En esto de viajar la vida te demuestra constantemente que, por mucho que lo hayas hecho, siempre hay sorpresas en el camino... quizá es que los contratiempos y los favora-tiempos (si es que existe el palabro) definen lo que un viaje es en sí. Acomodados en la sala VIP y disfrutando de una última vuelta al bufé y al café después de haber escrito el blog del día anterior en la "sala de informática", algo inconsciente me invita a animar ir yendo a la puerta de embarque. Queda una hora aún, pero un cambio de puerta de última hora, había encendido mi pilotito de estar prevenido. "A ver, la puerta C18..., ¿dónde estará?" Unas indicaciones hacia las puertas "C" nos llevan a una parada de tren sin conductor que recorre todo lo largo de la terminal. "Pero, si según el mapa, estaba al lado de la sala VIP", pensaba mientras una tensión inesperada había hecho su presencia. "¿Cuánto tardará en venir? ¿Y en llegar? ¿Habrá una segunda sorpresa?" pensamos mientras esperamos a que haga su aparición. Todo se queda en una falsa alarma, porque enseguida llegamos a la puerta de embarque en la que aún está todo el pasaje.
Un nuevo vuelo de Qatar Airways nos llevará en este ocasión hasta Kuala Lumpur, la capital de Malasia. El pasaje ahora es más bajito, con ojos rasgados y algo más inquieto. También se ven algunos europeos e incluso españoles, pero el número se ha reducido notablemente con respecto al vuelo anterior. El embarque es rápido y enseguida ocupamos nuestros asientos. En esta ocasión yo voy en ventana y Pablo en el asiento del medio, al lado del que bautizamos como el "capitán jubilado", ya que varios miembros de la tripulación vienen a saludarlo y a darles sus respetos. Si hay algún contratiempo, tener de vecino a un "lobo del aire" seguro que nos aporta algo.
Pocos minutos después de que el avión despegue, caigo dormido: son las dos y media de la mañana y estamos en la lado contrario al que tiene las vistas a la ciudad. Hoy hemos andado más de 25 kilómetros y es inevitable estar agotado... hasta que sirven la cena. ¿Pero a quién le apetece un plato de pasta a las cuatro de la mañana? Deben de tener el reloj con el huso horario de la costa oeste, porque no nos lo explicamos. Aún así, como no sabemos cuándo será la siguiente "toma", cogemos la bandejita y decidimos qué comer y qué dejar para luego. Lo bueno es que aquí no hay ni que preguntar "¿me lo puedes poner en un tupper para llevar?" y mucho menos "¿pero cómo que cobráis el envase?".
Este vuelo ha sido muy tranquilo y el hecho de ser principalmente de noche a menguado el número de anécdotas que suelen surgir observando lo que ocurre en un espacio tan reducido. Lo único que nos ha llamado la atención ha sido que casi al final del vuelo una azafata ha paseado por la cabina con unos botes que soltaban un gas, supuestamente ambientador. Los cospiranoicos que dicen que los aviones nos fumigan aquí tendrían razón... pero en esta ocasión lo están haciendo hacia adentro.
Si ayer veíamos todo un desierto cuando nos aproximábamos a Doha, hoy es todo lo contrario en la aproximación a Kuala Lumpur: masas verdosas de árboles inundan hasta donde alcanza la vista, todo un oasis de vegetación. Cruzamos el estrecho de Melacca entre la península de Malasia y la isla indonesia de Sumatra, y enseguida aterrizamos en el aeropuerto Internacional de Kuala Lumpur o "KLIA" como lo abrevian aquí. Después de siete horas y media y de haber recorrido 5.900 kilómetros (y de escuchar unos ruidos similares a los de la nevera de Basauri) cogemos un trenecito interno que nos lleva hasta la terminal principal donde está el control de pasaportes. Para entrar en Malasia había que rellenar tres días antes un formulario online y eso parece que evita las típicas colas; de hecho, está todo automatizado: escaneas el pasaporte, te analizan la cara biométricamente y si se enciende la luz verde estás dentro... ya ni hay que hablar con ningún policía de fronteras que te haga preguntas incómodas.
Ya sólo toca recoger las mochilas que facturamos en Madrid y que esperamos se hayan "acordado" de incluir en este vuelo. "A ver, a qué cinta tenemos que ir... ah, la C". Nos dirigimos a la cinta donde hay maletas de otros cuatro vuelos. Maletas y más maletas... grandes y pequeñas... pesadas y ligeras... alguna mochila... ¿Y las nuestras? Ya sólo están saliendo las de Doha... ¿seguro que es aquí? El nerviosismo empieza aumentar a medida que vemos que en el bingo de maletas todos los pasajeros son agraciados menos nosotros. Al final, nos toca plaza en Cienpozuelos, ya verás... una agonía "hermínica" empieza a aflorar. ¿Y si embalarla no fue una buena idea? ¿Y si el plástico hizo que se quedara enganchada? ¿Pero las dos? Finalmente, dos bandejas con sendas mochilas con restos de plástico cual caramelo chupado y cerrado de nuevo, aparecen ante nosotros, mientras nos reponemos haciéndonos los machotes con un "bueno, tampoco hubiera pasado nada" (claro, porque no ha pasado que si no, habría que verlo).
Con la liberación de no tener que dedicarnos a averiguar cuántas 'X' tendría nuestra talla en este país de gente menuda, nos dirigimos a facturar de nuevo (sí, nos va el riesgo) nuestra recién recuperada mochila de ropa limpia. "¿A qué hora sale el vuelo a Penang?" "A las 19:!5" "Pues aquí no hay ningún vuelo a esa hora" (aquí es cuando los panguis dicen su "oh-oh"). De casualidad veo en el móvil que salimos de la Terminal 2 y comprobamos que estamos en la T1. "Ah, pues tenemos que ir a la T2, obvio". ¿O no tan obvio? Empezamos a buscar las indicaciones, a subir y bajar escaleras mecánicas hasta que llegamos a la planta -1 donde nos dicen que hay que comprar un billete para coger un trenecito que nos lleva a la T2. ¿Pero otra vez estamos con tener que coger trenes inesperados? Nos parece raro que haya que pagar, así que preguntamos por la versión "gratuita", de la cual nos informan desganadamente. Salimos al exterior y cogemos una lanzadera que tarda un montón de tiempo en llevarnos hasta la otra terminal... esto no son dos terminales, ¡¡tienen que ser dos aeropuertos!! Cuando llegue a casa escribiré quinientas veces "aunque vayas con tiempo, nunca subestimes las conexiones entre terminales, siempre llegarás justito".
La terminal 2 es mucho más de andar por casa. Está atosigada como El Corte Inglés, repleta de tiendas y restaurantes de vivos colorinchis que atraen tu atención. Buscar las indicaciones de cómo llegar a "Salidas" es toda una gynkana, y tendrás que subir y bajar varios ascensores hasta dar con la terminal "de verdad" que está al lado de la terminal de "comida y tiendas". Madre mía... me está dando miedo ver cómo será un mercado de carne y pescado aquí.
Para evitar problemas en un segundo rescate de mochilas en la cinta, preguntamos a ver si podemos subirlas como equipaje de cabina... y nos dicen que sí, así que un problema menos. Un nuevo control de pasaportes, de equipajes y a encontrar la puerta que, esta vez ya no requiere coger ni trenecitos ni lanzaderas. Reorganizamos un poco las mochilas grandes y las pequeñas, comemos restos del vuelo anterior, recargamos los móviles y... ale, a embarcar otra vez. En esta ocasión vamos con Air Asia, que nos llevará en una hora exacta a Penang, una isla en el norte del país por donde empezaremos nuestro recorrido. Vamos en filas diferentes y aprovechamos para dormir y dejarnos el cuello con los inevitables cabezazos. Estamos ya para el arrastre y esperamos no ver un avión en los próximos días ni cuando se emula para que un bebé coma.
Y llegamos a Penang. En mi imaginario me la imaginaba exuberante de vegetación y, aunque es de noche, parece que no es del todo así porque justo al lado del aeropuerto hay unos rascacielos de viviendas que ni en el mismísimo Benidorm. Ahora toca la siguiente prueba: ¿Vamos al hotel en taxi o en autobús? Pues hombre, eso está claro, siempre hay que dar prioridad a la experiencia inmersiva: elegimos el autobús. Empiezan a pasar el 401E, el 102 y el 401, pero nos dicen que no van a Georgetown, la capital de la isla, porque van en el otro sentido. Después de casi hora y media, de que una chica nos pidiera compartir Grab, de que un indonesio entre en conversación y se vaya sin decir adiós en cuanto encuentra su autobús, y de que un conductor antipático me contestara perdonándome la vida, conseguimos montarnos en un autobús en dirección al hotel.
Cuando pensábamos que todo estaba resuelto vemos que hay unos enormes atascos, seguramente porque mañana es el Día Nacional de Malasia y al ser festivo la gente ha salido a colapsar la ciudad. Tardamos como hora y media en llegar, y nos volvemos a dejar las cervicales cabeceando en un autobús con mucha gente ruidosa con ganas de celebrar su independencia.
Cuando pensamos que ya está todo resuelto, llegamos a la calle donde está el alojamiento que hemos reservado (una habitación en una casa tradicional) y donde supuestamente tenemos que meter un código para acceder, que no acaba de regalarnos una lucecita verde. Escribimos a los del alojamiento y nos envían datos que no teníamos, como que uno es el código de entrada y otro el de la habitación... bueno, por fin podemos dormir hoy en una cama como "alá manda", ¿no? Pero no, un último giro inesperado amaga con poner nuestros nervios a prueba. "No encuentro ni el adaptador, ni el ladrón y ni el cargado del móvil" le digo a Pablo mientras vacío las mochilas echando al traste lo bien que venía la ropa plegada desde casa. Cuando ya doy por hecho de que mañana tendremos que perder tiempo en comprar un cargador de móvil tipo inglés y que corremos el riesgo de quedarnos sin batería, se me enciende una lucecita y le digo a Pablo que mire en su mochila en el bolsillo superior... ¡y voilà! Cuando reorganizamos las maletas pensé que la suya era la mía (son exactamente iguales) y lo guardé todo pensando que lo estaba metiendo en la mía.
Hoy ha sido un día que nos ha ido poniendo pequeñas pruebas que hemos ido resolviendo: trenecitos entre terminales, maletas que parece que no llegan y pérdidas encontradas. Se podría ver cómo la "mili" viajera para comprobar que sobreviviremos airosamente los próximos días. Y lo mejor de todo... podremos hacerlo con la batería llena y calzoncillos limpios.


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