31 ago 2026

George Town, Penang

Frío, calor, frío, calor, ... sin el aire acondicionado la habitación está más caliente que el piso de Basauri; enciendes el aire acondicionado y eres transportado automáticamente al verano letón de Daugavpils con sus cuatro grados en pleno agosto. No acabamos de entender cómo los malayos consiguen ir tan airosos por las calurosas calles y luego no se criogenizan cuando están en casa... porque aquí, el aire acondicionado en verano es un imprescindible, hasta hemos visto a gente fresquita dentro de los coches simplemente mirando el móvil.

Suena el despertador y qué gusto da detectar automáticamente que estamos de vacaciones: si normalmente lo ponemos a la 07:30, es irse de vacaciones para que suene una hora antes. Todo el año queriendo cinco minutos más de cama para que luego lleguen las vacaciones y acabemos durmiendo mucho menos. Una duchita en el baño todo-en-uno (la ducha no tiene separación con el resto del baño), un nescafé y lo poco que nos queda de bollería de la tienda del empleado, y "hámonos", como dicen en Royal City, a conocer la ciudad.

George Town, capital de la provincia de Penang, es junto con Melaka, las dos únicas ciudades malayas declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO; aquí llegaron los británicos en 1786, la colonizaron y le pusieron ese nombre en honor al rey Jorge III del Reino Unido. Sin embargo, aunque se ven muchos edificios coloniales, nuestra primera impresión es que está colonizada por chinos: por todos los lados hay letreros escritos en inglés y en símbolos chinos. Y es que éstos representan el 22 % de la población debido a siglos de comercio y a una llegada de trabajadores durante el sigo XIX bajo el dominio colonial británico. Y eso que no hubo una regularización masiva, ¿eh? Es el problema de los movimientos migratorios masivos, que crean una cultura paralela en vez de integrarse en la de acogida... dos siglos después, las generaciones actuales siguen siendo "chinos" en Malasia.

Aún así, Malasia es una ensalada de culturas y religiones, donde se juntan grupos étnicos y sus religiones, "juntos pero no revueltos" como se suele decir. El Islam es la religión predominante con un 63 % (a la cual la constitución exige pertenecer por ley), seguida del budismo, cristianismo e hinduismo. Cada cual tiene sus propios templos y creencias, y es muy fácil encontrar casi en una misma calle edificios de las diferentes confesiones.

El primer lugar que visitamos es un templo budista de la corriente tailandesa. Hemos elegido el Chayamangkalaram por que en su interior hay un buda tumbado, en lugar del típico sentado luciendo tripita o del que está de pie haciendo diferentes posiciones con una mano. Sinceramente, no entendemos mucho del budismo, pero sus templos son tan coloridos y exagerados, que tiene un toque friky que no pasa indiferente. Dragones, elefantes, grullas, escenas de la vida de Buda a tamaño real, ...  es como que no sabes ni a dónde mirar de lo estrambótico que es todo. Lo que sí que hay que reconocerle a esta religión es que transmite "buen rollo"; a diferencia de la religión cristiana que se fundamenta más en el castigo y en el dolor, la budista se basa más en la meditación y en la positividad, algo que seguramente atraiga a muchos "modernos" con ganas de creer en algo y que acaban tatuándose a Lord Ganesha o a Shiva en alguna parte de su cuerpo.

En este primer templo que visitamos nos llama la atención que te puedes comprar el traje de monje completo por el equivalente a veinte euros. También nos ha resultado muy curioso que, en la parte inferior de donde está el buda hay centenas de urnas cada una con una foto, que obviamente son los restos de gente fallecida. También nos llama la atención que en las paredes hay miles de budas pequeñitos, algo que hemos visto también en muchos templos en otros países.




Frente a este templo de nombre impronunciable, hay otro budista también, pero de la corriente birmana. En su interior hay un enorme buda de pie y, así a ojímetro, no sabríamos decir qué diferencias hay entre ambas corrientes... ¡¡porque es igual de friki!! Nos damos un paseo por el interior y por sus fuentes, estupas y escenas de Buda y damos por terminado este primer aperitivo de religiones del mundo del día.


Pedimos un Grab (el Uber de Asia) para que nos lleve hasta la colina de Penang, donde visitaremos The Habitat, un recorrido entre la selva tropical apto para cualquier estado de forma. Una conductora (nos agrada ver que hay muchas), nos lleva hasta la base del monte, donde nos dice que tenemos que contratar un jeep para subir hasta donde se hace el paseo; nada más salir del coche llama al que pensamos que es su "primo" que nos indica en un cartelito hecho en su casa que por el equivalente a 30 euros nos sube y nos baja. "¿Perdona? ¿Que me ves guiri y me subes el precio? Pues me voy a la mútua..." mutua exclusión porque terminamos pasando de pagar y él de convencernos. Por lo visto, para subir a la cima se han montando un chiringuito en el que los coches privados o taxis no pueden subir, sólo los que se contratan dentro del parque. "Mmm... ¿y qué hacemos? Google dice que tardamos dos horas y media si subimos andando." "Bueno, seguro que luego no es para tanto y, además tenemos todo el día". En realidad, quien hablaba era nuestro amor propio, no podíamos consentir no haber tenido eso previsto y mucho menos que nos obliguen a comprar la turistada. Así que, con nuestra ropa no-deportiva, empezamos el ascenso; en un punto de control un hindú nos para y nos dice que normalmente no dejan subir a la gente andando, pero que nos ve en buen estado físico; nos toma la tensión poniendo su dedo en nuestra muñeca: a Pablo le dice "good, good" y a mí "strong heart"... y porque no tiene un medidor de obstinación que en este momento bato todos los récords.

Empezamos el ascenso con una inclinación de, por lo menos, un 30 % ... estamos frescos y seguro que es sólo al principio. Pasan los minutos y la pendiente se mantiene constante... jo, que somos muy de ir al monte, no podemos flaquear; rodeados de selva (con monos pasando de rama en rama, chicharras tocando "el afilador" y hormigas más grandes que Trancas y Barrancas) conseguimos superar la primera hora, empapados de sudor... con nuestros cuarenta-y-tantos haber empezado a correr tiene que servir para algo,  ¿no? La cuesta, literalmente, empieza a doler... mientras nos cruzamos en algunas ocasiones con hombres que suben en moto y que nos dicen "very well" al ver nuestra proeza. Finalmente, en poco más de hora y media (una hora menos de lo que indicaba Google), conseguimos llegar a nuestro destino. La subida ha sido bastante dura, pero el hecho de haber conseguido completarla, hace que no nos arrepintamos de la decisión tomada.

Empapados en sudor, validamos nuestras entradas en "The Habitat", un recorrido con pasarela que cruzan y serpentean esta masa selvática en la que viven muchas aves, simios, mariposas, lagartos, ... pero que a esta hora están más bien escondidos y que no conseguimos ver. Eso sí, el recorrido (que son unos 45 minutos) resulta muy agradable y bonito. Hay muchas especies de plantas, algunas con enormes hojas (por la humedad y el calor) y otras de colores y formas poco habituales en Europa. De hecho, Pablo observa un helecho cuyas ramas forman octógonos, algo que nunca habíamos visto.







Todo lo que sube baja... y ahora nos toca bajar a nosotros. Como la aventura de la subida ha sido una asequible temeridad, decidimos hacer un órdago y bajar por otro sitio, ya que queremos visitar un templo cercano y parece que hay un atajo. ¡Un atajo de incompetentes! Hay un montón de rutas llamadas "bypass" seguidas de letras "A, B, C, ...", pero en ningún sitio indica a dónde lleva cada una. En The Habitat nos dijeron cual coger, así que probamos con esa... pero luego desemboca en otras y acabas en una trampa que no sabes por dónde seguir. Y claro, no es sólo la incertidumbre de en dónde acabaremos, sino que también está la inclinación destroza-gemelos... por no hablar de que el camino es estrecho y tienes que hacer espacio para que algún motorista que hay pueda pasar. El tiempo se nos hace eterno y hay veces que las piernas empiezan a tomar diferentes decisiones que las que les manda el cerebro. Pero por fin, después de andar más de dos horas, llegamos a la civilización, estamos salvados. Así sin quererlo, entre la subida y la bajada nos hemos hecho 25 kilómetros... ¿eso cuántas subidas al Gang Gureng es? ¿Y al Al Vavara? ¿Y si lo haces pasando por Elorritxueta y Txaketoiturri sin olvidarte de Aspurugoitia?

Morimos de agotamiento, de sed y de calor. Así que buscamos un sitio para comer y beber algo, lo cual es difícil porque casi todo está cerrado por ser hoy el Día Nacional de Malasia. Tal es la gravedad de nuestro estado que acabamos en un local vegetariano. "¿Yo en un vegetariano?" Conceptualmente me parece "lo más", pero soy de esos a los que como le pongas un chuletón delante se le caen todas las convicciones. Sin embargo, dadas las circunstancias, si tienen sillas y bebidas frías, el resto es accesorio. Pido algo en salsa agridulce (creo que es tofu) y Pablo pide gambas... "¿Perdona? Las gambas también son animales así que será algo que se parece a las gambas pero que no será de origen animal,  ¿no?" "Ah, pues no había caído, pensaba que era sólo que no sirven carne"... todo confirma que Pablo está igual de "matao" que yo.

Después de recuperarnos un poco y volver a ser menos piltrafas humanas, retomamos el recorrido para ir hasta el Kek Lok Si Temple, el templo budista más grande del país y centro de peregrinación del sudeste asiático. Budas, budas y más budas, ¡hay budas para todos! Y, por supuesto, el símbolo que no terminamos de acostumbrarnos: la esvástica invertida o "sauvástica", que sorpresa de nosotros los europeos, es símbolo de buena suerte y eternidad. En este templo, destaca la estatua de Kuan Yin (diosa de la misericordia) de más de 30 metros y la Pagoda de los Diez Mil Budas.



Un último Grab del día nos lleva a la zona centro de George Town. En concreto, nos deja en Chew Jetti, un conjunto de casas construidas sobre el agua, donde los inmigrantes chinos construyeron sus viviendas cuando los malayos empezaron a ponerles impuestos si tenían sus casas sobre tierra, como medida de presión. Aunque alguna "calle" se ha convertido en un reclamo turístico, basta con elegir cualquier en la que no haya ninguna tienda para poder ver cómo son sus casas de verdad y ver cómo viven, pues a menudo tienen las puertas o ventanas abiertas.


Otra cosa muy peculiar de George Town es su arte callejero. Por lo visto, cuando se le otorgó el título de la UNESCO, se hizo un concurso para embellecer la ciudad y se crearon un montón de murales esparcidos por el centro de la ciudad. Para nosotros, los más bonitos resultan los que mezclan escenas pintadas con objetos reales, como por ejemplo bicicletas, columpios, etc. También hay muchas obras que son piezas metálicas que cuentan historias de la ciudad.


Aquí anochece pronto, en torno a las 6 de la tarde. Así que, damos paseos por el centro histórico, tomamos unos helados de coco (del coco verde, no el marrón) y mango, vemos algunos monumentos como la Mezquita del Capitán Keling y cenamos algo entre lugareños antes de volver al hotel.



Hoy ha sido un día a lo grande sobre todo por ese gran trekking inesperado o por lo grande de las estatuas de los templos que hemos visitado. ¿Serán mañana también nuestras agujetas igual de grandes?

30 ago 2026

¿Cuántos desafíos has hecho?

En esto de viajar la vida te demuestra constantemente que, por mucho que lo hayas hecho, siempre hay sorpresas en el camino... quizá es que los contratiempos y los favora-tiempos (si es que existe el palabro) definen lo que un viaje es en sí. Acomodados en la sala VIP y disfrutando de una última vuelta al bufé y al café después de haber escrito el blog del día anterior en la "sala de informática", algo inconsciente me invita a animar a ir yendo a la puerta de embarque. Queda una hora aún, pero un cambio de puerta de última hora, había encendido mi pilotito de estar prevenido. "A ver, la puerta C18..., ¿dónde estará?" Unas indicaciones hacia las puertas "C" nos llevan a una parada de tren sin conductor que recorre todo lo largo de la terminal. "Pero, si según el mapa, estaba al lado de la sala VIP", pensaba mientras una tensión inesperada había hecho su presencia. "¿Cuánto tardará en venir? ¿Y en llegar? ¿Habrá una segunda sorpresa?" pensamos mientras esperamos a que haga su aparición. Todo se queda en una falsa alarma, porque enseguida llegamos a la puerta de embarque en la que aún está todo el pasaje.

Un nuevo vuelo de Qatar Airways nos llevará en este ocasión hasta Kuala Lumpur, la capital de Malasia. El pasaje ahora es más bajito, con ojos rasgados y algo más inquieto. También se ven algunos europeos e incluso españoles, pero el número se ha reducido notablemente con respecto al vuelo anterior. El embarque es rápido y enseguida ocupamos nuestros asientos. En esta ocasión yo voy en ventana y Pablo en el asiento del medio, al lado del que bautizamos como el "capitán jubilado", ya que varios miembros de la tripulación vienen a saludarlo y a darles sus respetos. Si hay algún contratiempo, tener de vecino a un "lobo del aire" seguro que nos aporta algo.

Pocos minutos después de que el avión despegue, caigo dormido: son las dos y media de la mañana y estamos en la lado contrario al que tiene las vistas a la ciudad. Hoy hemos andado más de 25 kilómetros y es inevitable estar agotado... hasta que sirven la cena. ¿Pero a quién le apetece un plato de pasta a las cuatro de la mañana? Deben de tener el reloj con el huso horario de la costa oeste, porque no nos lo explicamos. Aún así, como no sabemos cuándo será la siguiente "toma", cogemos la bandejita y decidimos qué comer y qué dejar para luego. Lo bueno es que aquí no hay ni que preguntar "¿me lo puedes poner en un tupper para llevar?" y mucho menos "¿pero cómo que cobráis el envase?".

Este vuelo ha sido muy tranquilo y el hecho de ser principalmente de noche a menguado el número de anécdotas que suelen surgir observando lo que ocurre en un espacio tan reducido. Lo único que nos ha llamado la atención ha sido que casi al final del vuelo una azafata ha paseado por la cabina con unos botes que soltaban un gas, supuestamente ambientador. Los cospiranoicos que dicen que los aviones nos fumigan aquí tendrían razón... pero en esta ocasión lo están haciendo hacia adentro.

Si ayer veíamos todo un desierto cuando nos aproximábamos a Doha, hoy es todo lo contrario en la aproximación a Kuala Lumpur: masas verdosas de árboles inundan hasta donde alcanza la vista, todo un oasis de vegetación. Cruzamos el estrecho de Melacca entre la península de Malasia y la isla indonesia de Sumatra, y enseguida aterrizamos en el aeropuerto Internacional de Kuala Lumpur o "KLIA" como lo abrevian aquí. Después de siete horas y media y de haber recorrido 5.900 kilómetros (y de escuchar unos ruidos similares a los de la nevera de Basauri) cogemos un trenecito interno que nos lleva hasta la terminal principal donde está el control de pasaportes. Para entrar en Malasia había que rellenar tres días antes un formulario online y eso parece que evita las típicas colas; de hecho, está todo automatizado: escaneas el pasaporte, te analizan la cara biométricamente y si se enciende la luz verde estás dentro... ya ni hay que hablar con ningún policía de fronteras que te haga preguntas incómodas.

Ya sólo toca recoger las mochilas que facturamos en Madrid y que esperamos se hayan "acordado" de incluir en este vuelo. "A ver, a qué cinta tenemos que ir... ah, la C". Nos dirigimos a la cinta donde hay maletas de otros cuatro vuelos. Maletas y más maletas... grandes y pequeñas... pesadas y ligeras... alguna mochila... ¿Y las nuestras? Ya sólo están saliendo las de Doha... ¿seguro que es aquí? El nerviosismo empieza aumentar a medida que vemos que en el bingo de maletas todos los pasajeros son agraciados menos nosotros. Al final, nos toca plaza en Ciempozuelos, ya verás... una agonía "hermínica" empieza a aflorar. ¿Y si embalarla no fue una buena idea? ¿Y si el plástico hizo que se quedara enganchada? ¿Pero las dos? Finalmente, dos bandejas con sendas mochilas con restos de plástico cual caramelo chupado y cerrado de nuevo, aparecen ante nosotros, mientras nos reponemos haciéndonos los machotes con un "bueno, tampoco hubiera pasado nada" (claro, porque no ha pasado que si no, habría que verlo).

Con la liberación de no tener que dedicarnos a averiguar cuántas 'X' tendría nuestra talla en este país de gente menuda, nos dirigimos a facturar de nuevo (sí, nos va el riesgo) nuestra recién recuperada mochila de ropa limpia. "¿A qué hora sale el vuelo a Penang?" "A las 19:15" "Pues aquí no hay ningún vuelo a esa hora" (aquí es cuando los panguis dicen su "oh-oh"). De casualidad veo en el móvil que salimos de la Terminal 2 y comprobamos que estamos en la T1. "Ah, pues tenemos que ir a la T2, obvio". ¿O no tan obvio? Empezamos a buscar las indicaciones, a subir y bajar escaleras mecánicas hasta que llegamos a la planta -1 donde nos dicen que hay que comprar un billete para coger un trenecito que nos lleva a la T2. ¿Pero otra vez estamos con tener que coger trenes inesperados? Nos parece raro que haya que pagar, así que preguntamos por la versión "gratuita", de la cual nos informan desganadamente. Salimos al exterior y cogemos una lanzadera que tarda un montón de tiempo en llevarnos hasta la otra terminal... esto no son dos terminales, ¡¡tienen que ser dos aeropuertos!! Cuando llegue a casa escribiré quinientas veces "aunque vayas con tiempo, nunca subestimes las conexiones entre terminales, siempre llegarás justito".

La terminal 2 es mucho más de andar por casa. Está atosigada como El Corte Inglés, repleta de tiendas y restaurantes de vivos colorinchis que atraen tu atención. Buscar las indicaciones de cómo llegar a "Salidas" es toda una gynkana, y tendrás que subir y bajar varios ascensores hasta dar con la terminal "de verdad" que está al lado de la terminal de "comida y tiendas". Madre mía... me está dando miedo ver cómo será un mercado de carne y pescado aquí.

Para evitar problemas en un segundo rescate de mochilas en la cinta, preguntamos a ver si podemos subirlas como equipaje de cabina... y nos dicen que sí, así que un problema menos. Un nuevo control de pasaportes, de equipajes y a encontrar la puerta que, esta vez ya no requiere coger ni trenecitos ni lanzaderas. Reorganizamos un poco las mochilas grandes y las pequeñas, comemos restos del vuelo anterior, recargamos los móviles y... ale, a embarcar otra vez. En esta ocasión vamos con Air Asia, que nos llevará en una hora exacta a Penang, una isla en el norte del país por donde empezaremos nuestro recorrido. Vamos en filas diferentes y aprovechamos para dormir y dejarnos el cuello con los inevitables cabezazos. Estamos ya para el arrastre y esperamos no ver un avión en los próximos días ni cuando se emula para que un bebé coma.

Y llegamos a Penang. En mi imaginario me la imaginaba exuberante de vegetación y, aunque es de noche, parece que no es del todo así porque justo al lado del aeropuerto hay unos rascacielos de viviendas que ni en el mismísimo Benidorm. Ahora toca la siguiente prueba: ¿Vamos al hotel en taxi o en autobús? Pues hombre, eso está claro, siempre hay que dar prioridad a la experiencia inmersiva: elegimos el autobús. Empiezan a pasar el 401E, el 102 y el 401, pero nos dicen que no van a Georgetown, la capital de la isla, porque van en el otro sentido. Después de casi hora y media, de que una chica nos pidiera compartir Grab, de que un indonesio entre en conversación y se vaya sin decir adiós en cuanto encuentra su autobús, y de que un conductor antipático me contestara perdonándome la vida, conseguimos montarnos en un autobús en dirección al hotel.

Cuando pensábamos que todo estaba resuelto vemos que hay unos enormes atascos, seguramente porque mañana es el Día Nacional de Malasia y al ser festivo la gente ha salido a colapsar la ciudad. Tardamos como hora y media en llegar, y nos volvemos a dejar las cervicales cabeceando en un autobús con mucha gente ruidosa con ganas de celebrar su independencia.

Cuando pensamos que ya está todo resuelto, llegamos a la calle donde está el alojamiento que hemos reservado (una habitación en una casa tradicional) y donde supuestamente tenemos que meter un código para acceder, que no acaba de regalarnos una lucecita verde. Escribimos a los del alojamiento y nos envían datos que no teníamos, como que uno es el código de entrada y otro el de la habitación... bueno, por fin podemos dormir hoy en una cama como "alá manda", ¿no? Pero no, un último giro inesperado amaga con poner nuestros nervios a prueba. "No encuentro ni el adaptador, ni el ladrón y ni el cargado del móvil" le digo a Pablo mientras vacío las mochilas echando al traste lo bien que venía la ropa plegada desde casa. Cuando ya doy por hecho de que mañana tendremos que perder tiempo en comprar un cargador de móvil tipo inglés y que corremos el riesgo de quedarnos sin batería, se me enciende una lucecita y le digo a Pablo que mire en su mochila en el bolsillo superior... ¡y voilà! Cuando reorganizamos las maletas pensé que la suya era la mía (son exactamente iguales) y lo guardé todo pensando que lo estaba metiendo en la mía.

Hoy ha sido un día que nos ha ido poniendo pequeñas pruebas que hemos ido resolviendo: trenecitos entre terminales, maletas que parece que no llegan y pérdidas encontradas. Se podría ver cómo la "mili" viajera para comprobar que sobreviviremos airosamente los próximos días. Y lo mejor de todo... podremos hacerlo con la batería llena y calzoncillos limpios.

29 ago 2026

Catar

Con una nevera tan vacía como para oírse el eco, con la casa como una patena para que la vuelta no sea traumática y hasta con las cuentas de la tía Clari saldadas, nos ponemos, por fin, en modo vacaciones. La mochila la hemos ido gestando los últimos días y todo lo preparable ya ha sido preparado, así que toca ponerse la mochila en la espalda y conectar la alarma de casa (din-dón, din-dón, riru-rí, hace como siempre ese cacharro que nunca suele funcionar a la primera).

Atravesamos el subsuelo del centro de Madrid para llegar en Cercanías a la Terminal 4, donde lo primero que hacemos es embalar nuestras mochilas al lado del típico quiosco donde se embalan equipajes. ¿"Al lado" has dicho? ¡Literal! Sacamos un rollo de film transparente a estrenar para embalar y empezamos a plastificar esas dos mochilas que por tantos lugares nos han cubierto la espalda. "Éste del Ahorramás no es muy bueno, ¿no?" le digo a Pablo mientras el chico que cobra 15 euros por maleta nos mira de reojo. No nos ha quedado muy profesional, pero pensamos que aguantará hasta destino o, como mucho, perderá a mitad camino esa nueva piel que le hemos plantado, que tampoco es mucho perder. Tenemos tres vuelos por delante y después del primero se quedará 24 horas en el aeropuerto de Doha, mientras visitamos la ciudad, así que cualquier protección siempre será buena.

En el mostrador de facturación nos ponemos en la cola de entrega de equipaje (dado que ya facturamos on-line) y evitamos una inmensa cola desde la cual nos miran raro al ver que casi nada más llegar ya estamos en el mostrador. Hemos cantado "línea" y vamos para "bingo", señores... por alguna razón que desconocemos el chico que nos atiende es super-amable y nos cambia los asientos por unos mejores, para que vayamos más cómodos y más cerca de la salida para estar en la pole hacia el control de pasaportes en destino. ¿Será porque vamos en una aerolínea top? ¿O simplemente habrá valorado lo creativos que nos han quedado los embalajes de las mochilas?

Cruzamos el control de tarjetas de embarque y "sufrimos" el nuevo sistema super-mega-avanzado de escáner del equipaje de mano... todo un sistema mecanizado por el que las bandejas donde depositar tus pertenencias aparecen solas de la nada... pero que luego requieren de una "guardia de tráfico" que siempre decide que pasen primero la de los últimos pasajeros en llegar. A pesar de todo, nosotros estamos pendientes de otra cosa... nos comunicamos con la mirada... "¿Será ése?" "¿Será aquél?" Intentamos adivinar, de forma imposible, quién fue el que le quitó los alfajores a Estela y le dijo de forma casi posesa "¡¿Para qué trae eso?! ¡Eso no se puede traer!"; nos lo hemos imaginado tantas veces que ya alcanza el nivel de una escena de El Exorcista.

Hoy volamos a Doha y mañana por la noche a Kuala Lumpur, ambos vuelos con Qatar Airways. El avión de la que es clasificada como la mejor aerolínea del mundo tiene muy buena pinta, muy nuevo y espacioso. En cada asiento de la clase "Economy" hay depositada una manta bastante grande, una almohada, unos cascos y un paquetito con unos calcetines, un antifaz, unos tapones para los oídos y un kit de limpieza dental. Todo tiene muy buena pinta hasta que una familia numerosa egipcia se sienta justo al otro lado del pasillo, levantándose constantemente para abrir el compartimento superior y empezar a sacar cosas que no van a necesitar de sus equipajes. Mientras el óryx árabe eleva el vuelo hacia los cielos de Madrid, Pablo se pone negro con los enérgicos tosidos del cabeza de familia que no para de expeler su virus del Nilo casi hacia nuestro lado... Aquí me gustaría ver a la mujer esa tan fina que sale en Zapeando y hablando de protocolo... seguro que protocolariamente se le tiraba al cuello y le clavaba algo gritando "¡si hay cubiertos siempre hay que usarlos!".

Caemos dormidos para que, a eso de las doce y media de la noche, nos sirvan la cena. A ver, que en España se cena tarde, ¡pero no tanto! Eso sí, te puedes pedir un buen copazo porque en el carrito no hay nada de zumos engordados con azúcar... ¡¡hay botellas de whisky, ron y ginebra!! Así te convencen de que son la mejor aerolínea e, incluso, de que Espinete existe. Dormimos una segunda parte del viaje de forma un tanto regulera para acabar descubriendo que en breve vamos aterrizar. Pero, ¿así? ¿Sin un café mañanero? ¡Ah, que la cena era cenasyuno! Pues a ver si consigo que el cerebro me funcione sin café, habiendo dormido poco y sabiendo que tenemos que estar despiertos durante las próximas 22.

Aterrizamos en el aeropuerto de Doha y cuando salimos a la escalerilla para coger el autobús hacia la terminal, el calor y la humedad nos dan una buena bofetada en toda la cara, que ni el más entrenado del Box de José Manuel. Hoy se espera que haga 32 grados... ¡¡de mínima!! La máxima va a ser 43 grados con una sensación térmica de 48... hace poco tiré el horno en el que Noemí le preparaba los paninis a su hijo y dudo que alcanzase esa temperatura. ¡Vamos a acabar crujientes!

Son algo más de las siete de la mañana y recorremos en bus el aeródromo catarí que está a medio gas. Llegamos a una parada donde el conductor dice "transit only" y donde se baja todo el mundo menos una familia y nosotros. Vaya, ¿es que para nadie es éste su destino final? ¿Nadie quiere "tachar" o qué? Sorprendentemente vemos que muy pocas personas pasamos el control de inmigración para acceder al país... y eso que todo es muy fácil y ha salido sin absolutamente ningún contratiempo. Además, ya hemos visto a los primeros hombres vestidos de blanco con el arito para el pañuelo y mujeres con velo o burka (fantasmitas blancos y negros según Pablo). Vamos al baño por un "por si acaso", bebemos un poco de agua y ale, a conocer la ciudad. 

Lo primero que hacemos es comprar un billete diario de metro. Y lo segundo que hacemos es recorrernos toda la línea 1 hasta Lusail, un municipio que se encuentra en el área metropolitana de Doha. El metro está muy nuevo, es muy amplio y todo está tanto en inglés como en árabe. Nos llama la atención que, para acceder al convoy hay diferentes puertas: la de mujeres, la de familias, la de silencio y la estándar. Optamos por esta última porque damos por hecho que no habrá la de "guiris super-fantásticos".

Salimos de la estación de Lusail donde hace más calor que un baño turco. Lo primero que te encuentras es un estadio de futbol dorado enoooooorme y precioso, al que no me da tiempo a hacerle una foto porque tenemos que coger un autobús que nos lleve al centro de Lusail y parece que hay uno que está a punto de salir. Le enseñamos al conductor nuestro pase diario del metro y nos dice que no vale... pero que pasemos. Las líneas "M" son gratuitas si viajas en metro y son como unas "lanzaderas" en las que, aunque no te cobren, tienes que pasar por el lector no-sabemos-qué tarjeta. Seguro que la Adineko valdría, pero como no la tenemos, decidimos que luego no volveremos a la misma estación, por si no nos dejan volver a montar gratis. Jo, me he quedado sin la foto de ese estadio tan bonito. Bueno, bien pensado, así Susana no verá que la engañamos con otros estadios y nos seguirá invitando al Metropolitano a comer y beber delicias con la excusa de ver el fútbol.

Lusail es una ciudad tan moderna, tan ordenada y tan limpia.... ¡¡como vacía!! No hay absolutamente nadie por las calles y somos los dos únicos locos que vamos andando y haciendo fotos bajo la solana. Lo más llamativo del lugar (además del estadio) son las Lusail Towers, un complejo formado por cuatro torres cónicas y que están conectadas por una escultura gigante de un tiburón.



Como las distancias son mucho mayores de lo que pensábamos, nos cogemos un Uber para ir a nuestro siguiente destino e icono de la ciudad: Las Katara Towers. Es un edificio con forma de media luna que alberga dos hoteles de cinco estrellas, sala de exposiciones y restaurantes. Así como que no quiere la cosa, nos acercamos a la puerta del hotel Raffles, donde preguntamos a ver si se puede ver el hall y nos dicen que sí: es una auténtica maravilla, parece una espiral azul que termina en una pantalla que simula un cielo azul. Encantados con la experiencia, probamos en el otro hotel, el Fairmont, y nos quedamos sorprendidos con la enorme lámpara de miles de bulbitos que se enciende y apagan. Puro lujo catarí.





Hay un montón de rascacielos, algunos de ellos con formas creativas y algunos que son un auténtico desafío a la gravedad. Y eso contrasta con el siguiente lugar que visitamos: el barrio de Qanat. En este lugar han hecho miles de apartamentos ambientados en Venecia: con sus canales, con su arquitectura e incluso con una réplica del puente de Rialto. ¿Y luego los italianos lloran si cortamos los espaguetti con cuchillo? ¿Y no tienen nada que decir de esto? De hecho, en otra parte de la ciudad (que no visitaremos por falta de tiempo) está el centro comercial Villaggio que es una copia del centro comercial Belaggio de las Vegas, que es una copia de Venecia; se podría decir que es como la Pantoja de Puerto Rico, que imita a una que imita a la Pantoja... bueno, es una larga historia para las generaciones Z y posteriores.





A estas alturas ya somos Mister Camiseta y Mister Camisa mojada. Estamos empapados de sudor y mendigamos cualquier chorro de aire frio en las estaciones de metro, de tranvía o en algunas galerías subterráneas como las que rodean el barrio de The Pearl. Aquí hay mucho lujo, apartamentos con vistas y yates... pero les falta la gente. En un momento dado hablamos con una chica argentina que nos comenta que lleva más de veinte años en Catar y que no lo cambia por nada, aunque hay que evitar el verano porque hace tanto calor que la propia gente catarí se va del país... pues que vayan a Madrid que con todas las olas de calor que ha habido este año, les parecerá que hace fresco. Pablo ha empezado a decir "vamos a entrar (en lugar de salir) a tomar el aire"... acondicionado, claro.


Nuestro siguiente destino es el Ketara Cultural Village, un lugar destinado a teatros, cines y espectáculos en el que está todo o casi todo cerrado. Tan sólo entramos a una bonita mezquita para disfrutar de lo fresquito que se está dentro... ¡todo un refugio climático! Aunque luego descubriremos que, en una calle repleta de las típicas marcas de lujo, ¡hay aire acondicionado que sale del suelo en la propia calle!



Seguimos nuestros recorrido en paralelo al paseo de la Corniche y llegamos al centro financiero, donde está el mayor número de rascacielos de la ciudad. Son muy estilosos, elegantes y originales. A diferencia de Dubai que nos pareció que había crecido de forma descontrolada, aquí parece que están hechos con más coherencia. Aprovechamos a comer por la zona y a comprar bebidas frías (algo imprescindible) en un Carrefour... donde nos dan unas bolsas de plástico con letras en árabe que reutilizaremos en Madrid para tirar a la basura y, de paso, atemorizar a nuestros vecinos. 



A lo largo del día ya nos hemos hecho unos expertos cogiendo el metro con nuestro pase diario y luego cogiendo autobuses gratuitos sin la tarjeta correspondiente: entramos, lo enseñamos asumiendo que vale y nos ponemos a recargar la batería del móvil: sí, además del aire acondicionado también estamos mendigando un puñado de kilowatios para no bajar del límite sicológico del 15%... quedarnos sin batería supondría no poder saber cómo movernos, cómo pagar, documentación como la tarjetas de embarque... nuestra supervivencia depende de ese cacharro llamado móvil.

Una nueva ubicación nos sorprende: la Mezquita Nacional. Un señor con ganas de convertirnos al islam nos da todo lujo detalles sobre la mezquita, las oraciones y los musulmanes por el mundo. También nos da sendas botellas de agua etiquetadas con la foto de la mezquita de un tamaño extrañamente pequeño... parecen dosis que dan poderes de islamización... "ale, tú a por Ceuta y tú a por Melilla". Bromas aparte, el lugar es muy bonito y tiene las mejores vistas del skyline de la ciudad.



Para el final del día hemos dejado dos edificios icónicos del arte moderno de la ciudad. El primero es el Museo Nacional, obra del arquitecto francés Jean Nouvel y que representa a la rosa del desierto. El sitio es muy curioso y, aunque no lo visites por dentro, se puede pasear entre los edificios. ¡¡Es una maravilla!!



El otro edificio icónico es el Museo de Arte Islámico, que se encuentra al lado del mar y desde donde se ve toda la Corniche, aunque ya es de noche y ahora se ven las luces de los edificios. Si pensábamos que con la caída del sol la temperatura refrescaría, no podíamos estar más equivocados. No sabemos por qué, pero ahora hace incluso más calor. Llevamos tal sudada que ya hemos conseguido que la ¡humedad se haya unificado y no parezca que ya tenemos la próstata floja.



Un último paseo nos lleva primero hasta la escultura de La Perla, que recuerda el pasado que tuvo esta ciudad en torno al cultivo de ostras y esa piedrecita que formaban dentro. Y después, nos acercamos al Zoco: pensábamos que iba a ser el típico lugar para turistas, con productos "made in China" y con frases aprendidas en español para atender la atención... pero es todo lo contrario... gente local comprando, productos hechos en el país y todo muy ordenado y limpio. Es uno de los zocos más genuinos y naturales que hemos visitado... Y la primera taza que Pablo compra en este viaje es igual de genuina... ¡¡la figura de un busto de un hombre con arito y pañuelo blanco y rojo!





Toca irse despidiendo de la capital catarí y ponemos rumbo hacia el aeropuerto. Este "aperitivo" en el menú de este viaje va tocando a su fin... pero lo haremos por todo lo alto. Aunque sudados, agotados y habiendo dormido poco, pasaremos nuestras últimas horas en la ciudad como unas "celebrities": nos vamos a la sala VIP. ¿Dónde mejor gastar unos puntos que se me iban a caducar que utilizándolos para poder comer, descansar e incluso ducharnos? Pues dicho y hecho... nos damos una ducha que nos purifica de tanto sudor, nos comemos un bufé de delicias locales y, ahora sin mendigar, disfrutamos del aire acondicionado y de cargar el móvil hasta el 100%. Y no sólo hemos recargado el móvil, sino también nuestras propias pilas para ir a nuestro siguiente destino: Malasia nos espera.