofía de los maharajás cuando iban a la guerra era "victoria o muerte", ya que preferían morir antes que la deshonra de ser dominado. Pero lo peor era que, cuando él moría, se traía el cuerpo al fuerte, y la mujer lo sacaba en procesión con sus pertenencias, salían del fuerte, sellaba con su mano y los quemaban en una pira... ¡¡mujer viva incluida!!

Los maharajás ya no tienen el poder (ni las tradiciones) que tenían antes. Con la independencia del Reino Unido dejaron de tener poder, pero siguen teniendo los títulos nobiliarios y siguen realizando actos de representación. Lo que no ha cambiado es que estos antiguos monarcas siguen viviendo a todo trapo: A las afueras de la ciudad, en un barrio con mucho caché, se han construido otro palacio, el Umaid Bhavan Palace, que se puede ver desde kilómetros a la redonda. La expresión "vivir como un maharajá" sigue de plena actualidad.

Volvemos a la carretera y tras tres horas de baches, pitidos y adelantamientos de video-juego, llegamos a Ajmer. Siguiendo las recomendaciones de la guía que llevamos, y con Jitu refunfuñando, visitamos uno de los colegios más prestigiosos de todo Asia: el Colegio Mayo. Si en Donostia me enorgullece tener un barrio con mi apellido, esta vez le toca el turno a Pablo ante esta institución académíca que lleva su poco frecuente apellido y más aún plasmado en un elegante edificio a tantos kilómetros de casa.

Cuando le decíamos a Jitu los lugares que queríamos visitar en Ajmer, nos ponía algunas pegas. Tras atar cabos llegamos a una conclusión: a los hindúes no parece hacerles mucha gracia los musulmanes y Ajmer es conocido por ser un lugar de peregrinación para los practicantes del Islam. Con la excusa de que no se puede entrar al centro en coche, nos deja a unos diez minutos andando. Andando por una calle muy comercial llegamos a la mezquita Dargah Sharif. No hay turistas, y no se puede entrar ni con mochila ni con cámara de fotos. Así que, nos descalzamos y entramos de uno en uno. Es un complejo muy grande donde todo gira en torno a la tumba del gran santo sufí Khwaja Moinuddin, y la gente está rezando, haciendo sus rituales de purificación o simplemente charlando. Estando solo, las miradas te taladran, ... pero como parece que todo vale hasta me invitan a rezar el corán, a lo que me niego con una sonrisa que estos te islamizan echando bombas, digo pompas.

Una vez terminada la visita y tras recoger el calzado del "shoe-parking", subimos por una calle llena de tiendas de musulmanes que podríamos considerar el lugar más raro en el que hemos estado jamás. Entre el ajetreo, los olores, el bullicio y no habiendo ni un sólo turista, nos preguntamos "que cojones hacemos aquí... en este sitio tan genuino". Y esa sensación agridulce se potencia más al visitar la joya arquitectónica de Ajmer: los restos de la antigua mezquita Adhai-Din-ka-Jhonpra. Tiene un aire muy persa.

Y cuando pensábamos que el día de hoy ya no nos podía sorprender más, llegamos a nuestro último destino: Pushkar, la puerta del desierto. Este es otro centro de peregrinación, pero en este caso para los hindúes. Llegamos primero al hotel, que al verlo por fuera crea una tensa calma... que luego se relaja al ver que el "Séptimo cielo", que es como se llama, es un bonito hotel, muy familiar y decorado con mucho gusto creando un ambiente de las mil y una noches.

Las calles de Pushkar son otra cosa... Primero vamos al lago alrededor del cual están los gaths, los lugares de los rituales. Hay que descalzarse y llevo calcetines blancos... la tragedia es inminente. Es de noche y la atmósfera es muy extraña: hay gente cantando y haciendo movimientos extraños, mientras sorteamos vacas y sus cacas, perros tumbados, hedores... con esto Paranormal Activity me va a parecer del nivel de Disney Channel. Alrededor del lago está el bazar y su atmósfera no es mucho mejor: llena de gente, motos humeando, tuc-tucs enloquecidos, tiendas donde dicen "cocinar"... y a todo esto hay que sumarle un calor bochornoso y que el aire es irrespirable. Para añadir emoción llegamos hasta el mercado de camellos, donde estos animales de ojos saltones orinan en cualquier sitio. Casualmente, tenemos un momento de desahogo al entrar a una tienda a comprar algunos regalos y negociar con el tendero. Lo bueno de este lugar es que en este bazar se puede mirar y preguntar tranquilamente, sin que agobien al turista, cosa que aprovechamos.

Matados, agotados y hasta asfixiados por la mezcolanza de olores, terminamos el día en el restaurante de la azotea del hotel. Nada de no-picantes que pican, vamos a lo seguro y comemos couscous y pizza. Y tras juguetear con uno de los gatos de los propietarios, caemos rendidos en una cama en la que hay que coger un tuc-tuc para ir de lado a lado. Pero sin pitar, ¡¡por favor!!